Arte ecuestre

El caballo que hablaba

· The Equinest

Un hombre de pie junto a un caballo alazán
Un pequeño y extraño relato sobre un caballo cuya inteligencia está algo por encima de la media.

Este cuento procede de un libro titulado The Talking Horse and Other Tales, de F. Anstey.

Fue camino de Sandown Park donde lo vi por primera vez, aquella tarde de julio terriblemente lluviosa en que Bendigo ganó las Eclipse Stakes. Iba sentado frente a mí en el tren de ida, y lo que primero me llamó la atención fue el marcado contraste entre su aspecto y su atuendo: no había creído oportuno adoptar la indumentaria de rigor para tales ocasiones, y creo que nunca he visto a un hombre que se hubiera vestido de forma tan agresivamente hípica. La marca de la bestia salpicaba su camisa: llevaba gemelos en forma de filete, un sombrero de caza rígido, una levita de Newmarket y unos pantalones extremadamente ceñidos. Y, con todo eso, se quedaba tan lejos del auténtico deportista como cualquier figurante que haya llevado nunca las espuelas del revés en un coro de cazadores. Su expresión era mansa e inofensiva, y sus ojos claros y acuosos y su barbilla huidiza daban la impresión de que difícilmente se le podía confiar nada más brioso que un bastón con empuñadura de oro para montar a horcajadas. Y, sin embargo, de algún modo despertaba más compasión que sensación de ridículo: tenía ese aire de encogerse y pasar desapercibido que deja una humillación reciente y, a pesar de todas sus extravagancias, era a todas luces un caballero; y había algo en sus modales que indicaba que su tendencia natural, al menos en otro tiempo, habría sido evitar cualquier clase de exceso.

Me intrigaba y me interesaba tanto que hice lo posible por entablar conversación con él, solo para estrellarme contra la azorada brusquedad con que recibía cualquier acercamiento, y cuando bajamos en Esher, la curiosidad me llevó a no perderlo de vista.

Era evidente que no había venido con intención de ganar dinero. Evitaba la tribuna principal, con los corredores de apuestas apiñados por parejas como roncos tortolitos; se mantenía alejado del recinto de socios, donde la banda de la Guardia se esforzaba por desafiar a los elementos, que vaciaban sus redomas sobre los instrumentos de metal; deambulaba sin ganas por la pista hasta que sonó la campana de despeje, y parecía que buscaba a alguien a quien solo deseaba encontrar para evitarlo.

Hay que reconocer que aquel día Sandown no estaba tan alegre como de costumbre, con su ‘parque anegado’ y su ‘cielo sin verano’, sus atuendos impermeabilizados y sus paraguas apiñados, cuyos costados relucían lívidos al captar la luz; pero había una determinación general de ignorar en lo posible aquella humedad impropia de la estación, y una expectación ante el acontecimiento principal del día que ningún aguacero podía apagar.

Se corrió el Ten Thousand: damas con tocados de una confección maravillosa bajaron los paraguas sin un murmullo, y caballeros elegantes subidos a los coches se estrecharon la mano efusivamente cuando, entre un rugido de entusiasmo frenético, Bendigo cruzó la meta a grandes zancadas. Un momento después busqué con la mirada a mi incongruente desconocido y lo vi empeñado, con la mejor intención, en hacer que un caballo de tiro atado a uno de los árboles aceptara un bollo de pasas: una hazaña de abstracción que, en un momento así, solo superaba la de Arquímedes durante el saqueo de Siracusa.

Después de aquello ya no pude contener la curiosidad: sentí que tenía que volver a hablar con él, y más tarde encontré la ocasión, mientras estábamos solos en una tribuna desde la que se dominaba la llegada de uno de los recorridos más cortos, proponiéndole que compartiera mi paraguas.

Antes de aceptar me miró con recelo a través de los regueros que le caían del ala desprotegida del sombrero. “Me temo”, dije, “que es un poco como cerrar la puerta del establo después de que hayan robado el caballo”.

Se sobresaltó. “Entonces sí que lo robaron”, exclamó; “¿así que se ha enterado usted?”.

Le expliqué que solo había usado un viejo refrán que pensé que podría gustarle, y suspiró profundamente.

“Por un momento me ha confundido”, dijo; “¿así que ha adivinado usted que estoy acostumbrado a los caballos?”.

“No es que lo haya mantenido usted en gran secreto”.

“Lo cierto es”, dijo, entendiendo al instante la alusión a su atuendo, “que… que me pongo estas cosas para no perder del todo la costumbre de montar; últimamente no he montado a caballo. Hubo un tiempo en que montaba constantemente, constantemente. Era un asiduo de Rotten Row… hasta que ocurrió algo que me destrozó los nervios, y ahora solo espero a que se me pase la conmoción”.

No quise hacer preguntas, y volvimos andando a la estación y viajamos juntos hasta Waterloo sin volver a mencionar el asunto.

Sin embargo, al despedirnos, me dijo: “¿Le apetecería oír mi historia completa algún día? No puedo evitar pensar que le interesaría, y para mí sería un alivio”.

Yo estaba más que dispuesto a escuchar lo que quisiera contarme, y lo convencí para que cenara conmigo aquella noche en mis habitaciones y se desahogara después, cosa que hizo hasta un punto para el que, lo confieso, no estaba preparado.

No me cabía duda de que él mismo creía a pies juntillas en su propia historia; y la contó de principio a fin con la más curiosa mezcla de vanidad y modestia, y con una evidente lucha entre una vaga conciencia de lo absurdo de su situación y la determinación de no ahorrarse ni un solo detalle, lo cual, aunque no venció mi escepticismo, no pudo dejar de ganarse mi simpatía. Pero, con todo, para cuando entró en la parte más sensacional de su caso, me vi abocado a sacar sobre él unas conclusiones que no hace falta que adelante aquí, ya que probablemente se le impondrán al propio lector.

Doy la historia, en la medida de lo posible, con las palabras de su autor; y solo debo añadir que nunca se habría publicado aquí sin su pleno consentimiento y aprobación.

“Me llamo”, dijo, “Gustavus Pulvertoft. No tengo ocupación y tengo seiscientas libras al año. Viví como un soltero tranquilo y satisfecho hasta los veintiocho años, y entonces conocí a Diana Chetwynd. Pasábamos la Navidad en la misma casa de campo, y no tardé mucho en convertirme en el más devoto de sus muchos admiradores. Era una de las chicas de talentos más variados que había conocido. Era una música consumada, una brillante actriz aficionada; podía darle treinta puntos de ventaja sobre cien a casi cualquier hombre al billar, y su criterio y su audacia en los terrenos más difíciles le habían ganado la ferviente admiración de todos los aficionados a la caza. Y no era ni descarada ni de esas que solo hablan de caballos; parecía encontrar muy poco placer en la compañía de los simples deportistas, a cuya conversación prefería infinitamente la de personas que, como yo, eran más agradables que atléticas. Por aquel entonces, sea lo que sea ahora, no me faltaba mi parte de buena presencia, y por alguna razón la señorita Chetwynd tuvo a bien mostrarme un grado de favor que no concedía a ningún otro de los invitados de la casa.

Era fastidioso sentir que mi falta de familiaridad con los deportes al aire libre con los que ella disfrutaba me privaba tanto de su compañía; porque a menudo apenas la veía hasta la noche, cuando a veces tenía la dicha de sentarme a su lado en la cena; pero en esas ocasiones no podía dejar de ver que mi compañía le resultaba agradable.

Creo que no he mencionado que, además de ser exquisitamente bella, Diana era una heredera, y no sin cierta conciencia de mi propia presunción me permití abrigar la esperanza de conquistarla algún día. Aun así, no estaba en la ruina, y ella era dueña de sí misma, y yo tenía algún motivo, como he dicho, para creer que al menos no me veía con malos ojos. Me pareció una señal favorable, por ejemplo, que un día me preguntara por qué no montaba nunca. Le respondí que hacía años que no montaba, aunque no añadí que el número exacto de esos años era veintiocho.

‘¡Ah, pues tiene que volver a montar!’, dijo, con el aire imperioso más encantador. ‘La próxima temporada debería montar en el Row’.

‘Si lo hiciera’, dije, ‘¿me dejaría montar con usted alguna vez?’

‘Nos veríamos, claro’, dijo; ‘y es una pena tan grande no seguir montando… se pierde usted tanto…’.

¿Me equivoqué al tomarlo como una insinuación de que, si seguía su consejo, no me quedaría sin recompensa? Si hubiera visto usted su cara mientras hablaba, habría pensado lo mismo que pensé yo entonces… y que pienso ahora.

Y así, con este aliciente, superé mis reparos íntimos y, poco después de volver a Londres, me apunté a una elegante escuela de equitación cerca de Hyde Park, con la firme determinación de adquirir todo el arte y el misterio de la equitación.

No puedo afirmar en conciencia que aprender me resultara un placer. He pasado horas más felices que las que pasé dando vueltas a medio galope entre cuatro paredes desnudas y encaladas sobre un caballo que resoplaba, con los estribos prohibidos cruzados sobre la silla. El profesor de equitación me informaba de vez en cuando de que iba progresando, y yo sabía por instinto cuándo iba a caerme; pero algún progreso debí de hacer, porque mi instructor se volvió más alentador. ‘Pues cuando vino usted aquí la primera vez, señor Pulvertoft, señor, parecía usted unas tenazas colgadas en la pared, como se suele decir; mientras que ahora… bueno, usted mismo puede ver cómo va’, decía; aunque, incluso entonces, de vez en cuando tenía motivos para lamentar no estar colgado en una pared. Sin embargo, perseveré, animado por la idea de que cada caballo nuevo que montaba (y algunos eran muy nuevos y muy frescos) representaba una barrera más superada entre Diana y yo, y alentado por el descubrimiento, tras repetidos experimentos, de que caer sobre el serrín de la pista resultaba más bien reconfortante.

Cuando paseaba por el Row, donde unos cuantos jinetes hacían su papel de heraldos de la primavera, criticaba su forma de montar, que me parecía mediocre, porque descuidaban casi todas las reglas. Empecé a esperar con ilusión el día en que exhibiría un estilo ecuestre más puro y clásico. Y una mañana vi a Diana, que frenó a su yegua bailarina para preguntarme si me había acordado de su consejo, y me sentí orgulloso de poder responderle que sin duda haría mi aparición en el Row antes de mucho.

Desde aquel día no paraba de preguntar a mi profesor de equitación cuándo me consideraría lo bastante maduro para Rotten Row. Él tenía sus dudas, pero no llegaba a disuadirme. ‘Mire, señor, la cosa es así’, me explicaba, ‘si se hace usted con un caballo tranquilo y formal, pues no le pasará nada; pero si sale usted con un animal que se aproveche de usted, señor Pulvertoft, pues se va a ver usted de lo más apurado encima de él, señor’.

En la escuela me habrían proporcionado montura; pero yo conocía a la mayoría de sus caballos, y ninguno se ajustaba del todo a mi ideal de un ‘caballo tranquilo y formal’; así que fui a un alquilador de caballos y coches del barrio, a quien a veces le había alquilado una berlina, y le pedí que me enseñara un animal que pudiera recomendar a alguien que últimamente no había practicado mucho. Reconoció con bastante franqueza que la mayoría de sus caballos ‘había que saber montarlos’, pero añadió que daba la casualidad de que en ese momento tenía uno que me vendría ‘como caído del cielo’, una expresión que me crispó los nervios de forma desagradable, aunque accedí a ver el caballo. Su aspecto me causó la mejor impresión. Era un alazán de nobles proporciones, con la crin rapada; pero lo que me tranquilizó fue la expresión de sus ojos, que denotaba un respeto por sí mismo y una sagacidad que difícilmente cabría esperar por siete chelines y seis peniques la hora.

‘No encontrará usted un caballo de paseo más lucido para el parque, y tan tranquilo’, dijo su dueño. ‘Es lo que se dice un caballo noble, y tan dócil… lo podría usted llevar con un hilo de bramante’.

Las riendas me parecían más seguras, pero el caballo me atraía poderosamente: me daba la impresión de que era consciente de tener una reputación que perder y de poseer una inteligencia demasiado elevada como para echar a perder a propósito sus buenas referencias. Casi sin pensarlo dos veces, lo contraté para la tarde siguiente.

Monté en las cuadras, quizá con un fugaz reparo mientras me ajustaban las aciones y con cierta torpeza al recoger las riendas, que estaban más retorcidas de lo que habría deseado; sin embargo, al fin me vi embarcado en la corriente del tráfico a lomos del alazán, que, por cierto, se llamaba Brutus.

¿Olvidaré alguna vez el orgullo y el éxtasis de descubrir que tenía a mi corcel bajo perfecto control, que cruzábamos el laberinto de carruajes con total seguridad? Lo hice entrar en el parque y chasqueé la lengua: se puso a medio galope, ¿y cómo describir mi alegría al descubrir que no era incómodo? Dije ‘So’, y se detuvo, de forma tan gradual que mi equilibrio no se vio seriamente alterado; trotó, y aun así me acomodé a sus movimientos sin ninguna molestia real. Podría haberlo abrazado de gratitud: nunca había montado un animal de aires tan cómodos ni de comportamiento tan considerado. ¡Por fin sabía montar! O, lo que venía a ser lo mismo, sabía montar el caballo que llevaba, y no ‘usaría ningún otro’. Estaba a punto de encontrarme con Diana Chetwynd, y no tenía por qué temer ni siquiera su mirada crítica.

Habíamos cruzado el puente del Serpentine y estábamos entrando en el paseo de caballos cuando —y aquí soy muy consciente de que lo que voy a decir puede parecerle casi increíble—, cuando oí una voz desconocida que se dirigía a mí con un ‘¡Eh, tú!’, y un momento después me di cuenta de que procedía ¡de mi propio caballo!

No me avergüenza reconocer que estuve a punto de caerme; porque a un jinete con más práctica de la que yo podía presumir le habría costado conservar la ecuanimidad en una situación casi sin precedentes como aquella. Estaba demasiado ocupado buscando el estribo izquierdo para contestar, y al poco el caballo volvió a hablar. ‘Oye’, preguntó, y no supe distinguir en su tono el menor rastro de respeto, ‘¿tú crees que sabes montar?’. Puede usted juzgar por sí mismo lo desconcertante que debió de resultar la pregunta viniendo de semejantes labios: me sentí clavado a la silla, una sensación que en mi caso era bastante rara. Miré a mi alrededor con un desconcierto impotente: el Serpentine reluciente, las casas blancas de Park Lane brillando entre una bruma lila, el Row color cacao y el destello de las ruedas de los carruajes lejanos al sol; todo parecía como siempre… ¡y, sin embargo, allí estaba yo, a lomos de un caballo que acababa de preguntarme ‘si creía que sabía montar’!

‘He recibido dos docenas de clases en una escuela de equitación’, dije por fin, con una dignidad bastante flácida.

‘Nunca lo habría sospechado’, fue su brutal réplica. ‘Es evidente que eres uno de los casos perdidos’.

Me sentí profundamente herido, tanto más cuanto que no podía negar que tenía cierto derecho a juzgar. ‘Yo… yo creía que nos estábamos entendiendo tan bien’, balbuceé, y lo único que respondió a eso fue: ‘¿Ah, sí?’.

‘¿Sabes?’, empecé, esforzándome por darle conversación, ‘nunca había montado un caballo que hablara’.

‘Tú bastas para hacer hablar a cualquier caballo’, respondió; ‘pero supongo que yo soy una excepción’.

‘Creo que debes de serlo’, dije. ‘Los únicos caballos de los que he oído que tuvieran el don de la palabra eran los houyhnhnms’.

‘¿Y cómo sabes que no soy uno de ellos?’, replicó.

‘Si lo eres, comprenderás que me tomé la libertad de montarte por una equivocación muy perdonable; y si tienes la bondad de quedarte quieto, no te entretendré más’.

‘No tan deprisa’, dijo: ‘antes quiero saber algo más de ti. Yo diría que eres un hombre con avena de sobra’.

‘Tengo… una buena posición’, dije. ¡Cómo deseé no tenerla!

‘Hace tiempo que busco un dueño que no me haga trabajar en exceso: ahora bien, no sé, claro, pero no me pareces de los que montan con dureza’.

‘No creo que se me pueda acusar con justicia de eso’, respondí, con toda la conciencia de mi inocencia.

‘Eso mismo: pues entonces cómprame’.

‘No’, dije, sin aliento: ‘después de la opinión extremadamente franca que has tenido la bondad de expresar sobre mi forma de montar, me sorprende que siquiera sugieras algo así’.

‘Bah, eso lo soportaré: ya me servirás, me atrevería a decir’.

‘Tendrás que disculparme. Prefiero reservar mi dinero para fines más dignos; y, con tu permiso, pasaré el resto de la tarde a pie’.

‘No harás nada semejante’, dijo.

‘Si no te paras y me dejas bajar como es debido’, dije con firmeza, ‘me dejaré caer rodando’. Había algunos paseantes a una distancia desde la que podían oírme con facilidad; pero ¿cómo iba a formular una petición de auxilio?, ¿cómo explicar un dilema como el mío?

‘Solo conseguirás ponerme en la dolorosa necesidad de revolcarme encima de ti’, respondió. ‘Tienes que ver que hasta cierto punto estás en mi poder. Supón que se me ocurriera saltar esas barandillas y meterte en el Serpentine, o desbocarme y derribar contigo a un policía montado: ¿crees que podrías ofrecer mucha resistencia?’.

No podía afirmar con sinceridad que lo creyera. ‘¡Me presentaron a ti’, dije en tono de reproche, ‘como un caballo noble!’

‘Y lo soy… fuera de los negocios. Vamos, ¿compras o prefieres que me desboque contigo? ¡Odio la indecisión!’.

‘¡Compro!’, dije, con prontitud comercial. ‘Si me llevas de vuelta, lo arreglaré enseguida’.

Huelga decir que mi única idea era bajarme sano y salvo de su lomo; después de lo cual, ni el honor ni la ley podrían exigirme que cumpliera un contrato que me había arrancado con amenazas. Pero, mientras bajábamos por las caballerizas, dijo pensativo: ‘He estado pensando: será mejor para todas las partes que le hagas tu oferta a mi propietario antes de desmontar’. Estaba demasiado contrariado para hablar: la endiablada inteligencia de aquel animal había previsto mi maniobra, y pensaba frustrarla si podía.

Y entonces entramos con estrépito en el patio con techo de cristal de las cuadras de alquiler; y el alquilador, que estaba allí solo, alzó la vista hacia el reloj de esfera macilenta, como si comparara su palidez con la mía. ‘Vaya, vuelve usted pronto, señor’, dijo. ‘¿No le habrá podido el caballo, verdad?’. Lo dijo sin la menor sospecha de la verdad; y, de hecho, puedo decir de una vez por todas que aquel caballo misterioso —houyhnhnm o lo que fuera— no admitió a nadie más que a mí en el secreto de sus dones prodigiosos, y en todas sus conversaciones conmigo se las arregló (aunque no pretendo saber cómo) para que nadie lo oyera.

‘Ay, no, no, qué va’, protesté, ‘me ha llevado admirablemente… ¡admirablemente!’, e intenté bajarme disimuladamente.

Ni hablar: Brutus me refrescó al instante la memoria, y de paso me sacudió a mí, con un leve amago de ‘corcovo’.

‘Es un caballo estupendo, señor, ¿verdad?’, dijo el alquilador con satisfacción.

‘¡M… magnífico!’, convine, de un respingo. ‘¿Le importaría sujetarle la cabeza, por favor?’

Pero el caballo reculó hasta el centro del patio, donde se puso a dar saltos con una tozudez tranquila. ‘Me gusta tanto’, grité, aferrado a la silla, ‘que quiero saber si estaría usted dispuesto a desprenderse de él’. Al oír esto, Brutus se calmó y se puso atento.

‘¿Estaría usted dispuesto a hacerme una ofertita por él, señor?’

‘Sí’, dije con un hilo de voz. ‘¿Cuánto vendría a costar, más o menos?’

‘Pase usted aquí a mi despachito, señor’, dijo, ‘y lo hablamos’.

Lo habría hecho con muchísimo gusto, porque allí no cabía el caballo, pero el desconfiado animal no quiso ni oír hablar de ello: empezó a dar vueltas inmediatamente.

‘Vamos a cerrarlo ahora… aquí’, dije; ‘no puedo esperar’.

El alquilador se borró una sonrisa de la cara. Sin duda había algo poco profesional y poco práctico en semejante precipitación, sobre todo combinada con el aspecto que yo presentaba en aquel momento.

‘Pues sí que le ha dado a usted fuerte por el caballo, señor, no hay duda’, comentó.

‘Nunca he montado una criatura más hermosa’, dije; lo cual no era una observación muy prudente para un posible comprador, pero es que había que congraciarse con el propio animal.

‘No sé, la verdad, si puedo pasar sin él justo en esta época del año’, dijo el hombre. ‘Ya ando corto de caballos para el trabajo que tengo’.

Un dulce alivio se apoderó de mí: había hecho todo lo que se podía esperar de mí. ‘Lamento mucho oír eso’, dije, preparándome para desmontar. ‘Es una decepción; pero si no puede, no hay más que hablar’.

‘Tú no te preocupes’, dijo Brutus, ‘me venderá de buena gana: hazle una oferta, ¡rápido!’.

‘Le doy treinta guineas por él, ¡vamos!’, dije, sabiendo de sobra que no lo daría ni por el doble.

‘Creía que un caballero como usted tendría más ojo para el valor de un caballo’, dijo; ‘vamos, solo los aires que tiene ya valen eso, señor’.

‘Supongo que no podría usted venderme los aires sin el caballo, ¿verdad?’, dije, y debí de pretender hacer alguna gracia.

No hace falta alargar una escena penosa. Brutus fue subiendo mi oferta sin pausa de una cifra a otra, hasta que su dueño dijo por fin: ‘Bueno, no vamos a regatear, señor: digamos cien’.

Tuve que decir cien y, lo que es más, fueron cien. Me lo quedé sin garantía, sin siquiera la opinión de un veterinario. Hasta me habrían convencido de llevarme la compra allí mismo, como si hubiera comprado un canario, de lo poco acostumbrado que estaba a esta clase de transacciones, y me temo que el alquilador me consideró poco más que un tonto.

Así que me encontré convertido, sin quererlo, en propietario de un houyhnhnm, o de algo todavía peor, y volví andando a mis habitaciones de Park Street en un estado de estupor. ¿Qué iba a hacer con él? Montar un animal tan brutalmente franco sería una penitencia continua; y, sin embargo, tendría que quedármelo, porque sabía que era lo bastante astuto como para burlar cualquier intento de deshacerme de él. ¡Y a esto me habían llevado el Amor y la Ambición! Después de todo lo que había dicho, no podía acercarme con confianza a Diana como un simple peatón: el hecho de que tuviera un caballo sano que nunca montaba acabaría saliendo a la luz, y ¿cómo iba a explicarlo? No veía ninguna salida, y gemía bajo un apuro que no me atrevía a confiar ni al oído más amigo. Odiaba al monstruo que se me había echado encima como una silla de montar, y buscaba en vano alguna forma de escapar.

Tuve que buscarle a Brutus una cuadra en otra parte de la ciudad, porque resultó extremadamente difícil de contentar: le ponía pegas a todo, y solo me extraña que no exigiera que le decoraran el establo con porcelana azul y grabados a la manera negra. En su nuevo alojamiento lo dejé a su aire durante unos días, algo que, al volver a visitarlo, comprobé con alegría que había reducido considerablemente su arrogancia. Quería ir al Row a ver a los otros caballos, y no le hacía ninguna gracia que un mozo lo ejercitara allí a horas poco elegantes. Así que propuso un acuerdo. Si yo consentía en montarlo, él se comprometía a tratarme con indulgencia, y me señaló que podía darme, como él decía, varios ‘consejillos’ que mejorarían mi asiento. No era ciego a las ventajas de semejante arreglo. No todo el mundo consigue un profesor de equitación en la persona de su propio caballo; el caballo es un animal esencialmente generoso, y sentí que podía fiarme del honor de Brutus. Y, para hacerle justicia, cumplió el pacto con estricta buena fe. Algunos de sus ‘consejillos’, es verdad, estuvieron a punto de tirarme al suelo, pero su resultado fue acercarnos más; nuestras relaciones eran menos tensas; me parecía que cada día lo dominaba más, y después acababa menos agarrotado.

Pero no se me permitió disfrutar mucho tiempo de esta ilusión. Un día, cuando le pregunté inocentemente si notaba que mis manos mejoraban, me clavó su sardónico ojo derecho. ‘Tú no mejorarás nunca, viejo saco de patatas’ (porque había empezado a dirigirse a mí con una confianza que yo ardía en deseos de reprocharle); ‘¡manos! Pero si te pasas el rato serrándome la boca. Y con los pies ‘a fondo’ en los estribos, haciéndome cosquillas bajo las paletillas a cada tranco… vamos, casi me da vergüenza que me vean contigo’.

Me sentí profundamente herido. ‘En adelante te lo ahorraré’, dije con frialdad; ‘esta es mi última aparición’.

‘Tonterías’, dijo, ‘no hace falta que te enfades por eso. ¡Si yo puedo aguantarlo, tú también! Pero haremos un nuevo pacto’. (¡Nunca he conocido una bestia tan aficionada a los tratos como él!) ‘Lo único que haces es fastidiarme metiéndote con las riendas. Suéltalas y déjamelo todo a mí. Tú dime de vez en cuando adónde quieres ir y yo me encargo… si no tengo nada mejor que hacer’.

Sentí que semejante acuerdo acababa con toda dignidad, pues trastocaba las relaciones naturales entre caballo y jinete; pero apenas me quedaba amor propio, y consentí, ya que no veía manera de negarme. Y, en conjunto, ni siquiera ahora puedo decir que tuviera ningún motivo grave para quejarme del uso que Brutus hizo de mis concesiones; mostró más tacto del que yo habría esperado para disimular el carácter puramente nominal de mi autoridad.

Solo tenía una queja seria contra él, y era que tenía la costumbre de escaparse de repente, con una disculpa meramente formal, para intercambiar cortesías equinas con alguna jaca o alguna yegua cuyo dueño me era completamente desconocido, lo que me obligaba a inventar las excusas más desesperadas para justificar mi aparente intromisión; pero me las arreglé para explicarlo de diversas maneras, e incluso hice algunas amistades de esta forma irregular e involuntaria. Habría preferido que fuera un animal menos enamoradizo, porque, aunque sus flirteos eran puramente platónicos, resulta bastante humillante tener que ‘hacer de chaperón’ de tu propio caballo… ¡un papel que me tocaba desempeñar constantemente!

Dio la casualidad de que Diana estaba en París aquella Semana Santa y no nos habíamos visto desde mi aparición en el Row; pero sabía que pronto volvería a Londres y, con consumada diplomacia, empecé a despertar la curiosidad de Brutus con diversas alusiones despreocupadas y algo despectivas a la yegüita de la señorita Chetwynd, Wild Rose. ‘Es demasiado retozona para mi gusto’, dije, ‘pero la han admirado mucho, aunque me atrevería a decir que a ti no te llamaría especialmente la atención’.

De modo que, la primera tarde que Diana volvió al Row, me resultó fácil, con el pretexto de darle a Brutus la oportunidad de formarse una opinión, convencerlo de que me llevara a su lado. Diana, que iba con una tal lady Verney, su carabina, me recibió con una sonrisa encantadora.

‘No tenía ni idea de que montara usted tan bien’, dijo; ‘lleva a ese precioso caballo con tanta facilidad… y con unas manos tan ligeras, además’.

No era ironía, porque ahora podía dedicar toda mi atención a mi asiento; y, como nunca intervenía para nada en el mecanismo de dirección, mis manos debían de parecer el colmo de la ligereza.

‘Hay que llevarlo con delicadeza’, respondí con despreocupación, ‘pero conmigo va muy bien’.

‘Ojalá me dejara probar sus aires alguna mañana, Pulvertoft’, intervino un tal coronel Cockshott, que montaba con ellas y al que yo conocía un poco: ‘tengo la idea de que iría mejor con el freno’.

‘Será un placer’, empecé, cuando, justo a tiempo, noté un gesto de advertencia en las orejas de Brutus, que se echaron hacia atrás. ¡El coronel pesaba unas dieciséis stone, y montaba con espuelas! ‘Quiero decir’, añadí a toda prisa, ‘que lo habría sido… solo que, a decir verdad, en conciencia no podría confiárselo a nadie más que a mí mismo’.

‘¡Mi querido amigo!’, dijo el coronel, que, como pude ver, se había ofendido, ‘no me he encontrado en mi vida con muchos caballos con los que no haya sabido entenderme’.

‘Creo que el señor Pulvertoft tiene toda la razón’, dijo Diana. ‘Cuando un caballo se acostumbra a una persona, le molesta muchísimo una mano extraña: le estropea el carácter durante días. ¡Por eso mismo yo nunca le presto Wild Rose a nadie!’.

El coronel se quedó atrás, decididamente enfurruñado. ‘¡Pobre coronel Cockshott!’, dijo Diana, ‘está tan orgulloso de su forma de montar…, pero creo que trata a los caballos como a reclutas. Eso no es montar, ¿no le parece?’

‘Bueno… apenas’, convine, con un desdén despreocupado. ‘Nunca he creído en dominar a un caballo por el miedo’.

‘Supongo que le tendrá usted mucho cariño al suyo’, dijo.

‘¡Cariño no es la palabra!’, exclamé, y desde luego no lo era.

‘No estoy segura de que lo que he dicho de prestar a Wild Rose valga para usted’, dijo. ‘Creo que usted la trataría con delicadeza’.

Estaba seguro de que la trataría con toda consideración; pero, como dudaba de que ella me correspondiera del todo, dije con gran presencia de ánimo que montarla me parecería casi una profanación.

Mientras Brutus y yo volvíamos a casa, comentó que había sido una suerte que no hubiera accedido a prestarlo al coronel.

‘Sí’, dije, decidido a aprovechar la ocasión, ‘puede que no lo hubieras encontrado tan considerado como… bueno, como otros’.

‘¡Quería decir que había sido una suerte para ti!’, insinuó con aire sombrío, y no quise pedirle explicaciones. ‘¿Qué querías decir’, prosiguió, ‘con eso de que Wild Rose no me iba a gustar? Pero si es encantadora… ¡encantadora!’.

‘En ese caso’, dije, ‘no me importa montar con su dueña de vez en cuando… por complacerte’.

‘¡Que no te importa!’, dijo; ‘tendrás que hacerlo, muchacho… ¡y todas las tardes!’.

Contuve una risita: al fin y al cabo, el hombre es el animal más noble. Sabía manejar a un caballo… a mi manera. Mi pequeña artimaña había funcionado: no tendría que hacer más presentaciones forzadas a desconocidos desconcertados.

Y entonces, durante unas semanas, mi vida transcurrió como en un sueño feliz. Solo vivía para aquellas horas en el Row, donde Brutus se volvía hacia Wild Rose con la misma naturalidad que el girasol hacia el sol, y Diana y yo intimábamos más cada día. La felicidad y la seguridad me volvían casi ingenioso. Era implacable en mis burlas de las excéntricas exhibiciones ecuestres que se veían por allí, y mis comentarios provocaban en Diana la más dulce risa argentina. En cuanto al coronel Cockshott, de quien en otro tiempo había sospechado que aspiraba a ser mi rival, hacía mucho que se había convertido en una ‘cantidad despreciable’; y si tardaba en pedirle a Diana que me confiara su dulce persona, era solo porque encontraba un placer epicúreo en prolongar una espera tan poco incierta.

Y entonces, sin previo aviso, mis paseos a caballo se interrumpieron durante un tiempo. Se descubrió, para gran fastidio suyo, que Brutus tenía una rozadura de la silla, e incluso fue tan injusto como para echarme la culpa a mí, aunque, por mi parte, me pareció una muestra de justicia poética, oportuna aunque tardía. No estaba dispuesto a tentar a la Fortuna con ninguna otra montura, pero aun así no podía mantenerme alejado del Row, y aparecía por allí a pie. Vi a Diana montando con el coronel, que parecía pensar que por fin le había llegado su oportunidad; pero cada vez que ella pasaba junto a la barandilla en la que yo me apoyaba, levantaba las cejas y torcía la boca en una pequeña mueca de aburrimiento resignado que me tranquilizaba por completo. Aun así, me alegré mucho cuando Brutus se curó y volvimos a bajar el Row a medio galope, los dos de un humor excelente.

‘Nunca había oído relinchar tanto a los caballos de aquí como esta temporada’, dije, por darle conversación. ‘¿Tienes alguna explicación?’. Porque a veces me daba datos que luego me permitían impresionar a Diana con mi profundo conocimiento de los caballos.

‘¿Relinchar?’, dijo. ‘Se están riendo, eso es lo que hacen… ¡y no me extraña!’.

‘¡Vaya!’, dije, ‘¿y cuál es el chiste?’

‘¡Pues tú!’, respondió. ‘No pensarás que los engañas, ¿verdad? Lo saben todo sobre ti, alma de cántaro’.

‘Ah, ¿sí?’, dije, desconcertado. Creo que aquel bruto disfrutaba de verdad rebajando mi amor propio.

‘Supongo que se ha corrido la voz a través de Wild Rose’, continuó. ‘Le hizo muchísima gracia cuando se lo conté. Por cierto, me temo que se habrá aburrido bastante todos estos días’.

Sentí el indigno impulso de bajarle los humos como él me los había bajado a mí.

‘No tanto, creo yo’, dije. ‘Me pareció que encontraba en ese caballo de caza castaño del coronel Cockshott un sustituto muy agradable’.

Aunque sea tarde para reparaciones, debo reconocer con vergüenza que, al lanzar esta insinuación, cometí una injusticia vergonzosa con aquella pobre yegüita (a la que tenía en la más alta estima); y quisiera dejar constancia aquí, de la forma más solemne y categórica, de mi sincera convicción de que, de principio a fin, se comportó de un modo que debería haberla protegido de toda calumnia.

Fue solo un mezquino deseo de desquitarme, un rencor pequeño e innoble, lo que me impulsó a envenenar así la confianza de Brutus, y me arrepentí de mis palabras nada más pronunciarlas.

‘¡Esa bestia!’, dijo, sobresaltándose como si le hubiera tocado con una fusta, cosa que yo nunca usaba; ‘pero si no tiene dos ideas en esa cabezota de violín. ¡El único tipo de oficial que debería llevar encima es uno del Ejército de Salvación!’.

‘Reconozco que no tiene tus atractivos personales ni tu encanto’, dije. ‘Sin duda hice mal en decir nada’.

‘No’, dijo, ‘tú… tú me has hecho un favor’, y volvió a sumirse en un silencio sombrío.

Iba montando con Diana como de costumbre, y estaba a punto de expresarle mi alegría por poder reanudar nuestra compañía, cuando su yegua se adelantó un poco y de repente soltó una coz que me alcanzó en la pierna izquierda y me causó un dolor intensísimo en ese momento.

Diana mostró la más dulce preocupación y me suplicó que me fuera a casa en un coche de punto enseguida, mientras su mozo se hacía cargo de Brutus. Rechacé el coche; pero, como la pierna me dolía de verdad y Brutus mostraba una impaciencia que no me atrevía a desatender, tuve que separarme de ella.

De camino a casa, Brutus dijo malhumorado: ‘Se acabó todo entre nosotros… ¿lo has visto?’.

‘¡Lo he sentido!’, respondí. ‘Casi me rompe la pierna’.

‘Iba dirigido a mí’, dijo. ‘Era su manera de dar a entender que en adelante más nos valía ser dos extraños. Le eché en cara su infidelidad; ella lo negó, claro, todas las yeguas lo niegan; tuvimos una explicación, ¡y todo ha terminado!’.

No volví a montarlo durante unos días, y cuando lo hice, lo encontré sumido en una melancolía byroniana. Al principio incluso quería quedarse por completo en el lado de Bayswater del parque, aunque logré convencerlo de que abandonara semejante debilidad. ‘¡Pórtate como un caballo!’, le dije. ‘Demuéstrale que no te importa. Solo la halagas si dejas ver tus sentimientos’.

Era una sutileza que, evidentemente, no se le había ocurrido, pero era lo bastante inteligente como para captar la fuerza de lo que le decía. ‘Tienes razón’, admitió; ‘en algunas cosas no eres del todo tonto. ¡Ya verá lo poco que me importa!’.

Naturalmente, después de esto esperaba acompañar a Diana como de costumbre, y fue una amarga decepción descubrir que Brutus no quería ni oír hablar de ello. Tenía un viejo conocido en el parque, un tordo rodado que, probablemente por algún desengaño de juventud, era un cínico empedernido, y cuya compañía le parecía la más apropiada en aquel momento. Al tordo lo montaba con regularidad una tal señorita Gittens, cuyo aspecto mientras subía y bajaba trabajosamente a trotecitos nos había divertido a menudo a Diana y a mí.

Y entonces, a pesar de todos mis esfuerzos, Brutus se fue derecho hacia el tordo. No me vi en tantos apuros como cabría esperar, porque daba la casualidad de que conocía un poco a la señorita Gittens, una dama que ya no estaba en la flor de la juventud pero que aún conservaba una especie de aire juvenil enjuto. Aunque más bien me desagradaba, en aquel momento me vi obligado a poner cierta efusión en mi saludo. Ella, quizá no sin razón, se sintió halagada por mi preferencia y me rogó que le diera algunas lecciones de equitación, cosa que —¡que el Cielo me perdone!— me encargué de hacer.

Aun ahora apenas veo cómo podría haber actuado de otra manera: no podía separarme de ella hasta que Brutus hubiera agotado los placeres del cinismo con su amigo tordo, y había que llenar el tiempo de algún modo. Pero ¡ay, qué tortura ver a Diana a lo lejos, sabiendo que solo un miserable malentendido entre nuestras respectivas monturas nos mantenía separados, y sintiéndome obligado incluso a evitar mirar hacia ella, no fuera a llamarme a su lado!

Un día, mientras montaba con la señorita Gittens, me miró con coquetería por encima de su huesudo hombro derecho y dijo: ‘¿Sabe?, hace tan poco tiempo ni siquiera soñaba que llegaríamos a tener la intimidad que tenemos ahora; parece casi increíble, ¿no cree?’.

‘No debe decir eso’, respondí. ‘¿Qué tiene de singular que la ayude un poco con su forma de montar?’. Aunque se me ocurrió que habría sido muy singular que lo hubiera hecho.

‘Singular quizá no’, murmuró, bajando modestamente la mirada a lo largo de la nariz; ‘pero ¿me considerará muy poco recatada si le confieso que, para mí, esas lecciones han hecho nacer un peligro incipiente?’.

‘Sobre el tordo está usted completamente a salvo’, dije.

‘No… no pensaba en el tordo’, replicó. ‘Querido señor Pulvertoft, debo hablarle con franqueza: una chica tiene que considerar tantas cosas, y me temo que usted me ha hecho olvidar lo mal y lo irreflexivamente que me he comportado últimamente. No puedo evitar sospechar que debe de tener algún motivo para buscar mi compañía de un modo tan… tan marcado’.

‘Señorita Gittens’, dije, ‘no puedo disimular nada: lo tengo’.

‘¿Y no se ha estado divirtiendo simplemente todo este tiempo?’

‘¡Por el Cielo’, exclamé con fervor, ‘que no!’

‘¿No es usted uno de esos hombres falsos que sacuden las riendas y se alejan diciendo “¡Adiós para siempre!”? Dígame que no lo es’.

Podía sacudir las riendas hasta cansarme sin que sirviera de nada si a Brutus no le apetecía marcharse; así que pude asegurarle con sinceridad que no era en absoluto esa clase de persona.

‘Entonces, ¿por qué no deja hablar a su corazón?’

‘Existe’, dije con aire sombrío, ‘lo que se llama un corazón amordazado’.

‘¿No hay ninguna palabra, ninguna insinuación mía que pueda aflojar esa mordaza?’, quiso saber. ‘¿Cómo, sigue usted callado? Entonces, señor Pulvertoft, aunque le parezca dura y cruel al decirlo, nuestro agradable trato debe terminar: ¡no volveremos a montar juntos!’.

¿Nunca más? ¿Qué diría Brutus a eso? Me horroricé. ‘Señorita Gittens’, dije muy agitado, ‘le suplico que retire esas palabras. Me… me temo que no podría aceptar semejante despedida. ¡Seguro que, después de esto, no insistirá usted!’.

Suspiró. ‘Soy una chica débil y tonta’, dijo; ‘usted es demasiado capaz de vencer mi buen juicio. Ea, señor Pulvertoft, vuelva a poner cara de felicidad: cedo. ¡Puede quedarse, si quiere!’.

Debe creerme si le digo que me sentí profundamente avergonzado de mí mismo, porque no podía estar ciego a los ánimos que, aunque procuraba ceñir mis palabras a la estricta verdad, le estaba dando inocentemente. Pero, con un caballo como el mío, ¿qué iba a hacer un hombre? ¿Qué habría hecho usted? En cuanto fue prudente, le insinué a Brutus que sus confidencias ya habían durado bastante; y mientras se alejaba trotando conmigo, comentó: ‘Pensaba que no te ibas a ir nunca’. ¿Se había cansado ya del tordo? El corazón me dio un vuelco. ‘Brutus’, dije con la voz tomada, ‘¿eres lo bastante fuerte para soportar una gran alegría?’.

‘Habla claro’, dijo, ‘y haz el favor de no clavarme los talones en las costillas’.

‘No puedo verte sufrir’, le dije, consciente en todo momento de mi propia hipocresía. ‘Tengo que decírtelo: han llegado a mi conocimiento ciertas circunstancias que me hacen creer que los dos juzgamos a Wild Rose con demasiada precipitación. Estoy seguro de que su corazón sigue siendo tuyo. Está deseando decirte que en realidad nunca ha faltado a su lealtad’.

‘Ya es demasiado tarde’, dijo, y su nuca parecía inflexiblemente obstinada; ‘llevamos demasiado tiempo separados’.

‘No’, dije, ‘escucha. Me intereso por ti más de lo que quizá crees, y he pensado un pequeño plan para volver a uniros. ¿Y si encuentro la ocasión de ver a la dama a la que pertenece? No nos hemos visto últimamente, como sabes, y no pretendo desear que volvamos a tener la misma intimidad…’.

‘La que te gusta más es la del tordo; eso lo vi hace mucho’, dijo; y lo dejé en su error.

‘En cualquier caso, por ti me sacrificaré’, dije con magnanimidad. ‘Empezaré mañana. Vamos, ¿no irás a dejar que vuestras vidas se arruinen por una tonta pelea de enamorados?’.

Opuso una pequeña resistencia sin mucho entusiasmo, pero al final, como yo sabía que haría, accedió. Me había salido con la mía: ¡por fin me había librado de la señorita Gittens!

Aquella noche me encontré con Diana en el vestíbulo de una casa de Eaton Square. Ella bajaba las escaleras mientras yo me dirigía al salón de baile, y me saludó con un gesto de cabeza bastante frío.

‘Últimamente me tiene usted muy abandonada’, dijo sonriendo, pero yo podía leer el reproche en sus ojos; ‘ya nunca monta con nosotros’.

Se me hinchaba la garganta de elocuencia apasionada… y no conseguía que me saliera nada.

‘No, nunca’, fue lo único que mi torpe lengua acertó a decir.

‘Ha encontrado usted una compañera más afín’, dijo la cruel Diana.

‘Señorita Chetwynd’, dije con ansia, ‘no sabe cuánto he estado deseando… ¿Me dejará montar con usted mañana, como… como solíamos hacer?’.

‘¿Está completamente seguro de que no le dará miedo mi traviesa Wild Rose?’, dijo. ‘Le he echado tal regañina que creo que está totalmente avergonzada de sí misma’.

‘¡Creyó que era eso lo que me apartaba de usted!’, exclamé. ‘¡Ay, si pudiera contárselo!’.

Sonrió: volvía a ser mi querida y amable Diana.

‘Me lo contará todo mañana’, dijo. ‘No tendrá otra oportunidad, porque el viernes nos vamos a Aix. Y ahora, buenas noches. Estoy estorbando el paso, y el portero de las antorchas se está poniendo de lo más nervioso’.

Siguió adelante, y el carruaje se la llevó, y yo era demasiado feliz como para que me importara mucho: ¿acaso no me había perdonado? ¿No nos veríamos mañana? Tendría dos horas enteras para declararme, y esta vez no jugaría más con la Fortuna.

¡Qué nervioso estaba al día siguiente! ¡Qué miedo pasé cuando amaneció gris y amenazador! ¡Qué agradecido me sentí cuando más tarde salió un sol benévolo que prometía una tarde espléndida! ¡Con cuánto esmero me vestí, y qué precio pagué por la flor del ojal!

Así que bajamos a medio galope al Row, una pareja tan apuesta (si se me permite esta vanidad retrospectiva) como cualquier otra de allí; y al cabo de un rato vi, con el ojo rápido del enamorado, la esbelta figura de Diana a lo lejos. No estaba sola, pero sabía que el coronel pronto tendría que cederme su sitio.

En cuanto me vio, puso a su yegua al trote y vino hacia mí con el más leve y encantador de los rubores y una sonrisa naciente de bienvenida cuando, de repente, Brutus se paró en seco, de tal modo que casi me tira sobre su cuello, y se quedó temblando de pies a cabeza.

‘¿Has visto eso?’, dijo con voz ronca. ‘¡Y yo que estaba a punto de perdonarla!’.

Lo vi: mi insinuación, bastante infundada al principio, ahora estaba más que justificada. El coronel Cockshott iba en su huesudo caballo de caza castaño, y hasta mi breve trato con los caballos me permitía ver que Wild Rose ya no lo miraba con su antigua indiferencia.

Diana y el coronel habían frenado y parecían esperarme… ¿es que Brutus no se iba a mover nunca? ‘Muestra tu orgullo’, le dije en un susurro angustiado, ‘¡trátala con el desprecio que se merece!’.

‘Eso haré’, dijo entre el bocado y los dientes apretados.

Y entonces pasó la señorita Gittens dando botes sobre el tordo y, antes de que pudiera intervenir, mi houyhnhnm salió disparado tras ella. Vi la dulce cara de sorpresa de Diana; oí la risa estridente del coronel al pasar, y yo… yo solo pude inclinarme en un ruego mortificado y desear que hubiera un abismo en el que arrojarme, ¡como Curcio!

No sé qué le dije a la señorita Gittens. Creo que me mostré temerariamente amable, y recuerdo que se demoró al despedirse de una forma horriblemente emotiva. Estaba demasiado desdichado como para que me importara: en todo momento veía los ojos asombrados de Diana y oía la risa despiadada del coronel Cockshott. Brutus me dio una especie de explicación de camino a casa: ‘Tenías buena intención’, dijo, ‘pero ya ves que te equivocabas. Tu sacrificio, que te agradezco tanto como si lo hubieras llevado a cabo, era inútil. Lo único que podía hacer a cambio era llevarte adonde te arrastraban tus verdaderas inclinaciones. Yo también sé ser generoso’.

Estaba demasiado abatido para maldecir su generosidad. Ni siquiera me molesté en explicarle lo que probablemente me había costado. Solo sentía con tristeza que había dado mi último paseo a caballo: ¡había tenido equitación para toda la vida!

Aquella noche fui al teatro, quería adormecer el pensamiento por un rato; y en uno de los entreactos vi a lady Verney en las butacas de patio y me acerqué a hablar con ella. ‘¿No ha venido su sobrina?’, dije; ‘pensaba que tendría ocasión de… de despedirme de ella antes de que se marchara al continente’.

Me quedaba la vaga esperanza de que me invitara a almorzar, para tener una oportunidad más de explicarme.

‘Ah’, dijo lady Verney, ‘pero todo eso ha cambiado; no nos vamos… al menos, todavía no’.

‘¡Que no se van!’, exclamé, incrédulo de pura alegría.

‘No, ha sido todo muy repentino; pero… bueno, usted es casi como un viejo amigo, y se enterará tarde o temprano. Yo misma no lo supe hasta esta tarde, cuando volvió de montar. El coronel Cockshott se le ha declarado y ella lo ha aceptado. Estamos muy contentos. ¿No ha estado encantadora la querida señora —— en ese último acto? ¡Juraría que le he visto lágrimas de verdad en la cara!’.

Si me hubiera quedado mucho más tiempo, habría visto un alarde de realismo parecido en la mía. Pero volví a mi asiento, aguanté el entreacto, escuché con ojo crítico la selección clásica de música de cámara de la orquesta y vi el resto de la obra, aunque no tengo ni idea de cómo terminó.

Durante toda aquella noche, una rabia sorda me fue consumiendo lentamente el corazón, y crecía con cada hora de insomnio; pero el objeto de mi resentimiento no era Diana. Ella solo había hecho lo que, como mujer, tenía todo el derecho a hacer después del desaire manifiesto que yo aparentemente le había infligido. Su castigo ya era suficiente, porque, por supuesto, supuse que solo había aceptado al coronel bajo la primera e intolerable punzada del abandono. No: reservé toda mi ira para Brutus, que me había traicionado en el momento del triunfo. Planeé mi venganza. Costara lo que costara, lo montaría una vez más. A ojos de la ley, yo era su amo. Ejercería mis derechos legales hasta el final.

Por fin llegó la tarde. Yo estaba al rojo vivo de ira, aunque, al subir a la silla, hubo mirones que interpretaron el color de mi cara de una forma menos caritativa.

Brutus echó una mirada inquieta a mis talones cuando nos pusimos en marcha. ‘¿Qué es eso que llevas puesto?’, preguntó.

‘Espuelas’, respondí secamente.

‘No deberías llevarlas hasta que aprendas a meter las puntas de los pies’, dijo. ‘¡Y una fusta, además! ¿Se puede saber para qué es?’.

‘Ya lo hablaremos dentro de un momento’, dije con mucha frialdad, porque no quería montar una escena con mi caballo en plena calle.

Cuando dimos la vuelta junto a la estatua de Aquiles y entramos en el paseo de caballos, acorté las riendas y agarré mejor la fusta, y noté que, por algún motivo que no sé explicar, se me secaba incómodamente el paladar.

‘Me gustaría tener una pequeña charla tranquila contigo, si no tienes inconveniente’, empecé.

‘Estoy a tu entera disposición’, dijo, mordisqueando el bocado con un toque de ironía.

‘Primero, déjame decirte’, dije, ‘que he perdido para siempre a mi único amor’.

‘Bueno’, replicó con ligereza, ‘no te vas a morir por eso. Yo también. ¡Tendremos que intentar consolarnos el uno al otro!’.

Yo seguía manteniendo una calma mortal. ‘Pareces no darte cuenta de que tú eres la única causa de mi desgracia’, dije. ‘¡Si ayer hubieras consentido en plantar cara a Wild Rose, a estas horas yo sería un hombre feliz!’.

‘¿Y cómo iba a saberlo, si me dejaste creer que todo tu afecto era para esa cosa entrada en años a la que saca a trotar mi amigo el tordo?’

‘No discutamos, por favor’, dije precipitadamente. ‘Basta con que tu endiablado egoísmo y tu terquedad hayan arruinado mi felicidad. Te he permitido usurpar el mando, invertir nuestras posiciones naturales. No lo haré más. Pienso darte una lección que no olvidarás nunca’.

Para ser un caballo, desde luego tenía un agudo sentido del humor. Creí que se iban a romper las cinchas.

‘¿Y cuándo piensas empezar?’, preguntó en cuanto pudo hablar.

Miré al frente: allí venían Diana y su prometido, cabalgando hacia nosotros; y tan natural es el disimulo, incluso en las mujeres más dulces y buenas, que nadie habría sospechado, viendo su cara radiante, que su alegría ocultaba un corazón dolorido.

‘Pienso empezar ahora’, dije. ‘Monstruo, demonio, lo que seas, que me has tenido esclavizado tanto tiempo: ¡he roto mis cadenas! Ya he sido un cobarde demasiado tiempo. Puedes matarme si quieres. Casi espero que lo hagas; pero antes pienso devolverte parte de la humillación con la que me has cargado. Pienso azotarte mientras siga en la silla’.

Testigos presenciales me han dicho que el castigo duró poco, pero mientras duró, me precio de ello, fue severo. Le di de lo lindo con una fusta recia, de cuya eficacia me había asegurado probándola en mis propias piernas. Le clavé en los ijares las espuelas prestadas. Le di tirones en la boca. Me atrevería a decir que se quedó casi tan sorprendido como dolorido. ¡Pero dolorido sí que estaba!

Estaba a punto de continuar mi reprimenda práctica cuando mi víctima se zafó de pronto de mi control; y durante un segundo vívido me pareció contemplar su lomo a vista de pájaro; y luego hubo un estrépito, y me quedé tendido, zumbando como una abeja, en una niebla iridiscente en la que cada color era un dolor distinto, y al final se fundieron en la oscuridad, y no recuerdo nada más”.

“Pasaron semanas”, concluyó el señor Pulvertoft, “antes de que esa oscuridad se disipara y me revelara a mí mismo como un inválido lleno de correas y vendajes. Pero —y quizá esta sea la parte más curiosa de mi relato— casi los primeros sonidos que llegaron a mis oídos fueron campanas de boda; y supe, sin necesidad de que me lo dijeran, que repicaban por la boda de Diana con el coronel. Eso demuestra que no me pasaba gran cosa, ¿verdad? Pues ahora las oigo por todas partes. Aunque no creo que debiera haberlas hecho tocar en Sandown: fue un poco ostentoso, tanto tiempo después de la ceremonia; ¿no le parece?”.

“Sí… sí”, dije; “pero no me ha contado qué fue del caballo”.

“¡Ah, el caballo! Sí. Lo estoy buscando. Ya no estoy tan enfadado con él como antes, y no me gusta hacer demasiadas preguntas en las cuadras, por miedo a que un día me digan que tuvieron que sacrificarlo mientras yo estaba tan enfermo. Ya sabría usted que estuve enfermo, ¿no?”, se interrumpió; “los periódicos publicaron partes médicos sobre mí. Mire”.

Me tendió un recorte en el que leí:

“El reciente accidente en Rotten Row. — Todavía no hay cambios en el estado del señor Pulvertoft. El desafortunado caballero sigue inconsciente en sus habitaciones de Park Street, y sus médicos temen que, aunque recupere las fuerzas físicas, el cerebro quede dañado de forma permanente”.

“¡Pero eso eran todo tonterías!”, dijo el señor Pulvertoft, con una risita nerviosa; “no se dañó ni un poquito; si no, ¿cómo iba a recordarlo todo con tanta claridad, sabe usted?”.

Y este era un argumento que, por supuesto, no tenía réplica.

Libros sobre caballos

Traducido del inglés. Leer el original