Arte ecuestre

La historia de Captain, el caballo con cerebro humano – Sigsbee

· The Equinest

Captain despertando a su mozo de cuadra quitándole la ropa
de cama
Escrita por George Wharton James, se supone que esta historia está, al menos, basada en hechos reales. Esta parte también aporta algo de contexto y fue escrita por el dueño de Captain, W. A. Sigsbee.

Cómo compré y adiestré a Captain

(INTRODUCCIÓN DEL EDITOR. Para que la historia de Captain quedara completa era esencial que el lector supiera algo de su adiestrador, su educador, el hombre a cuyo entusiasmo y capacidad debemos el placer que el caballo nos ha proporcionado. Por ello he interrogado al capitán Sigsbee, una y otra vez, sobre sus métodos, y el relato que sigue contiene sus respuestas a estas muchas preguntas, que he puesto en forma consecutiva y legible, pero, en la medida de lo posible, con sus propias palabras.)

Me crie en el negocio de los caballos. Mi padre y mis tíos ya eran hombres de caballos antes de que yo naciera. Vivían en el condado de Dane, Wisconsin, a doce millas de Madison, y allí vi la luz por primera vez. Uno de mis tíos tenía caballos trotones, y casi desde que fui capaz de hacer algo iba a ayudarle. Cuando tenía catorce años me empleaba regularmente durante las vacaciones para ayudar en la granja, en las cuadras y para acompañarle al hipódromo de trote. Pronto aprendí a montar como jockey, y hasta los dieciocho años esa fue mi ocupación. Entonces empecé a trabajar por mi cuenta. Compraba, educaba o adiestraba, y luego vendía caballos y perros. Me interesaban mucho, y siempre parecía tener bastante éxito manejándolos.

A medida que me hacía mayor solía ir con mis propios caballos a las ferias del condado y del estado, estas últimas celebradas en Madison. A los veinticuatro años me casé, me establecí en una granja y, como el comercio de caballos parecía ser el negocio para el que estaba especialmente dotado, naturalmente me dediqué a él. Siempre que mis vecinos querían un caballo especialmente bien adiestrado acudían a mí, y si les mostraba uno que supiera hacer algunos trucos, no les gustaba menos por ello, y no tenían inconveniente en pagar un poco más por el esfuerzo que me había tomado.

El año después de casarme me mudé a Humboldt, Iowa, donde compré otra granja y durante cuatro años más continué mi trabajo como granjero y tratante de caballos. Luego compré el Park Hotel, en la localidad de Humboldt, que regenté durante once años sin perder, no obstante, ni un solo instante mi interés por los caballos. De hecho, era una de las partes más rentables de mi negocio. Muchos granjeros, gente del espectáculo, gente de circo y otros venían al pueblo y se alojaban en mi hotel, así que nunca me alejé del ambiente de la pista. Muchas veces, cuando estaban en un aprieto, la gente de los espectáculos o del circo venía a pedirme ayuda, pues mi reputación como adiestrador se había extendido y era bastante sabido que tenía una mano excepcional para enseñar a caballos y perros trucos bastante insólitos e interesantes.

Con el tiempo, los grandes maestros del circo, como Barnum y Bailey, Al Ringland y otros, acudieron a mí para pedirme que adiestrara caballos para ellos, de modo que mi negocio de caballos creció, y con él mi reputación. Naturalmente, siempre estaba atento a potros que prometieran, o a caballos que parecieran especialmente inteligentes, y mis ojos buscaban con agudeza yeguas que mostraran una inteligencia superior y que pronto fueran a tener potros.

Por esa época me llamó la atención una hermosa yegua, evidentemente preñada. En cuanto la vi, la quise. Al preguntar, supe que había sido cubierta por un árabe manchado, una criatura tan fina y hermosa como ella misma. Convencido de que era lo que buscaba, la compré. Ya había empezado a especular sobre lo que haría con su potro. Si era un animal de bonita conformación y tan inteligente como el padre y la madre, decidí que recibiría la mejor educación que yo fuera capaz de darle. A medida que pasaban los días de la gestación de la yegua, yo estaba cada vez más ansioso. Mis esperanzas eran altas, y estaba igualmente expectante y, al mismo tiempo, temeroso. ¿Y si el potro resultaba ser tonto? Esperé el nacimiento de aquel potro con tanta ansia como una familia real espera el nacimiento del hijo de un rey; así que podrás entender mi alegría y satisfacción cuando llegó la pequeña dama y la encontré impecable de aspecto, pulcra, esbelta, delicada y hermosa, con ojos y rostro inteligentes y todos los indicios de ser un animal muy superior.

Desde la hora de su nacimiento la vigilé mucho más de cerca de lo que se vigila a muchos niños. Entraba y salía de la cuadra veinte veces al día. Aunque parecía inteligente, quería saberlo con certeza lo antes posible. No tardé mucho en descubrirlo, y así fue como ocurrió. Mi granero tenía puertas dobles, una a cada lado. Como hacía calor, tenía ambas puertas abiertas para que corriera el aire por el edificio. Cuando la potra tenía cuatro o cinco días, quise enganchar a la yegua y sacarla a conducir, pero no me pareció prudente dejar que una potra tan pequeña y joven viniera con nosotros. Así que cerré las puertas y la dejé dentro. Se alteró mucho al verse separada de su madre; corría de un lado a otro como loca, relinchaba y, en general, se inquietaba. Pero pensé que tendría que aprender a separarse de su madre, así que me marché y la dejé que se las arreglara como pudiera.

Al día siguiente entré en el granero y almohacé a la yegua, sin que la potra pareciera prestar atención; pero en el momento en que descolgué los arreos de su clavija y empecé a ponérselos a la madre, la pequeña señorita salió corriendo por la puerta. Pensé que la había asustado de algún modo y no le presté especial atención, pero cuando estuve listo para salir e intenté hacerla volver al granero, se negó rotundamente a entrar o a dejarse llevar. Estaba tan decidida a quedarse fuera como yo a que entrara, y solo cuando conseguí ayuda adicional logré meterla dentro.

Lo mismo ocurrió al día siguiente, y entonces empecé a sospechar que la potra sabía tan bien como yo lo que estaba pasando, y estaba decidida a que no la dejaran atrás. Así que llamé a mi mujer para que viniera a observar conmigo mientras hacíamos la prueba. Mientras yo simplemente trajinaba con la yegua, limpiándola, etc., todo iba bien; pero en el momento en que tocaba los arreos y daba a entender que iba a enganchar, la potra salía disparada del granero al instante. Lo probamos una docena de veces y siempre con el mismo resultado. Esto ocurrió cuando tenía nueve días, y con convicción me volví hacia mi mujer y exclamé: “Servirá, la pequeña Trixy; tiene cerebro, y empezaré a adiestrarla ahora mismo”. Así recibió su nombre, y yo comencé su educación.

En mi experiencia anterior había enseñado a muchos caballos a responder preguntas con un Sí o un No, a marcar números con la pata, a besarme, a sentarse, tumbarse, rodar y otros trucos sencillos similares. Les preguntaba si querían beber, una ración de avena, un terrón de azúcar, etc., y les enseñaba a responder con un movimiento afirmativo de la cabeza, y con uno negativo cuando preguntaba: “¿Te doy con el látigo?” o “Supongo que hoy no quieres comer”; pero con Trixey decidí ir más allá y ver si realmente se la podía adiestrar o, mejor aún, educar en algún grado.

Así comenzó la educación de Trixey, que continuó sin descanso durante dieciocho meses. Cada día me dedicaba a ello, y quizá sea interesante señalar aquí que, mientras yo educaba a Trixey, ella me educaba a mí. Aprendí muchísimo sobre los caballos y la naturaleza equina en aquellos dieciocho meses. A su debido tiempo la había adiestrado de modo que podía señalar números cuando se le pedía, y colores; sabía sumar, restar, multiplicar y dividir; podía contar con las patas, sentarse en una silla, en mi regazo, y responder preguntas.

Entonces decidí sacarla a los caminos y dar exhibiciones con ella. Pero antes de nada decidí hacer una exhibición de prueba en nuestra feria del condado, en Humboldt, mi propio pueblo. Por supuesto, yo era muy conocido, y mis inclinaciones por el adiestramiento de caballos eran tema de conversación en toda la comarca, pero pocos sabían cuánto había logrado con Trixey. De ahí que aquella primera aparición fuera una gran sorpresa para mis vecinos. Huelga decir que también fue un éxito maravilloso. Todo el mundo quedó encantado con la exhibición y se maravilló de la inteligencia que mostraba aquella hermosa criaturita.

Entonces empecé a recorrer el país con confianza. Sabía lo que Trixey podía hacer y el efecto que la exhibición tendría sobre el público. En aquellos tiempos no se conocía el caballo educado. Había unos pocos caballos de circo adiestrados, pero un caballo como el mío despertaba gran asombro e interés. Mi método consistía en ir a las ferias del condado y otras, explicar lo que Trixey sabía hacer, y me comprometía a exhibirla ante la tribuna entre carrera y carrera. Las asociaciones de las ferias me contrataban, y así obtenía un buen rendimiento económico.

Poco después de empezar a viajar cambié el nombre de la potra por el de Princess Trixey, y este fue el nombre por el que se la conoció desde entonces. Por esa época entré en contacto con William Harrison Barnes, de Sioux City. Había sido reportero de prensa, pero era un showman nato, y poco antes de conocerlo se había metido en el mundo del espectáculo. Exhibía caballos como “The Pacing Wonder” y “Johnny, the Guideless Wonder”, y cuando vio a la Princess no hubo más remedio que se convirtiera en mi socio y viniera con nosotros. Durante cuatro años viajamos juntos, encargándose Barnes de los acuerdos comerciales para nuestras apariciones en carnavales, ferias estatales, parques de atracciones y bajo el patrocinio de diversas organizaciones. Después le vendí a Princess Trixey, y seguí viajando con él otros cuatro años, tras lo cual regresé a Humboldt, compré otra granja y durante dos o tres años me dediqué, como antes, a adiestrar caballos de forma esporádica.

Permíteme contar aquí, entre paréntesis, el desafortunado final de Princess Trixey. Barnes la exhibió por todo el país, para gran deleite de todos los que la vieron, hasta hace unos diez años, cuando murió en un accidente ferroviario en Baltimore.

Poco después de mi regreso a Humboldt, Dode Fisk, de Wonewoc, Wisconsin, me instó a planificar y organizar para él un espectáculo de caballos, perros, monos, etc., adiestrados, con un circo de una sola pista. Así lo hice, encargándome yo mismo de todo el adiestramiento de los animales. Cuando estuvimos listos para viajar teníamos un espectáculo de dieciséis carromatos y me nombraron director de pista. Durante cuatro años ocupé este puesto, contribuyendo todo el tiempo a engrandecer el espectáculo, y al cabo de tres años dejamos de viajar en carromatos y nos convertimos en un espectáculo ferroviario de once vagones. Mi deber habitual era mantener a los animales en buenas condiciones, procurar que estuvieran sanos y a la altura de su trabajo, y adiestrar cualquier animal nuevo que compráramos.

Cuatro años de esta vida cansaron a mi mujer, que expresó el deseo de alejarse de un espectáculo tan grande. Quería descansar en casa, dijo, y luego, si yo deseaba viajar, me sugirió que comprara un caballo joven o un potro, lo adiestrara o educara, y viajáramos con él, sin todo el trabajo duro, el ajetreo y la agitación diaria que conlleva un gran espectáculo.

En lo esencial estuve de acuerdo con mi mujer y, en cualquier caso, sentía que había que tenerla en cuenta tanto como a mí mismo, así que empecé a buscar un caballo como el que tenía en mente. Quería otra Trixey o, mejor aún, algo superior, pero apenas esperaba encontrarlo pronto ni con facilidad. Sin embargo, estaba más cerca del final de mi búsqueda de lo que suponía, pues casi de inmediato oí hablar de un potro exactamente como el que buscaba, en Oregon, Illinois. Fui enseguida a verlo y allí, para mi indescriptible alegría, encontré a Captain. Su dueño era el juez Cartwright, gran amante y criador de buenos caballos. Captain procedía de una línea de trotones standardbred y era medio hermano del famoso Sydney Dillon. Su padre era el conocido caballo Syed y su madre la casi igualmente conocida Robey. A primera vista me gustó enormemente, y traté de reunir toda la información posible sobre él. Supe que de potro era muy amistoso y juguetón, y mostraba una aguda inteligencia. También poseía gran velocidad, y a veces iba a paso de ambladura por el pasto tan rápido como su madre podía correr. Esto había llevado a su dueño, en cuanto cumplió dos años, a entrenarlo durante noventa días para desarrollar su velocidad, de modo que era capaz de recorrer la milla en 2:16. Sin duda habría llegado a ser un veloz caballo de ambladura con más entrenamiento. Pero el destino le tenía reservada otra suerte. Resolví comprarlo. Naturalmente, al juez Cartwright le dolía desprenderse de un animal tan prometedor, pero le expuse con franqueza el deseo de mi corazón. Le mostré la influencia que tendría sobre las generaciones venideras si yo lograba demostrar que los animales pueden razonar, que son capaces de pensar. Luego me extendí sobre la vida más fácil que llevaría el propio Captain en comparación con la de un caballo de carreras corriente, y apelé al sentimiento de orgullo que él —el juez— tendría si yo tenía éxito —como sabía que lo tendría— por haber dado al mundo un caballo tan famoso como llegaría a ser Captain, criado y cuidado por él. Y, finalmente, para rematar el asunto, saqué un cheque conformado por mil dólares, que puse en su mano.

Así se hizo la compra, con el entendimiento expreso de que al juez Cartwright se le reconocería siempre el mérito de haber criado a Captain.

Quizá deba señalar aquí que el nombre del potro hasta ese momento había sido Sid Bell. Como sentía que todo el trabajo y la fama de mi vida futura iban a centrarse en esta hermosa, joven e inteligente criatura, le cambié el nombre y le puse aquel por el que me conocían todos mis colegas de profesión: Captain Sigsbee.

No tardamos en conocernos íntimamente. Era un ejemplar apuesto, alazán rodado, de quince manos y media de alzada, con la frente ancha, ojos grandes e inteligentes, orejas bien formadas, ollares profundos y sensibles, boca móvil, nariz fuerte, un rostro de lo más agradable y perfectamente conformado en todos los sentidos.

Desde el principio estuve convencido de que en Captain tenía un gran sujeto para la educación. Ya empezaba a planear lo que le enseñaría. Estaba seguro de que podría ir mucho más allá de todo lo que había hecho hasta entonces, incluso con la inteligente Trixey. Un día, conversando con un grupo de hombres de caballos, entre los que estaba Al Ringland, el gran maestro de circo, expuse algunas de mis expectativas. Ringland se rio de mí, sobre todo cuando declaré mi intención de educar a un caballo de tal modo que pudiera hacer cosas con los ojos vendados. Declaró abiertamente que no tenía ninguna fe en la educación de los caballos. Creía que a los caballos solo se les podía adiestrar bajo el látigo y la espuela. Dijo: “Sé que has hecho cosas maravillosas con Trixey, pero los animales son animales, y no creo que se les pueda educar. Déjame darte un consejo. No pierdas el tiempo. Más de un hombre se ha vuelto loco por dejar que una idea descabellada como esta tuya se apoderase de él”.

Sin embargo, defendí mis ideas y argumenté que mis años de estudio del caballo me habían revelado cosas de la naturaleza y el carácter equinos que pocos siquiera imaginaban. Estaba seguro de que podían pensar y razonar. Todo el mundo sabía que tenían memoria, y yo estaba convencido de que podía educar a este, o a cualquier otro caballo inteligente, para que usara su razón, por pequeña que fuera; en otras palabras, para pensar.

Ringland escuchó con interés, pero no hizo nada por ocultar sus dudas, y volvió a decir que me estaba volviendo loco cuando afirmé mi firme convicción de que podía, y lograría, adiestrar a Captain para recibir y obedecer órdenes con los ojos vendados. Él estaba seguro de que eso nunca podría hacerse.

Hasta qué punto lo he conseguido, mejor que nadie pueden decirlo los cientos de miles de personas que han visto a Captain. Quizá también sea interesante relatar las palabras del señor Ringland cuando vio a Captain algún tiempo después de que yo empezara a dar exhibiciones con él. Dijo: “Me confieso vencido, Sigsbee; me quito el sombrero ante ti. Lo que has logrado será una revelación para el mundo, como lo ha sido para mí. A pesar de mis años de trato con los caballos, nunca imaginé que tuvieran tales capacidades. Me has abierto los ojos, y a medida que otros empiecen a verlo tratarán a sus animales con mayor consideración, pensarán mejor de ellos y dejarán de tratarlos como si fueran meros instrumentos brutos de su voluntad o su placer, sin sentimientos ni inteligencia”.

El señor Ringland expresó bien lo que ha sido uno de mis empeños constantes. Siempre he amado a los caballos. Quería verlos mejor tratados, y con gran satisfacción compruebo cada día que mis exhibiciones con Princess Trixey, y ahora con Captain, están dando este tipo de frutos.

Cuando completé la compra del potro, lo llevé a mi cuadra de adiestramiento en Chicago y allí comenzó su educación. Lo primero era conocernos bien y ganarme su afecto. Esto se logró dándole comida en abundancia, los mejores cuidados, hablándole con suavidad y bondad, acariciándolo y dándole de vez en cuando algún capricho, como zanahorias, manzanas y azúcar. Mis amigos y conocidos se reían a menudo de mí y decían que nunca lograría lo que buscaba, pero yo perseveré. Ellos sabían que estaba malgastando tiempo, dinero y energía para nada, pero “yo sabía” que lo que “ellos sabían” no era cierto.

Captain no tardó mucho en aprender que yo era bueno con él; que era su amigo verdadero y sensato, y que podía confiar en mí. Son tres cosas cuya importancia no puedo exagerar. Mucha gente intenta ser buena con los animales, pero no es sensata en su trato, y no se puede confiar en ella. Yo sabía que Captain confiaba en mí para los pequeños caprichos extra que tanto le gustaban. Nunca lo decepcioné. Nunca le mentí; es decir, nunca le prometí nada que no tuviera intención de cumplir, y así pronto aprendió que se podía confiar en mí.

Cuando lo dejaban solo se ponía muy inquieto. Como los niños, quería compañía de algún tipo, así que contraté a un mozo de cuadra llamado Chili, cuyo deber era permanecer con Captain día y noche. Nunca debía intentar enseñarle nada al caballo, pues eso crearía confusión, sino cuidarlo y ser su compañero en todo momento. Chili permaneció con él varios años y se encariñaron mucho el uno con el otro. Nunca debería haberme separado de él, pero cuando llegamos a San Francisco se volvió descuidado y tuve que despedirlo. Entonces tuve la fortuna de conseguir a un hombre igual de bueno en su mozo actual, Jasper. Jasper es un hombre de caballos nato. Ha montado, domado y poseído algunos caballos muy famosos, y ha estado en los hipódromos durante años, por lo que entiende a fondo la naturaleza equina, y él y Captain se llevan de maravilla.

Como ya he explicado, a Captain le gusta la compañía. Le molesta mucho que lo dejen solo. Cada noche, antes de dormirse, escucha los pasos de su mozo, y si no está allí manifiesta su desaprobación pateando, relinchando, etc., y generalmente sigue así hasta que Jasper vuelve y le habla. Entonces, contento y tranquilo, se duerme.

Una vez, cuando lo traían hacia el sur en tren, Jasper tuvo que dejarlo en la estación de mercancías de Los Ángeles —todavía en su vagón— para comprobar que sus billetes estuvieran correctamente validados, y estuvo ausente media hora o más. Cuando regresó, el pobre Captain estaba completamente empapado de sudor. Los ruidos insólitos de una estación de mercancías en una gran ciudad, encerrado en un vagón desde el que no podía ver nada, lo habían inquietado hasta el frenesí. En cuanto el mozo regresó, manifestó su satisfacción con relinchos y frotándole con el hocico, y en muy poco tiempo volvió a estar tranquilo.

Cada noche, antes de tumbarse y dormirse, se asoma para ver si Jasper está allí. Si no, espera su regreso y luego se estira con la cabeza hacia el lugar donde duerme Jasper.

Poco después de llegar a San Diego, una señora le regaló a Jasper una paloma. Llevaron el ave a la cuadra, y Captain se interesó mucho por ella. Cuando la paloma se posaba en el tabique, él estiraba el cuello y la acariciaba con el hocico de la forma más afectuosa. La paloma no solo no se molestaba, sino que parecía disfrutarlo de verdad, sin mostrar miedo ni deseo de escapar. Ahora son amigos casi inseparables, y Captain pasa horas con la cabeza apoyada en el tabique, acurrucado junto al ave. Antes de su llegada, Captain mostraba a menudo bastante nerviosismo cuando oía pasos desconocidos acercarse a su cuadra, o justo antes de una función, pero la presencia de la paloma ha cambiado esto. Su mera presencia es una influencia calmante, y cuando termina el espectáculo vuelve a la cuadra y saluda a su amiga alada con evidente placer y afecto.

Una de mis experiencias con Captain demostró su inteligencia superior a la de la mayoría de los caballos. Mi cuadra de adiestramiento tenía dos pisos, y una escalera ancha subía desde la planta baja al segundo piso. Cuando nació mi nieto, Captain le tomó un gran cariño. Le encantaba “besarlo” y acariciarlo con el hocico mientras estaba en la cuna, en el cochecito o incluso en brazos de su niñera. Cuando el niño creció, solíamos ponerlo sobre el lomo de Captain, y Captain iba y venía, tan orgulloso como un rey, aparentemente consciente de la confianza que depositábamos en él.

Un día, mientras yo trabajaba con Captain, el niño estaba en la cuadra y no paraba de subir y bajar las escaleras. Noté que la atención de Captain se fijaba más a menudo en el niño que en mí, y parecía muy interesado. Alguien me llamó y me ausenté unos minutos, y cuando volví no había rastro de Captain. Entonces oí un ruido peculiar procedente de arriba y, al levantar la vista, ¿qué vi sino a Captain siguiendo al niño escaleras arriba? Confieso sin reparos que me asusté, porque no veía cómo podría bajarlo. Pero subí, dominé mis temores y luego le hablé con calma a Captain y le dije que había subido las escaleras y que ahora tendría que bajarlas. Y lo hice bajar de espaldas, un escalón cada vez, con toda la facilidad y seguridad del mundo. Y, cosa extraña, desde entonces, siempre que quería subir arriba lo dejaba, y bajaba solo. Nunca más tuve que bajarlo de espaldas. Baja así por propia voluntad.

La gente me pregunta a menudo cómo adiestro a un animal. Personalmente, no usaría la palabra “adiestrar” al hablar de un caballo como Captain, no porque sea la palabra equivocada, sino porque transmite una idea equivocada. Yo diría “educar”, porque creo firmemente que los caballos, los perros, los elefantes y otros animales poseen la facultad de razonar, aunque, por supuesto, en un grado limitado. Y creo que con un trato paciente y bondadoso podemos “extraer” —educar— la inteligencia que poseen.

No tengo reglas fijas ni un sistema establecido con el que trabajar. Hay unos pocos principios que me guían. Ante todo, estudio la naturaleza y el carácter del animal. No hay dos animales iguales, como no hay dos niños iguales. Algunos animales son muy nerviosos, se excitan con facilidad, mientras que otros son plácidos y dóciles y nada parece perturbarlos. Pero, sea cual sea su carácter natural, nada puede hacerse sin ganarse por completo la confianza del animal. Esto lo consigo con un trato invariablemente bondadoso. Siempre hablo con suavidad, con dulzura, nunca con enfado ni impaciencia. Luego acaricio al animal en cada oportunidad, aunque a algunos hay que acercarse al principio con cautela. Acostumbra al animal lo antes posible al contacto de tus manos, y a saber que siempre llegan con suavidad y con efecto tranquilizador. Averigua qué les gusta especialmente comer y, de vez en cuando, dáselo como un manjar, un lujo, una recompensa por algo bien hecho. Como he explicado en otro lugar, a los caballos les gustan las zanahorias, las manzanas y el azúcar. Sin embargo, demasiado de cualquiera de estas cosas no es bueno, pues su alimento natural es la hierba, el heno, los cereales y similares. Aun así, nunca debe olvidarse que a un caballo, como a un hombre, se le llega más fácilmente por el estómago que por cualquier otro camino.

Aunque debes ser bondadoso, también debes ser firme. Mucha gente confunde la bondad con la blandura. A ningún animal se le debe permitir salirse con la suya cuando su voluntad entra en conflicto con la de su amo. (Sin embargo, aquí es necesaria una advertencia. Quien adiestra a un caballo o educa a un niño debe recordar sus inclinaciones y tendencias naturales. No debe intentarse “quebrar la voluntad”. Hay que adiestrarla, disciplinarla, ponerla bajo control. Por lo tanto, nunca enfrentes tu voluntad a la de tu animal a menos que sea en un asunto en el que sepas que tienes razón.) Por ejemplo, si un caballo quiere hacer travesuras y retozar cuando tú quieres que se ocupe del trabajo, hay dos maneras de actuar. Una es dejarlo tranquilo un rato y luego, con firmeza, hacer que atienda, aunque siga deseando continuar con su diversión. Otra es aplastar el espíritu de diversión y juego y no permitirle jugar en absoluto. Este último método es antinatural, irracional y cruel, y por tanto ningún hombre racional o bondadoso debería considerarlo ni por un momento. El primero es a la vez bondadoso y disciplinario. Al caballo se le permite seguir sus instintos naturales, pero también se le enseña a controlarlos a la palabra de su amo. Esto es adiestramiento y educación. Un tercer método es permitir que el caballo retoce a su antojo y luego conseguir que haga lo que deseas. Aquí no hay disciplina alguna. Este es el camino de la “blandura”, y lo siguen a menudo los padres y otras personas al tratar con sus hijos. Es casi tan malo como el método cruel de reprimir los instintos naturales, porque una voluntad o un apetito sin control pronto se convierte en amo del niño, del animal o del hombre, y nada es más desastroso que semejante esclavitud.

Por tanto, sé firme en el control. No es necesario azotar para castigar. Un caballo, igual que un niño, aprenderá a dominarse a través del apetito, o de la concesión de algo que le da placer. Cuando tengas problemas para lograr el control, o cuando el animal sea perezoso, retén el bocado especial, la carrera libre o cualquier cosa de ese tipo que el caballo disfrute. Pronto aprenderá a asociar la pérdida con su desobediencia. Del mismo modo, sé puntual y seguro al recompensar su buena conducta. Al tratar con un animal (o un niño) terco o rebelde, es bueno dejar que se le abra “un buen apetito”. No tarda mucho en aprender a asociar la obediencia con la comida, o la desobediencia con el hambre.

Luego es muy importante que nunca mientas a un animal. Sé estrictamente veraz. Cuando prometas algo —o impliques una promesa al crear un hábito—, no dejes de cumplir esa promesa. Si tu animal espera una manzana, una zanahoria, un terrón de azúcar o un rato de juego al terminar su hora de adiestramiento, no lo decepciones. Un caballo, un niño, odia instintivamente a un mentiroso. Pronto se pierde la confianza, y donde no hay confianza no puede haber placer en trabajar juntos, y en cuanto desaparece el placer, el trabajo se convierte en una carga, un esfuerzo, un castigo y una maldición, algo que se teme, se rehúye y se evita. Así que gánate la confianza de tu animal y luego asegúrate de conservarla.

Cuando se trate de la enseñanza propiamente dicha, sé siempre muy paciente, nunca te alteres, habla siempre con suavidad y mantén la voz en un tono bajo, y recuerda que todos los animales son curiosos, poseen en mayor o menor medida la facultad de imitar y tienen buena memoria. Recordar estas cosas es de gran importancia. Nunca las pierdas de vista. Habla a tu animal como hablarías a un niño. Tanto si piensas o crees que te entiende como si no, actúa y habla como si lo hiciera. Luego muéstrale lo que quieres que haga. Hazlo delante de él, una y otra vez. Así estimularás sus facultades imitativas y, al mismo tiempo, ejercitarás su memoria.

Ocasionalmente podrás darle una ayuda extra. Por ejemplo, quieres enseñar a tu caballo a sacudir la cabeza para expresar la idea de ¡No! Cuando digas ¡No!, hazle cosquillas en la oreja al caballo, y sacudirá la cabeza. Entonces tú también sacudes la cabeza y dices con énfasis: ¡No! Repítelo varias veces y verás que, cuando digas ¡No!, el caballo sacudirá la cabeza sin que tengas que hacerle cosquillas en la oreja. En cuanto responda a tu pregunta con una sacudida de cabeza, no dejes de acariciarlo y recompensarlo con un terrón de azúcar, hablándole al mismo tiempo con palabras de ánimo.

Luego repite el proceso, una y otra vez, hasta que quede bien fijado en su memoria.

Repasa cada día esto mismo; porque, si descuidas durante una o dos semanas lo que aprende hoy, es muy posible que lo olvide y tengas que empezar de nuevo. Repasa sin cesar, hasta que sepas que él lo sabe.

Para ayudarle a asentir con la cabeza cuando quieras que signifique ¡Sí!, cuando uses la palabra dale un golpecito bajo la barbilla. Esto le lleva a mover la cabeza arriba y abajo. Pronto asentirá con solo decir ¡Sí!, y más adelante responderá con un asentimiento cuando le hagas una pregunta a la que deba contestar afirmativamente.

Recuerda siempre, en todo lo que hagas, que estás tratando con un animal cuya capacidad cerebral es muy inferior a la de un niño corriente, y sé paciente, bondadoso y perseverante. Nunca te permitas creer que el animal carece de inteligencia. Cree que la tiene, confía en que la tiene, ten fe en Dios en que la tiene, y trabaja con esa creencia, esperanza y confianza, y lograrás maravillas. La fe, la esperanza y el amor son las fuerzas permanentes y motrices de la vida. Con ellas no hay límite a lo que puede hacerse, porque pertenecen al infinito.

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Traducido del inglés. Leer el original