Arte ecuestre

La historia del caballo mágico

· The Equinest

Un hombre ofreciendo la estatua de un caballo a un rey
Los cuentos de Las mil y una noches llevan muchísimo tiempo deleitando a los lectores y, por suerte, entre ellos hay un cuento de un caballo mágico.

Este cuento, bastante largo, procede del libro titulado Stories from The Arabian Nights, en la versión de Laurence Housman.

En la tierra de los persas vivía en tiempos antiguos un rey que tenía tres hijas y un único hijo, de tal belleza que atraían las miradas de todos cuantos los veían, como la salida de la luna en un cielo despejado. Era costumbre en aquel país celebrar una gran fiesta en Año Nuevo, durante la cual gentes de toda condición, desde la más alta hasta la más baja, se presentaban ante el rey con ofrendas y saludos. Y sucedió que uno de esos días, mientras el rey estaba sentado en su trono, llegaron ante él tres sabios, maestros en su arte, que traían regalos para que los aprobara. El primero traía un pavo real de oro construido de tal manera que, al pasar cada hora, batía las alas y lanzaba un grito. Y el rey, tras comprobarlo, aceptó el regalo e hizo que su inventor fuera debidamente recompensado. El segundo había fabricado una trompeta que, colocada sobre las puertas de una ciudad, lanzaba un toque contra cualquiera que intentara entrar; y así la ciudad quedaba a salvo de los ataques por sorpresa de un enemigo. Y cuando el rey comprobó que tenía esa propiedad, la aceptó y concedió a su creador una rica recompensa.

Pero el regalo del tercer sabio, que era indio, parecía más prodigioso que todos, pues había traído consigo un caballo de marfil y ébano del que afirmaba que, por voluntad de su dueño o de cualquiera que conociera el secreto, se elevaría sobre la tierra y volaría, llegando a lugares lejanos en un espacio de tiempo asombrosamente corto. El rey, maravillado ante semejante afirmación y deseoso de ponerla a prueba, dudaba sobre cómo hacerlo, pues el indio no estaba dispuesto a revelar el secreto hasta tener asegurada la recompensa que en su fuero interno había fijado. Ocurría que a unas tres leguas de la ciudad se alzaba una montaña cuya cima se distinguía con claridad; así que, para que se probara la palabra del indio, el rey la señaló y dijo: “Ve hasta allí y tráeme, mientras espero, una rama de la palmera que crece al pie de esa montaña; entonces sabré que lo que me dices es verdad”.

Al instante el indio puso el pie en el estribo y saltó sobre su corcel, y apenas hubo girado una pequeña clavija que había en el pomo de la silla, el caballo se elevó con ligereza por los aires y se lo llevó a una velocidad prodigiosa entre los gritos de los presentes; y mientras todos seguían mirando, asombrados por una desaparición tan repentina, reapareció muy alto sobre sus cabezas con la rama de palmera y, descendiendo en medio de ellos, se posó en el mismo lugar del que había partido, donde, postrándose, depositó la rama a los pies del rey.

El rey quedó tan encantado al ver así reveladas las maravillosas propiedades del caballo que, deseoso de poseerlo, pidió al indio que fijara él mismo su recompensa, asegurando que ningún precio sería demasiado alto. Entonces dijo el sabio: “Puesto que Vuestra Majestad aprecia tan de veras el valor de mi invento, no temo que la recompensa que pido os parezca excesiva. Dadme en matrimonio la mano de la más bella de vuestras tres hijas y el caballo será vuestro”.

Ante una pretensión tan arrogante, todos los cortesanos estallaron en carcajadas; solo el rey, consumido por el deseo de poseer aquel tesoro maravilloso, dudaba qué respuesta dar. Entonces el hijo del rey, el príncipe Firouz Schah, al ver que su padre prestaba oído a una propuesta tan vergonzosa, se llenó de indignación. Decidido a defender el honor de su hermana y el suyo propio, se dirigió al rey: “Perdonadme, señor”, dijo, “si me tomo la libertad de hablar. Pero ¿cómo es posible que uno de los más grandes y poderosos monarcas se una a un don nadie? Os ruego que consideréis lo que se debe no solo a vos mismo, sino a la noble sangre de vuestros antepasados y de vuestros hijos”.

“Hijo mío”, respondió el rey de Persia, “lo que dices es muy cierto, hasta cierto punto; pero no consideras suficientemente el valor de una maravilla tan incomparable como ha demostrado ser este caballo, ni lo grande que sería mi disgusto si otro monarca llegara a poseerlo. Y aunque todavía no he aceptado la propuesta del indio, no puedo rechazarla sin más. Pero antes debo asegurarme de que el caballo obedecerá a otras manos además de las de su inventor; de lo contrario, aunque llegue a ser su dueño, puede que no me sirva de nada”.

El indio, que se había mantenido aparte durante esta discusión, estaba ahora lleno de esperanza, pues se dio cuenta de que el rey no había rechazado del todo sus condiciones, y nada parecía más probable que, cuanto más conociera las propiedades del caballo mágico, más desearía poseerlo. Por eso, cuando el rey propuso que el caballo se sometiera a una prueba más independiente con otro jinete, el indio aceptó de buen grado; tanto más cuanto que el propio príncipe, abandonando su aparente oposición, se adelantó y se ofreció voluntario para el ensayo.

Con el consentimiento del rey, el príncipe montó y, deseoso de dar a su padre ocasión de reflexionar con más calma, no esperó a oír todas las instrucciones del indio, sino que, girando la clavija como había visto hacer al otro al montar, hizo que el caballo se elevara de pronto por los aires y desapareció de la vista en dirección este, más veloz que una flecha disparada por un arco.

En cuanto el caballo y su jinete desaparecieron, el rey empezó a preocuparse mucho por la seguridad de su hijo; y aunque el sabio podía excusarse con razón alegando que la impaciencia del joven príncipe le había hecho interrumpir las instrucciones que le habrían asegurado un regreso sin peligro, el rey prefirió descargar sobre el indio todo el peso de su enojo; y, maldiciendo el día en que había puesto los ojos en el caballo mágico, mandó encerrar en prisión a su creador, declarando que si el príncipe no regresaba en un plazo determinado, este pagaría con su vida.

El indio tenía ahora buenos motivos para arrepentirse de la ambición que lo había llevado a semejante extremo, pues al príncipe, de cuya oposición a su proyecto estaba bien enterado, le bastaba con prolongar su ausencia para arrastrarlo a una ruina irremediable. Pero cuando las pretensiones arrogantes fracasan, la compasión de los sensatos se desperdicia; volvamos, pues, al príncipe Firouz Schah, al que dejamos volando por los aires a una velocidad increíble a lomos del corcel mágico.

Durante un tiempo, confiado en su destreza como jinete y sin dejarse intimidar ni por la velocidad ni por la altura de su vuelo, el príncipe no tuvo ningún deseo de volver al palacio; pero pronto le vino a la mente la angustia de su padre y, como era de carácter tierno y considerado, se esforzó de inmediato por desviar a su corcel del rumbo que llevaba. Intentó hacerlo girando en sentido contrario la clavija que había manejado al montar, pero, para su asombro, el caballo respondió elevándose aún más alto y volando hacia delante con redoblada rapidez. Si entonces le hubiera abandonado el valor, su situación podría haberse vuelto peligrosa; pero, conservando su habitual sangre fría, empezó a buscar con cuidado el modo de reducir la velocidad de la máquina, y al poco descubrió bajo las crines del caballo una clavija más pequeña; en cuanto la tocó, sintió que descendía rápidamente hacia la tierra, con una velocidad que disminuía a medida que se acercaba al suelo.

Mientras descendía, la luz del día con la que había viajado hasta entonces se desvaneció, y en pocos minutos pasó del ocaso a una oscuridad tan densa que ya no podía distinguir qué había a su alrededor, hasta que, al posarse el caballo, percibió bajo él una superficie lisa que terminaba bruscamente por todos lados, a cierta altura sobre lo que la rodeaba.

Al desmontar, se encontró en el tejado de un gran palacio, con balaustradas de mármol que lo dividían en terrazas y, a un lado, una escalera que bajaba al interior. Con un espíritu siempre dispuesto a la aventura, el príncipe Firouz Schah bajó de inmediato, avanzando a tientas en la oscuridad hasta llegar a un rellano en cuyo extremo opuesto una puerta abierta daba a una sala donde ardía una luz tenue.

El príncipe se detuvo en el umbral para escuchar, pero lo único que oía era la respiración pesada de unos hombres dormidos. Empujó la puerta y entró; y allí, al otro lado de un umbral interior, vio a unos eunucos negros dormidos, cada uno con una espada desenvainada en la mano. Enseguida adivinó que más allá debía de haber algo mucho más bello; así que, sin dejarse arredrar por el peligro, avanzó y, pasando con paso ligero por encima de sus espadas, atravesó unas colgaduras de seda y entró en la cámara interior. Allí vio, en medio de un lujo regio, varios divanes, uno de ellos más alto que los demás. Sobre cada uno dormía una hermosa doncella; pero sobre el que se alzaba por encima de los otros yacía una figura de una belleza tan perfecta y encantadora que el príncipe, tras contemplarla una vez, no tuvo voluntad ni fuerzas para apartarse. Se acercó en silencio a la durmiente, se arrodilló y le tiró suavemente de la manga; y al instante la princesa (pues, a juzgar por su rango y su belleza, no podía ser otra cosa) le abrió la profundidad de sus ojos brillantes y miró con sereno asombro al principesco joven, cuyo hermoso aspecto y respetuosa actitud disiparon al momento todo temor.

Sucedía que por aquel entonces un hijo del rey de la India pretendía la mano de la princesa; pero su padre, el rey de Bengala, lo había rechazado por su aspecto feroz y desagradable. Por eso, cuando la princesa vio arrodillado ante ella a alguien de aspecto regio, supuso que no podía ser otro que el pretendiente al que solo conocía de oídas y, mirándolo con agrado, dijo sonriendo: “¡Por Alá, mi padre mintió al decir que te faltaba buena presencia!”.

El príncipe Firouz Schah, al comprender por estas palabras y por la mirada que las acompañaba que ella le era favorable, ya no temió contarle el apuro en que se encontraba; mientras que la princesa, por su parte, escuchó la historia de sus aventuras con vivo interés y supo, no sin secreta satisfacción, que su visitante tenía un rango y una dignidad iguales a los suyos.

Mientras tanto, las doncellas que atendían a la princesa se habían despertado consternadas ante la inexplicable aparición de un hermoso joven arrodillado a los pies de su señora y, temiendo que los guardias los descubrieran, no sabían qué hacer. La princesa, sin embargo, al ver que estaban despiertas, las llamó con total serenidad y les ordenó que fueran enseguida a preparar una cámara interior donde el príncipe pudiera dormir y reponerse de las fatigas del viaje; al mismo tiempo, mandó preparar un rico banquete para cuando él estuviera dispuesto a tomarlo. Luego, cuando su visitante se hubo retirado, se levantó y empezó a adornarse con joyas y ricas vestiduras y a perfumarse el cuerpo, sin dar descanso a sus mujeres hasta que el espejo la dejó satisfecha; y cuando todo se hubo hecho muchas veces y se hubo añadido el último toque de arte a su belleza, mandó preguntar si el príncipe ya se había despertado y estaba dispuesto a recibirla.

Al recibir ese mensaje, el príncipe se levantó con impaciencia y, mientras se vestía a toda prisa, aunque apenas era de día, oyó por todo el palacio los preparativos del banquete que se estaba disponiendo en su honor.

Al poco entró la propia princesa a preguntarle cómo había dormido y, una vez tranquilizada en ese punto, ordenó que se sirviera el banquete. Todo se hizo con la mayor magnificencia, pero la princesa no dejaba de disculparse, asegurando que el agasajo era indigno de un huésped tan distinguido. “Debéis perdonarme, príncipe”, dijo, “por recibiros con tan poca pompa y tras unos preparativos tan apresurados; pero el jefe de los eunucos no entra aquí sin mi permiso expreso, y temía que en otro lugar nuestra conversación pudiera verse interrumpida”.

El príncipe Firouz Schah estaba ya convencido de que los sentimientos de la princesa correspondían a los suyos; pero aunque cada palabra y cada gesto de ella aumentaban la ternura de su pasión, no olvidaba el respeto que se debía a su rango y a su virtud. Una de sus doncellas, sin embargo, viendo con claridad hacia dónde iban las cosas y temiendo por sí misma las consecuencias de un descubrimiento repentino, se retiró en secreto sin decir nada a las demás y, corriendo a toda prisa hasta el jefe de los eunucos, le gritó: “¡Oh, desdichado, qué mala guardia has hecho del honor del rey! ¿Quién es ese hombre o genio al que has dejado llegar ante nuestra señora? ¡Si el asunto no tiene ya remedio, no será gracias a ti!”. Al oír estas palabras, el eunuco se levantó de un salto, alarmado, y, acercándose a escondidas, levantó la cortina de la cámara interior y vio junto a la princesa a un joven de un aspecto tan hermoso y majestuoso que no se atrevió a entrar sin ser llamado. Corrió chillando hasta el rey y, por el camino, se rasgó las vestiduras y se echó polvo en la cabeza. “¡Oh, señor y dueño!”, gritó, “ven deprisa y salva a tu hija, porque está con ella un genio en forma mortal, con aspecto de hijo de rey; y si no se la ha llevado ya, date prisa y ordena que lo prendan, no vayas a quedarte sin hija”.

El rey se levantó al instante y fue con gran prisa y temor al palacio de su hija. Allí le salieron al encuentro algunas de sus mujeres, que, al ver su alarma, le dijeron: “Oh, señor, no temas por la seguridad de tu hija, porque este joven es tan hermoso de corazón como de persona, y así como su conducta es casta, sus intenciones son honradas”.

Entonces la ira del rey se templó un poco; pero, como quedaban muchas cosas por explicar, desenvainó la espada y avanzó con aire amenazador hacia la sala donde su hija y el príncipe seguían sentados conversando. El príncipe Firouz Schah, al ver que el recién llegado avanzaba hacia él en actitud belicosa, desenvainó también su espada y se dispuso a defenderse; tras lo cual el rey, viendo que el otro era más fuerte, envainó su arma y, con un gesto de saludo, se dirigió a él con cortesía. “Dime, hermoso joven”, dijo, “si eres hombre o demonio, porque, aunque tu aspecto es humano, ¿de qué otro modo que por artes diabólicas has llegado hasta aquí?”.

“Señor”, respondió el joven, “si no fuera por el respeto que se debe al padre de una hija tan bella, yo, que soy hijo de reyes, podría ofenderme ante semejante insinuación. Pero tened por seguro que, sea cual sea el medio que haya elegido para llegar, mis intenciones son ahora del todo humanas y honradas; pues no tengo otro deseo ni más querido que convertirme en vuestro yerno mediante mi matrimonio con esta princesa, a cuyos ojos tengo la dicha de haber hallado gracia”.

“Lo que me dices”, respondió el rey, “puede que sea muy cierto; pero no es costumbre que los hijos de los reyes entren en los palacios sin permiso de sus dueños, y además sin anunciarse y sin séquito ni signo alguno de realeza. ¿Cómo voy a convencer entonces a mi pueblo de que eres un pretendiente digno de la mano de mi hija?”.

“La prueba del honor y de la realeza”, respondió el otro, “no reside solo en el esplendor y el séquito, aunque también estos acudirían a mi llamada si tuviera paciencia para esperar a que llegaran de aquel país demasiado lejano donde mi padre es rey. Baste con que pueda demostrar mi valía solo y sin ayuda, de un modo que satisfaga a todos”. “¿Solo y sin ayuda?”, dijo el rey; “¿cómo puede ser eso?”. “Lo demostraré así”, respondió el príncipe. “Llamad a vuestras tropas y que rodeen este palacio; decidles que tenéis aquí a un extranjero del que nada se sabe y que asegura que, si no le concedéis la mano de vuestra hija en matrimonio, se la llevará por la fuerza. Ordenadles que empleen todos los medios para capturarme y matarme, y si sobrevivo a una lucha tan desigual, juzgad entonces si soy o no digno de ser vuestro yerno”.

El rey aceptó al instante la propuesta y se comprometió a acatar el resultado; aun así, le apenaba que un joven de tan buena presencia y tan prometedor echara a perder su vida en una aventura tan temeraria. En cuanto amaneció, mandó llamar a su visir y le ordenó que reuniera a todos los jefes de su ejército con sus tropas y compañías, hasta que al poco se congregaron alrededor del palacio cuarenta mil jinetes y otros tantos soldados de a pie; y el rey les dio instrucciones diciendo: “Cuando el joven del que os he advertido salga y os desafíe a combatir, caed sobre él y matadlo, porque de ningún modo debe escapar”. Luego llevó al príncipe a un espacio abierto desde el que se veía todo el ejército formado contra él. “Allí”, dijo el rey señalando, “están aquellos con quienes has de luchar; sal y haz con ellos lo que mejor te parezca”.

“No”, respondió el príncipe, “estas no son condiciones justas, porque allí veo jinetes además de soldados de a pie; ¿cómo voy a luchar contra ellos si no voy montado?”. El rey le ofreció enseguida el mejor caballo de sus cuadras, pero el príncipe no quiso ni oír hablar de ello. “¿Es justo”, dijo, “que en tales condiciones confíe mi vida a un caballo que nunca he montado? No montaré otro caballo que aquel en el que llegué hasta aquí”. “¿Y dónde está?”, preguntó el rey. “Si sigue donde lo dejé”, respondió el príncipe, “está en el tejado del palacio”.

Todos los que oyeron esta respuesta se llenaron de risa y de asombro, pues parecía imposible que un caballo hubiera podido subir a un tejado tan alto. Aun así, el rey ordenó que lo buscaran, y allí, en efecto, los enviados encontraron el caballo de ébano y marfil, rígido e inmóvil. Así que, aunque seguía pareciéndoles cosa de broma y burla, obedeciendo las órdenes del rey lo cargaron a hombros y, bajándolo a tierra, lo llevaron al espacio abierto ante el palacio donde estaban reunidas las tropas del rey.

Entonces el príncipe Firouz Schah avanzó y, saltando sobre el caballo, lanzó su desafío a los ochenta mil hombres que estaban formados en orden de batalla contra él. Y ellos, por su parte, al ver al joven tan resuelto a buscar su propia perdición, desenvainaron las espadas, bajaron las lanzas y cargaron todos a la vez. El príncipe esperó hasta tenerlos casi encima y entonces, girando la clavija del pomo de la silla, hizo que el caballo se elevara de pronto por los aires, y todas las primeras filas del enemigo chocaron entre sí debajo de él. Ante aquella escena, el rey y toda su corte contuvieron el aliento, asombrados, y el ejército se tambaleó y se revolvió de un lado a otro, lanzando golpes en vano hacia los cascos del caballo mágico mientras volaba sobre ellos. Entonces el rey, lleno de pavor ante la idea de que fuera de verdad algún genio maligno que quería llevarse a su hija, ordenó a sus arqueros que dispararan; pero antes de que pudieran tensar los arcos, el príncipe Firouz Schah dio otra vuelta a la clavija y al instante el caballo saltó hacia arriba y se elevó más alto que el tejado del palacio, de modo que todas las flechas se quedaron cortas y cayeron como una lluvia mortal sobre los que estaban debajo.

Entonces el príncipe gritó al rey: “Oh, rey de Bengala, ¿no he demostrado ya que soy digno de ser tu yerno? ¿No me darás la mano de tu hija en matrimonio?”. Pero la ira del rey era enorme, porque había quedado en ridículo a los ojos de su pueblo, el pánico había roto las filas de su ejército y muchos de sus soldados habían muerto; y de ningún modo quería por yerno a alguien con tal poder para trastornar el orden y la estabilidad de su reino. Así que le respondió a gritos al príncipe: “¡Vil hechicero, vete de aquí si en algo aprecias tu vida, porque si alguna vez te atreves a volver y a poner el pie en mis dominios, tu recompensa será la muerte y no mi hija!”. Así habló en su cólera, olvidando por completo la promesa que había hecho.

Hay que saber que durante todo ese tiempo la princesa había estado observando el combate desde el tejado del palacio; y así como al principio su miedo y su angustia por el príncipe habían sido grandes, ahora se llenó de alegría al verlo sobreponerse a los peligros que lo habían amenazado. Pero en cuanto oyó las palabras de su padre, se llenó de un nuevo temor: que ella y su amado fueran a separarse; así que, cuando el príncipe pasó a toda velocidad sobre el caballo mágico, alzó los brazos hacia él gritando: “Oh, dueño del pájaro volador, no me dejes desamparada, porque si te vas ahora de mi lado, moriré”.

En cuanto el príncipe Firouz Schah oyó esas palabras, frenó el vuelo de su corcel y, bajando en picado sobre el tejado del palacio, cogió a la princesa en brazos y la sentó en la silla delante de él; y al instante, a la presión de su jinete, el caballo se elevó bajo ellos y se los llevó por los aires, de modo que desaparecieron enseguida de la vista del rey y de su pueblo.

Pero mientras viajaban, el día se volvió caluroso y el sol los abrasaba con fuerza; y el príncipe, mirando hacia abajo, vio un prado verde a la orilla de un lago; así que dijo: “Oh, deseo de mi corazón, bajemos a aquel prado a buscar descanso y alivio, y esperemos allí hasta que caiga la tarde, para llegar sin ser vistos al palacio de mi padre; y cuando te haya llevado allí sana y salva y en secreto, lo dispondré todo para que puedas presentarte en la corte de mi padre como corresponde a tu rango”.

La princesa consintió, así que bajaron, se sentaron junto al lago y se deleitaron dulcemente en su amor hasta que cayó la tarde. Entonces se levantaron, montaron de nuevo en el caballo mágico y llegaron de noche a las afueras de la ciudad donde vivía el rey de Persia. En el jardín del palacio de verano, que se alzaba fuera de las murallas, todo era silencio y soledad, y, llegando allí sin ser visto, el hijo del rey condujo a la princesa a un pabellón cuya puerta estaba abierta y, dejando delante el caballo mágico, le pidió que se quedara dentro y vigilara hasta que llegara su mensajero para llevarla al palacio que él mandaría preparar para ella.

Dejándola así a resguardo, el príncipe entró en la ciudad para presentarse ante el rey, su padre; y lo encontró sumido en un profundo luto y aflicción por la ausencia de su hijo; y su padre, al verlo, se levantó y lo abrazó con ternura, alegrándose de su regreso sano y salvo y ansioso por saber cómo le había ido. Y el príncipe dijo: “Oh, padre mío, si es tu voluntad y tu deseo, vuelvo a ti mucho más rico de lo que me fui. Porque he traído conmigo a la princesa más bella que hayan visto jamás los ojos del amor, y es la hija del rey de Bengala; y por mi amor hacia ella y el gran servicio que me prestó cuando era un extranjero en medio de enemigos, no tengo corazón, mente ni voluntad más que para obtener tu consentimiento y casarme con ella”. Y cuando el rey oyó aquello, y todo lo que había hecho la princesa, y cómo habían escapado juntos, dio su consentimiento de buen grado y ordenó que se preparara de inmediato un palacio para recibirla, de modo que al día siguiente pudiera presentarse ante el pueblo como correspondía a su rango.

Entonces, mientras avanzaban los preparativos, el príncipe pidió noticias del sabio, porque temía que el rey lo hubiera matado. “No me hables de él”, exclamó el rey. “¡Ojalá no hubiera puesto nunca los ojos en él ni en su invento, porque de ahí han nacido toda mi pena y mis lamentos! Por eso ahora yace en prisión esperando la muerte”.

“No”, dijo el príncipe, “ahora sin duda debería ser liberado y debidamente recompensado, puesto que sin quererlo ha sido la causa de mi fortuna; pero no le des a mi hermana en matrimonio”.

Así que el rey mandó que trajeran al indio ante él, vestido con una túnica de dignatario. Y el rey le dijo: “Puesto que mi hijo, al que tu vil invento me arrebató, ha vuelto sano y salvo, te perdonaré la vida. Y como recompensa a tu ingenio te doy esta túnica de honor; pero ahora coge tu caballo, esté donde esté, y vete, y no vuelvas a aparecer nunca ante mis ojos. Y si quieres casarte, busca a alguien de tu misma condición, pero no aspires a las hijas de los reyes”.

Cuando el indio oyó aquello, disimuló su rabia y, inclinándose hasta el suelo, se retiró de la presencia del rey. Y, mientras se marchaba, por todo el palacio corría la noticia de que el hijo del rey había vuelto en el caballo mágico trayendo consigo a una princesa de una belleza maravillosa, y de que se habían posado en los jardines del palacio de verano, fuera de las murallas.

Cuando se lo contaron, el indio vio enseguida su oportunidad y, saliendo a toda prisa de la ciudad, llegó al palacio de verano antes que el mensajero con el séquito que el príncipe y el rey enviaban. Así que, al llegar al pabellón del jardín, encontró dentro a la princesa esperando y, delante de la puerta, el caballo de marfil y ébano. Entonces su corazón se llenó de alegría, tanto más cuando vio cuánto superaba la doncella en belleza a todo lo que se contaba de ella. Al entrar en la estancia donde ella estaba sentada, besó el suelo a sus pies; y ella, al ver que alguien vestido con una túnica de dignatario le hacía una reverencia, le habló sin temor, diciendo: “¿Quién eres?”.

El sabio respondió: “Oh, luna de belleza, no soy más que el polvo del camino por el que has de viajar. Pero vengo como mensajero del hijo del rey, que me ha enviado a llevarte cuanto antes a una estancia del palacio real donde ahora te espera”.

Ahora bien, el indio era de aspecto horrible y abominable. Por eso la princesa lo miró sorprendida y dijo: “¿No ha encontrado el hijo del rey a nadie más que a ti para enviarme?”. El sabio se rió, porque entendió el sentido de sus palabras. “Oh, escrutadora de corazones”, dijo, “no te extrañe que el príncipe te haya enviado a un hombre de aspecto poco agraciado, porque, por su amor hacia ti, se ha vuelto extremadamente celoso. De no ser así, no dudo de que habría elegido al más alto y honorable del país; pero, siendo yo como soy, ha preferido hacerme su mensajero”.

Cuando la princesa oyó aquello, lo creyó y, como era grande su impaciencia por estar con su amado, se puso de buen grado en sus manos. Entonces el sabio montó en el caballo y subió a la doncella detrás de él; y tras atarla a su cinto para mayor seguridad, giró la clavija tan deprisa que al instante se elevaron por los aires, muy por encima del tejado del palacio y a plena vista del séquito real, que en ese mismo momento se acercaba.

Ahora bien, como su deseo de estar con su amada era tan fuerte, el propio príncipe se había adelantado a todos para salir a su encuentro; y cuando la vio así llevada cautiva, lanzó un fuerte grito de lamento y tendió las manos hacia ella. El grito de su amado llegó a oídos de la princesa y, mirando hacia abajo, vio con asombro sus gestos de dolor y desesperación. Así que le dijo al indio: “Oh, esclavo, ¿por qué me alejas de tu señor desobedeciendo su orden?”. El sabio respondió: “No es mi señor, ni le debo deber ni obediencia alguna. Que el Cielo le devuelva todo el dolor que me ha causado, porque yo soy el creador de este caballo con el que te conquistó, y como me lo robó, me arrojaron a prisión. Pero ahora me cobraré por completo todos mis agravios y torturaré su corazón como él ha torturado el mío. Así que anímate, porque no dudes que pronto te pareceré un amante más deseable de lo que él lo fue jamás”.

Al oír estas palabras, la princesa se llenó de tal terror y repugnancia que intentó arrojarse de la silla; pero, como el indio la había atado a su cinto, de momento no había escapatoria posible.

Mientras tanto, el caballo los había llevado lejos de la ciudad del rey de Persia, y aún era temprano, poco después del alba, cuando llegaron sobre la tierra de Cachemira. Seguro ya de que nadie podía perseguirlo, y viendo debajo una comarca deshabitada, el indio hizo descender al caballo en el linde de un bosque bordeado por un arroyo. Allí hizo desmontar a la princesa e iba a imponerle sus viles y atrevidas atenciones cuando los gritos de la princesa atrajeron a aquel lugar a un grupo de jinetes que estaban cazando por los alrededores. El jefe del grupo, que resultó ser nada menos que el sultán de aquel país, al ver a una hermosa doncella maltratada por alguien de aspecto brutal y malévolo, se adelantó a caballo y le preguntó al indio con qué derecho la trataba así. El sabio declaró con descaro que era su esposa y que cómo la tratara no era asunto de nadie más que suyo. La doncella, sin embargo, desmintió su afirmación con indignación y desprecio, y eran tan grandes su belleza y la dignidad de su porte que bastaba con oír su versión de los hechos para creerla. Así que el sultán ordenó que ataran y apalearan al indio, y que después lo llevaran a la ciudad cercana y lo arrojaran a la mazmorra más profunda. En cuanto a la princesa y el caballo mágico, mandó que los llevaran al palacio; y allí proporcionó a la doncella unos aposentos magníficos, con esclavos y sirvientes como correspondía a su rango; pero el caballo, cuyas propiedades seguían siendo secretas, como no se le encontró otra utilidad, fue colocado en el tesoro real.

Ahora bien, aunque la princesa estaba llena de alegría por haber escapado del indio y de gratitud hacia su libertador, no pudo dejar de leer en el trato del sultán el hechizo que había obrado su belleza. Y, en efecto, al día siguiente mismo, despertada por el bullicio y el regocijo que llenaban toda la ciudad, preguntó el motivo y le informaron de que aquellas fiestas eran el preludio de su propia boda con el sultán, que iba a celebrarse ese mismo día antes de la puesta de sol.

Ante esta noticia, su consternación fue tan grande que se desmayó al instante y permaneció mucho rato sin habla. Pero en cuanto recobró el dominio de sus facultades, tomó una resolución, y cuando el sultán entró, como es costumbre en tales ocasiones, a presentarle sus respetos e interesarse por su salud, ella adoptó unos gestos y unas palabras tan extravagantes, y con tanto arte fingidos, que todos los que la vieron quedaron convencidos de su locura. Y para lograr su propósito con más seguridad, y a la vez desahogar sus sentimientos, atacó violentamente al sultán; y no cejó hasta hacerle reconocer que, por el momento, era inútil toda esperanza de consumar la boda.

También al día siguiente, y todos los que le siguieron, la princesa mostró los mismos síntomas violentos cada vez que el sultán se le acercaba. Fue en vano que se convocara a consulta a todos los médicos más sabios del país. Mientras unos declaraban que su mal tenía cura, otros, a cuyas palabras la princesa daba con su conducta todo el peso posible, declaraban que era incurable; y no se le aplicó ningún remedio que no pareciera agravar al instante el trastorno.

Y aquí debemos dejar un tiempo a la princesa y volver al príncipe Firouz Schah, cuya aflicción no hay palabras para describir. Incapaz de soportar la ausencia de su amada entre los esplendores del palacio de su padre, o de abandonarla a su suerte sin intentar rescatarla, se disfrazó de derviche errante y, marchándose en secreto de la corte persa, salió al mundo a buscarla.

Durante muchos meses viajó sin pista ni noticia alguna que lo guiara; pero como el Cielo siempre favorece la constancia en el amor, lo condujo por fin a la tierra de Cachemira y a la ciudad de su sultán. Mientras se acercaba a ella por el camino principal, entabló conversación con un mercader y le preguntó por la ciudad y por la vida y las condiciones de sus habitantes. Y el mercader lo miró sorprendido y dijo: “Seguro que vienes de un país lejano para no haber oído hablar de las cosas extrañas que han ocurrido aquí, porque por todas estas regiones y en todas las caravanas corre la historia de la extraña doncella, el caballo de ébano y la boda en espera”.

Cuando el príncipe oyó aquello, supo que el final de su peregrinaje estaba a la vista; así que, mirando la ciudad con ojos alegres, dijo: “Cuéntamelo, porque no sé nada de todo eso”. Así que el mercader le contó fielmente todo lo que aquí se ha narrado y, al terminar, dijo: “Oh, derviche, aunque eres joven, tienes en los ojos la luz de la sabiduría; y si además tienes en las manos el poder de curar, te digo que en esta ciudad te espera la fortuna, porque el sultán dará hasta la mitad de su reino a cualquier hombre que devuelva la salud mental a esa doncella”.

Entonces el hijo del rey sintió que el corazón se le ensanchaba en el pecho, aunque sabía bien que la fortuna que buscaba no sería la que eligiera el sultán; así que, despidiéndose del mercader, se puso la túnica de médico y fue a presentarse en el palacio.

El sultán se alegró de su llegada, porque, aunque muchos médicos habían prometido curarla y todos habían fracasado, cada nuevo recién llegado le daba nuevas esperanzas. Como la vista de un médico parecía siempre agravar mucho el mal de la princesa, el sultán lo llevó a un pequeño gabinete o balcón para que desde allí pudiera mirarla sin ser visto. Y así el príncipe Firouz Schah, tras haber recorrido tantas millas en su busca, vio a su amada sentada, muy abatida, junto a una fuente; y, sin dejar de derramar lágrimas, suspiraba y cantaba. Cuando oyó su voz y sus palabras, y contempló la dulce pena de su rostro, el príncipe supo que su trastorno era solo fingido; y salió y le dijo al sultán: “Este mal tiene cura; pero para curarlo todavía falta algo. Déjame entrar a hablar a solas con la doncella y, por mi vida, te prometo que, si todo se hace como yo pido, antes de mañana a esta hora la cura estará completa”.

Al oír estas palabras, el sultán se alegró mucho y ordenó que se abrieran al médico las puertas de la estancia de la princesa. Así que Firouz Schah entró y se quedó a solas con su amada. Por la pena, el peregrinaje y la barba que le había crecido, el rostro del príncipe estaba tan cambiado que la princesa no lo reconoció; pero, al ver ante ella a alguien con ropa de médico, se levantó fingiendo un arrebato y empezó a revolverse con violencia hasta que, completamente agotada, cayó postrada. Entonces el príncipe se acercó y la llamó suavemente por su nombre; y en cuanto oyó su voz, lo reconoció y lanzó un fuerte grito. Entonces el hijo del rey le acercó la boca al oído y le dijo: “Oh, tentación de todos los corazones, perdóname la vida y ten paciencia, porque he venido a salvarte; pero si el sultán se entera de quién soy, estamos muertos, tú y yo, porque sus celos son grandes”. Y ella le respondió: “Oh, tú que me traes la vida, dime qué debo hacer”. El príncipe dijo: “Cuando me vaya de aquí, haz que parezca que te he devuelto el dominio de tus facultades; aunque la cura completa vendrá después. Así que, cuando el sultán venga a verte, muéstrate triste y dócil y no lo rechaces como has hecho hasta ahora. Pero no temas: te mantendré a salvo de él hasta el final”. Y, dicho esto, dejó a la princesa, volvió con el sultán y le dijo: “Entra y comprueba si la cura no está ya surtiendo efecto; pero no te acerques mucho a ella, porque, aunque el genio que la poseía está atado, todavía no ha sido expulsado; aun así, mañana antes del mediodía el remedio estará completo”.

Así que el sultán fue y la encontró tal como le habían dicho; y, lleno de alegría y gratitud, volvió con Firouz Schah y le dijo: “En verdad eres un sanador, y los demás no son más que chapuceros y necios. Así que da tus órdenes y todo se hará según tu voluntad. No dudes que tu recompensa será grande”.

Entonces el príncipe dijo: “Que traigan el caballo de marfil y ébano que estaba con ella al principio y lo coloquen de nuevo en el lugar donde fue hallado, y que traigan también a la doncella y la pongan en mis manos; y sucederá que, cuando la haya subido al caballo, el genio maligno que la dominaba se soltará de golpe y pasará de ella a lo que antes fue el lugar de su cautiverio. Así el remedio estará completo y la princesa hallará la dicha en su señor ante los ojos de todos”.

Cuando el sultán oyó aquello, el misterio del caballo de ébano le pareció claro y su utilidad, evidente. Así que ordenó que se hiciera cuanto antes lo que pedía el médico de la princesa.

Así que, temprano a la mañana siguiente, sacaron el caballo del tesoro real y a la princesa de su estancia, y los llevaron al lugar donde los habían encontrado por primera vez; y alrededor se reunió una gran multitud para presenciar el espectáculo. Entonces el príncipe Firouz Schah tomó a la princesa, la subió al caballo y, saltando a la silla delante de ella, giró la clavija de ascenso; y al instante el caballo se elevó por los aires con gran estruendo y se quedó suspendido sobre las cabezas de la multitud aterrada. Y el hijo del rey se inclinó desde la silla y gritó en voz alta: “Oh, sultán de Cachemira, cuando quieras desposar a princesas que buscan tu protección, aprende primero a obtener su consentimiento”. Y, dicho esto, puso el caballo a toda velocidad y, como una flecha en el viento, él y la princesa se alejaron, pasaron y desaparecieron, y nunca más se los vio en aquella tierra.

Pero en la ciudad del rey de Persia los esperaban una gran alegría, una calurosa bienvenida y acciones de gracias; y allí, sin demora, se celebró la boda, y por todo el país el pueblo se alegró y festejó durante un mes entero. Pero por la pena y la aflicción que le había causado, el rey rompió el caballo de ébano y destruyó sus mecanismos. En cuanto a su creador, el sultán de Cachemira mandó darle una muerte cruel: y así llega a su fin la historia del sabio y su invento.

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Traducido del inglés. Leer el original