Arte ecuestre

La historia de Captain, el caballo con cerebro humano – La historia de Captain contada por él mismo

· The Equinest

Captain de pie entre un grupo de personas
Escrita por George Wharton James, se supone que esta historia está, al menos, basada en hechos reales. Esta sección ofrece algunos antecedentes sobre el animal, desde la perspectiva del propio Captain. Presumiblemente también escrita por el señor James.

Nací el 8 de junio de 1905, en la granja del juez J. H. Cartwright, en Oregon, Illinois. Mi madre se llamaba Robey, y mi padre, Sidney. Cuando era un potrillo, el juez me llamaba Sid Bell. Solía venir al establo a examinarme y a enumerar a sus amigos lo que él llamaba mis “puntos”, y cuando yo estaba en el prado corriendo de acá para allá, dando coces al aire y disfrutando de lo lindo, se quedaba mirando, al parecer pensando con mucha intensidad. Un día el mozo me ató al costado de mi madre, y el juez la llevó por el camino, y parecía muy satisfecho con la forma en que yo trotaba a su lado. Día tras día lo hizo, durante mucho tiempo, haciéndome ir cada vez más rápido, hasta que le oí decir, a él y a otras personas, que yo iba a ser un caballo de ambladura muy rápido. Mis pulmones se expandieron con el ejercicio; mis músculos se volvieron fuertes y firmes; mis ojos eran brillantes y claros; tenía un apetito voraz y disfrutaba de cada bocado que comía, y cada día, cuando me soltaban en el prado, corría arriba y abajo tan orgulloso y feliz y lleno de vida y de ánimo exuberante como jamás haya estado un caballo joven en todo el ancho mundo.

Un día el juez me llevó a lo que llamaban una “pista”. Era un lugar ovalado y liso, no muy ancho, dispuesto únicamente para conducir caballos. Me engancharon detrás un carrito ligero, apenas lo bastante grande para que mi mozo se sentara en él, y entonces me hizo dar vueltas a aquella pista tan rápido como podía. Por supuesto, al principio me dejaba ir tranquilo, hasta que —como él decía— “calentaba”, y luego decía: “¡Venga, Sid Bell, a por ello!”, y hacía ese peculiar chasquido que hacen los hombres cuando quieren que un caballo se dé prisa, y yo avanzaba a la ambladura tan rápido como sabía.

El juez solía venir a ver los entrenamientos casi todos los días y darle sugerencias a mi mozo. Algunos días estaba muy orgulloso y presumía de mí, y otras veces no estaba tan satisfecho. Pero un día, cuando me sentía especialmente bien y había dado la vuelta a la pista a buen ritmo, le oí decir: “¡Este vale! Esta vez lo ha hecho en 2:16”, lo que después supe que significaba que había recorrido una milla a la ambladura en dos minutos y dieciséis segundos, y eso se consideraba bastante rápido para un potro de dos años.

Cuando tenía casi tres años el juez me vendió al señor W. A. Sigsbee, de Chicago. Mi madre me había contado, un día que el señor Sigsbee vino a la pista a verme, que era un gran adiestrador de animales, conocido en todo el país como el capitán Sigsbee. Oí al capitán decir: “Es una belleza. Tiene unos movimientos magníficos”, y cuando me llevaron hasta donde estaban él y el juez repitió estos y muchos otros comentarios, todos de tal naturaleza que hacían que un caballo joven como yo pensara muy bien de sí mismo, de modo que lo miré y le hice saber con los ojos que me gustaba que hablara así de mí. Entonces empezó a hablar de mi “mirada inteligente” y de pronto exclamó, con mucho énfasis: “Juez, tengo que quedarme con ese potro. Quiero adiestrarlo y convertirlo en el caballo más conocido del mundo”. Al principio, al juez no pareció gustarle mucho la idea. Dijo que me había entrenado para la pista y que no tenía intención de separarse de mí, pero el capitán Sigsbee insistió con tanta fuerza en que sería mucho mejor para mí mantenerme alejado de la pista, dejar que me adiestraran especialmente y luego enviarme por todo el país como caballo educado, que al final accedió a venderme.

A mi madre le dio mucha pena que me alejaran de ella, y a mí me dio pena irme, pero pareció encontrar un gran consuelo en el hecho de que ya no estaría en la pista; tendría una vida mucho menos dura que la de las carreras, y la educación que mi nuevo dueño quería darme también sería muy ventajosa para mí en otros sentidos.

Así que el capitán Sigsbee me llevó a Chicago. ¡Y madre mía, qué ciudad tan ruidosa y bulliciosa era! Qué diferente del campo tranquilo donde había nacido y donde había pasado mi vida hasta entonces. ¡Y los olores! Vaya, creo que allí olí más olores horribles en un solo día que en toda mi vida anterior. Lo mismo con los ruidos. La gente cree que a los caballos no les importan los olores ni los ruidos. ¿Que no? Yo estaba todo el tiempo sobresaltado y nervioso con los ruidos nuevos y espantosos que parecían abalanzarse sobre mí desde todas las direcciones. Tranvías rugiendo, pasando a toda velocidad y con la campana repicando; automóviles tocando la bocina justo en mis oídos; carros retumbando sobre los adoquines; hombres gritando; mujeres y muchachas hablando con voces agudas; bebés berreando; policías silbando en los cruces; vendedores de periódicos voceando sus diarios; mendigos dándole a sus lastimeros organillos; y otros mil ruidos, muchos de los cuales nunca había oído antes. Cuando cruzábamos una de las calles o avenidas, un ruido nuevo vino hacia mí a toda velocidad, tan rápido como va un automóvil, pero por encima de mi cabeza. Miré hacia arriba, pero no pude ver más que un entramado de vigas sobre mí, y el ruido era tan fuerte que se podía sentir. Se acercaba cada vez más, hasta que, con un estruendo y un rugido, pareció caer sobre mí, y me encabrité y forcejeé e incluso grité de terror. Luego, en un momento, el feroz ruido se fue, y poco a poco fue disminuyendo. Pero en otra calle tuve la misma experiencia. El capitán me habló con calma y para tranquilizarme, y me dijo que no tenía por qué asustarme, pues era “solo el ferrocarril elevado”, pero entonces yo no sabía lo que quería decir. Por supuesto, más tarde lo aprendí todo sobre él, y entonces ya no me asusté más.

En el establo de adiestramiento tenía un box grande y estupendo, con el suelo cubierto de heno limpio y de olor dulce, donde podía tumbarme y descansar siempre que me apetecía. Mi nuevo dueño era muy bueno conmigo. Venía a verme varias veces al día y traía a sus amigos y les contaba lo orgulloso que estaba de mí. Siempre me traía una manzana, una zanahoria, un terrón de azúcar o algo que me gustara, y pronto empecé a esperar su llegada. Aprendí a quererlo. Pero no me gustaba que me dejaran solo en aquel lugar extraño, y con tantos olores y ruidos desagradables a mi alrededor. Cuando se iba, intentaba suplicarle que no se fuera. Le “acercaba el morro” e incluso trataba de retenerlo, pero él solo me llamaba “granuja astuto” y se soltaba. Entonces yo relinchaba y piafaba y piafaba, de modo que estaba seguro de que, si tuviera algo de verdadero sentido de caballo, sabría sin duda lo que quería decir, y que se lo estaba diciendo tan claramente que hasta una mula o un burro entenderían que no quería que me dejara solo. Pero, pobre criatura, era solo un hombre y no tenía sentido de caballo, así que me quedaba solo. Cuando volvía, le mostraba con mi alegría y con la sinceridad de mi bienvenida lo contento que estaba de que hubiera venido.

Un día, mientras él estaba fuera, unos hombres groseros y escandalosos se enzarzaron en una pelea fuera del establo, y se pegaron, y maldijeron, e hicieron un ruido espantoso. Uno de ellos disparó una escopeta o un revólver contra el otro, y el alboroto fue terrible. Yo estaba tremendamente alarmado, y cuando el capitán llegó, un poco después, estaba cubierto de espuma por todo el cuerpo por el sudor que me había brotado de tanto miedo que tenía.

“¡Vaya, vaya!”, exclamó en cuanto me vio, “esto no puede ser. El pobrecillo está muerto de miedo. No volveré a dejarlo solo nunca más”.

Qué contento me puse al oír aquello. Lo besé, igual que había aprendido a besar a mi madre, y traté de mostrarle mi gratitud. Cumplió su palabra, y esa misma noche me trajo un mozo, al que llamaba Chili. Le dijo a Chili que nunca debía dejarme, ni de día ni de noche. Sería mi compañero y mi cuidador. No debía intentar enseñarme nada por el estilo, sino simplemente ocuparse de que tuviera heno y agua en abundancia y mi avena con regularidad, y cama de sobra para dormir, de que me mantuvieran perfectamente limpio, mi cuadra también limpia y fresca, y de estar conmigo todo el tiempo. Eso fue un gran consuelo para mí. Pocas personas pueden saber cuánto, porque de verdad creo, ahora que soy mayor, que los caballos somos mucho más miedosos y tímidos incluso que las mujeres, y los potros más que los bebés. Somos un hatajo de asustadizos. Es una pena, ¡pero es así!

Para entonces el capitán Sigsbee ya había decidido que yo iba a servir perfectamente a su propósito, así que me puso su propio nombre, para que todo el mundo supiera que era su caballo. Era conocido en todo el país como el capitán Sigsbee, y si yo llevaba su nombre, cientos de miles de personas sabrían, en cuanto lo oyeran, quién me había adiestrado.

Pero nunca me llamaba “Captain” cuando me visitaba en la cuadra; ni permitía jamás que Chili me llamara “Captain”. Yo era siempre “¡Boy!”, salvo cuando me estaba enseñando. Verás, había una razón para eso. Cuando decía “Captain”, pronto aprendí que estábamos en la escuela y que debía atender estrictamente al asunto; en otros momentos hacía lo que me apetecía, pero cuando empezábamos a “trabajar” descubrí que tenía que tomármelo todo en serio, hacer exactamente lo que me decían y ceñirme a mis lecciones, esforzándome por aprender lo que me enseñaban. Si no, no conseguía las zanahorias, manzanas, azúcar o caramelos que esperaba.

Chili solía dormir en el box contiguo al mío, y a mí generalmente me dejaban suelto, y como no había puertas ni barras, podía ir a ver si estaba allí en cualquier momento, si me sentía nervioso o asustado. Una mañana no se levantó a darme de comer a la hora de siempre —las 6 de la mañana— y esperé hasta que tuve bastante hambre. Entonces decidí ir a ver qué pasaba. Seguía profundamente dormido, así que incliné la cabeza sobre él y le froté la cara con el morro. Eso lo despertó al instante, y se levantó de un salto y me dio de comer. Se rio y me dio palmaditas y me llamó pillo, y dijo que era un caballo listo, así que la siguiente vez que no se levantó a darme de comer no esperé, sino que fui derecho a su catre y lo hice otra vez. Lo hice varias veces, y siempre conseguía mi comida enseguida, pero una mañana, después de despertar a Chili, debió de volver a quedarse dormido. Como no venía con mi avena, fui a ver qué pasaba y allí estaba, otra vez profundamente dormido, con las mantas subidas hasta la cabeza. Me sentí un poco enfadado con él por descuidarme de ese modo, así que agarré la ropa de cama, le di un tirón y la arrastré casi hasta los pies del catre.

¡Madre mía, cómo saltó! Salió de aquel catre en un abrir y cerrar de ojos, pero se rio y dijo que conmigo no había manera, que tendría que rendirse. En aquel momento no entendí muy bien lo que quería decir, pero había aprendido una buena lección, porque desde entonces no pierdo tiempo en despertar a mi mozo, y si no me trae la comida a su hora, voy y le quito la ropa de cama, y consigo mi avena sin más demora, aunque a veces, después de darme el desayuno, vuelve a la cama y se echa otra cabezada. Chili y yo pronto nos hicimos buenos amigos, pero eso no me quitó el cariño por mi amo. Siempre me alegraba de verlo. Solía venir a hablarme —en lenguaje de hombres, claro—, pero pronto aprendí a entender gran parte de lo que decía, y siempre prestaba atención —bueno, quizá, para ser del todo sincero, debería decir casi siempre—, porque nunca dejaba, cuando lo hacía, de darme algún bocado que me gustaba mucho. De todos ellos el que más me gustaba era el azúcar, pero dice que demasiado azúcar no es bueno para mí, así que nunca consigo tanto como me gustaría.

Durante todo este tiempo me estaban educando. Me enseñaron a contar con las patas, a escoger números y colores y a distinguir entre hombres, mujeres, niños y niñas. Aprendí a sumar números, a decir Sí y No, a besar a mi amo, a sentarme en una silla, incluso en su regazo, sin hacerle daño, a dar el cambio en una caja registradora, a tocar melodías en los carillones y muchas otras cosas.

Mi amo siempre fue bueno y amable conmigo mientras me enseñaba. Nunca se impacientaba, se detenía de vez en cuando para dejarme descansar y siempre me daba algo rico de comer cuando lo hacía bien. Así que yo solía mirar por la ventana de mi cuadra y ver a otros caballos arrastrando cargas pesadas, a veces conducidos a toda prisa por repartidores, con el calor, hasta que chorreaban sudor, o en invierno, en la nieve o donde las calles estaban tan resbaladizas que se caían. A menudo oía a sus conductores gritarles con rudeza y usar un lenguaje soez, y los he visto azotar cruelmente a sus pobres animales, y entonces supe cuánto mejor estaba yo que ellos, y eso me hizo sentir muy agradecido a mi buen amo.

Siempre me hablaba con cariño mientras me adiestraba; me decía que si era bueno y aprendía mis lecciones, la gente vendría a verme, y me querrían, y él y mi ama y Chili estarían muy orgullosos de mí. Me hablaba de algunos de los niños y niñas que iban a la escuela pero se negaban a aprender sus lecciones, y de la miseria y la desdicha que a menudo les sobrevenían como resultado. Así que cada vez tenía más ganas de aprender, porque, aunque solo era un caballo, quería que la gente me quisiera y pensara bien de mí, y dijera cosas bonitas de mí.

Durante cinco años enteros mi amo me tuvo en la escuela. Cada día venía a mi cuadra, o me sacaba al patio, para darme mis lecciones. Supongo que aprendía despacio, y hizo falta muchísima paciencia para que recordara, porque solo era un caballo, no un niño o una niña con inteligencia humana. Tuvimos que repasar las mismas lecciones decenas, cientos de veces, hasta que me las supe de memoria. Pero mi amo fue amable todo el tiempo, rara vez me habló con enfado y nunca me azotó, aunque llevaba en la mano una varita con la que me daba un suave recordatorio, de vez en cuando, cuando me daba por estar un poco más juguetón de lo habitual.

Un día vino y me dijo: “Bueno, Captain, tú y yo vamos a viajar y a ver mundo. ¿Sabes para qué te he estado educando? Voy a dejar que la gente de todo este país te vea, y vea lo que sabes hacer, para que ya no puedan decir con verdad que un caballo no tiene inteligencia. Chili vendrá con nosotros. Cuando vayamos en tren se quedará en tu compartimento y viajará contigo, y cuando paremos en algún sitio para ‘actuar’ pasará las noches contigo como ha hecho siempre”.

¡Imagínate qué noticia para un caballo! ¡Cómo levanté las orejas! ¡Cómo esperaba que llegara el día de partir!

Por fin llegó el gran día. Vino bastante gente a vernos partir. Chili me llevó de mi cuadra a lo que él llamaba un vagón de carga en la estación de ferrocarril. Tenía los extremos y los laterales acolchados para que, cuando el tren diera sacudidas al cambiar de vía los vagones, o al arrancar o parar el tren, no pudiera hacerme daño. Confieso sin reparos que al principio no me gustó la idea de entrar en el vagón, y tanto mi amo como Chili tuvieron que convencerme antes de que entrara.

Cuando el tren arrancó no me gustó nada, y durante unos días estuve inquieto cada vez que íbamos en tren, pero Chili siempre estaba allí y no paraba de decirme que no había nada que temer, así que, como había aprendido a confiar en él, pronto dejé de preocuparme, y no he vuelto a preocuparme desde entonces. Algunas personas me dicen que en ese aspecto aprendí a ser más sabio que muchísimos humanos, que deberían saber que preocuparse no sirve de nada y aun así siguen haciéndolo. Cuánto compadezco a esa gente por no tener un poquito de simple sentido de caballo.

Poco a poco aprendí, mientras viajábamos, a mirar por la ventana y ver lo que había fuera. Cuántas cosas maravillosas vi. Por supuesto, íbamos parando, a veces una semana, otras solo un día o dos, y dábamos exhibiciones todo el tiempo, y la gente venía en gran número a verme. Todos se preguntaban cómo mi buen amo había conseguido adiestrarme y educarme tan bien. Luego a veces se acercaban y me acariciaban, y las muchachas y las mujeres, e incluso los muchachos y los hombres, me besaban en el morro y me decían cosas tan bonitas y halagadoras. Lo disfrutaba muchísimo, porque me gusta gustar a la gente. Y, por supuesto, mi amo nunca olvidaba darme una zanahoria, o una manzana, o una galleta, cuando lo hacía bien, así que decía que cada día estaba “más gordo y más descarado”.

Mi primera aparición y actuación en público fue en el vestíbulo del Sherman House, en Chicago, en agosto de 1913, en la Convención de Ingenieros. De allí fui al Great Northern Hippodrome, donde estuve una semana entera. Luego partimos e hicimos el circuito completo de los Miles Theaters, saliendo de Chicago y yendo a Nueva York por un camino, y volviendo a Chicago por otro. Lo disfruté mucho e hice montones de amigos en aquel primer viaje.

Cuando volvimos a Chicago era finales del otoño de 1914, y mi amo me dijo que no íbamos a trabajar más en público durante varios meses, porque quería prepararme para la Exposición Internacional Panamá-Pacífico de San Francisco, que iba a abrir el 20 de febrero de 1915. Ese nombre tan largo me puso nervioso al principio: me preguntaba qué significaría. Pero escuchando a mi amo y a Chili hablar pronto aprendí que era un “espectáculo” grande y maravilloso, en honor de la terminación del canal de Panamá, que unía los océanos Atlántico y Pacífico, y que la llamaban “Internacional” porque todas las naciones de la tierra estaban invitadas a participar en ella.

Más tarde supe que iba a haber edificios magníficos, más grandes que cualquiera que hubiera visto, incluso en Chicago y Nueva York: palacios de la Música, y de la Educación, y de las Bellas Artes, y de la Minería, y de las Industrias Nacionales, y de las Industrias Extranjeras, de las Artes Liberales, y de la Electricidad, y de la Ingeniería, y de los Productos Alimenticios, y que, además, todos los países participantes tendrían sus propios edificios. Luego iba a haber patios magníficos y fuentes y arcos y columnas y cúpulas y estatuas y bajorrelieves y estanques y jardines de flores y árboles, y por la noche reflectores y fuegos artificiales, y efectos de vapor e iluminaciones más hermosas que nada parecido que los hombres hubieran visto jamás. Así que, aunque solo era un caballo, estaba ansioso por ir a verlo todo.

Luego Chili me contó que iba a haber una calle entera y larguísima dedicada a los placeres y las diversiones, a la que iban a llamar la ZONA, y que nosotros actuaríamos allí. Iba a haber una exhibición maravillosa que mostraba el aspecto y el funcionamiento del canal de Panamá, aldeas de gentes extrañas de todo el mundo, espectáculos de vaqueros, campamentos mineros, una representación de los siete días de la Creación, y la batalla de Gettysburg, el viaje del capitán Scott al Polo Sur, el combate de los acorazados y los submarinos, una incubadora para bebés —bebés humanos, fíjate, los humanos más diminutos que hayas visto nunca—, el Gran Cañón, el pueblo de los indios pueblo, el parque nacional de Yellowstone, las calles de El Cairo, el País de los Juguetes, la ciudad japonesa, y muchas otras que ahora no recuerdo. Nuestro espectáculo iba a estar justo en la Zona, y seríamos una de esas muchas atracciones maravillosas y asombrosas. Cuanto más oía hablar de estas cosas, más ganas tenía de ir, y sin embargo me preguntaba bastante si resultaría tan atractivo para el público entre tantas otras cosas interesantes como lo había sido donde no había tantas. Pero mi amo y Chili parecían satisfechos, así que me aferré a mi lema y “dejé de preocuparme”.

Día tras día ensayamos mi actuación y repasamos mis lecciones, hasta que mi amo dijo que estaba “perfecto de verdad”. Eso me hizo sentir bien. Luego un día oí al amo decirle a Chili que fuera a comprobar que se cumplían sus órdenes sobre el vagón, y entonces supe que ya estaba encargado el vagón que iba a llevarme a San Francisco, y que los operarios estaban trabajando afanosamente en él, acolchándolo y haciéndolo cómodo tanto para mí como para Chili. Cuando todo estuvo listo y se cargó en el vagón heno y grano en abundancia, Chili me subió a bordo, y esa noche partimos. Por las llanuras de Illinois e Iowa, hacia Nebraska y Wyoming, por Utah y Nevada viajamos. Cuánto paisaje distinto de todo lo que había visto hasta entonces. Cuando llegamos a las montañas me parecieron maravillosas, y cómo disfruté del viaje mientras bajábamos a toda velocidad de Summit a Cheyenne. En Reno empezamos la subida por Sierra Nevada y Chili dijo que estábamos en California. Había oído que era una tierra de sol y flores y pájaros y fruta, pero estábamos en una región de rocas y montañas, precipicios y cañones, nieve y hielo, y aunque había muchos árboles hermosos no pude ver ni una sola flor. Cuando Chili traía, de uno de los arroyos, varias veces al día, un cubo de agua para que bebiera, estaba más fría que cualquier agua de pozo que me hubieran dado en la vida. ¡Madre mía, cómo me hacía doler los dientes! Pero era tan dulce y sabía tan bien, como si los vientos de Dios hubieran soplado sobre ella durante meses, trayendo frescura y dulzura y llenándola de su delicia.

En cuanto llegamos a la cumbre empezamos a bajar, bajar y bajar a niveles más bajos, y mucho antes de dejar la nieve ya podía oler el dulce fleo, el trébol y la alfalfa que crecían, e incluso las flores de los árboles frutales, y cuando llegamos a Auburn y Newcastle y a muchos otros pueblos de por allí, estábamos en la verdadera California que siempre había imaginado. Alondras y zorzales, pardillos y sinsontes, gorriones cantores y currucas había a millares, cantando canciones como nunca había oído, ¡y flores! Había flores de mil clases, todas nuevas para mí, abriéndose paso entre la hierba verde; y en cuanto a los árboles frutales, aunque era principios de febrero, había miles ya en flor, tan dulces y fragantes y hermosos como un jardín del Edén.

Era el catorce de febrero de 1915 cuando llegamos a San Francisco. Allí Chili me llevó a una cómoda cuadra de alquiler, donde permanecí hasta el 17 de marzo. Esto se debió a que el teatro que mi amo estaba haciendo construir para nuestras actuaciones no se terminó hasta entonces. En la parte trasera había un buen establo y una cuadra para mi uso, donde Chili también podía dormir.

Aunque empezamos con un mes de retraso, pronto recuperamos el tiempo perdido. La gente venía a cientos y luego a miles. Me acariciaban y se reían con mis trucos, sobre todo cuando me sentía bien y salía corriendo al estrado, dando coces al aire y pasándomelo en grande. Las mujeres me llamaban “cielo” y “encanto”, y los hombres decían que era “extraordinario”, “una maravilla” y “un prodigio”, y los muchachos decían que era “un fenómeno” y “un crack”. En cualquier caso, los que me veían señalar a las señoras guapas y a los hombres apuestos, clasificar colores, sumar, restar, multiplicar, dar el cambio en la caja registradora, bombear, hacer el sacacorchos, el caballito de madera, sentarme en el regazo de mi amo, tocar los carillones y hacer mis diversas exhibiciones de pensamiento, memoria y razón, se iban y difundían mi fama. Mi amo, por supuesto, estaba muy contento, porque cada día la recaudación era mayor. Pero, como venía más gente, tenía que dar funciones más a menudo, y pronto empecé a pensar que me hacían trabajar demasiado. Mi amo no lo creía así, pero no se daba cuenta de lo cansado que acababa. Intenté decírselo lo mejor que sabía, pero no parecía prestar atención, y empezaba a sentir que quería más al dinero que a mí. Pero durante todo este tiempo me estaba observando muy de cerca, y un día, cuando estaba muy cansado, no me dejó dar tantas funciones. Luego, además, había otra cosa que me preocupaba. Aunque quería mucho a Chili, porque siempre era bueno conmigo, en San Francisco, no sé por qué, no era tan cuidadoso y atento con mis necesidades como lo había sido hasta entonces. Empecé a observarlo y descubrí que llegaba tarde muy a menudo, y pronto vi que se estaba juntando con malas compañías. En cuanto mi amo se enteró, lo despidió y me consiguió un nuevo mozo. Es un “caballero de color”, un auténtico caballero negro, del Sur, que entiende a fondo de caballos finos, y se llama Jasper, y pronto nos encariñamos mucho el uno con el otro.

Más o menos por entonces, una mujer menuda y hermosa se acercó derecha a mi cuadra y dijo, mientras me daba un poco de azúcar: “Qué criatura tan hermosa. He estado viendo tu actuación. Eres maravilloso. Me temo que te hacen trabajar demasiado. Deberías tener a alguien que te ayudara. Voy a pedirle al capitán Sigsbee que me deje venir a relevarte”.

Levanté las orejas al oír esto y observé y escuché con mucha atención cuando fue a ver a mi amo. Entonces supe que se llamaba Madame Ellis, y dijo que era lectora de mentes y telépata. Explicó que había visto con el mayor interés la parte de mi espectáculo con los ojos vendados, y que estaba convencida de que yo entendía cada palabra que se me decía. Luego vinieron las palabras que casi me hicieron bailar de alegría, porque dijo: “Capitán Sigsbee, yo hago un espectáculo con los ojos vendados que iría de maravilla con la exhibición de su Captain y, al mismo tiempo, le daría muchas oportunidades de descansar y tomarse un buen respiro entre funciones”.

Mi buen amo pareció tan complacido como yo, porque enseguida hizo el arreglo con el señor Ellis, y al día siguiente mismo Madame Ellis apareció en mi estrado. Nadie sabrá nunca cuánto me interesó aquella primera actuación suya. Observé cada uno de sus movimientos, porque cuando quisieron que me fuera a mi cuadra a descansar mientras ella actuaba, les mostré claramente que no quería ni tenía intención de irme. Me quedé de pie y vi toda la actuación, y solo puedo decir que si Madame Ellis está tan contenta con lo que yo hago como yo lo estoy con lo que hace ella, entonces es una mujer muy contenta.

Nos hicimos los mejores y más queridos amigos, y así hemos seguido desde entonces, porque cuando un caballo da su amistad no es como algunos seres humanos que he visto, volubles e infieles, sino constante y fiel. Nunca hemos tenido el menor asomo de pelea, y no hay la más mínima envidia entre nosotros. Ella está tan orgullosa de mis triunfos y mi éxito como yo de los suyos. Y me dicen que, en lo que a ganar dinero se refiere, Madame Ellis y yo ganamos más que cualquier otro espectáculo de la Zona, sin exceptuar siquiera el maravilloso canal de Panamá y el cuadro de Stella.

Hubo muchísima gente muy notable que vino a vernos mientras estuvimos en San Francisco. El señor C. C. Moore, presidente de la Exposición, y la señora Moore, junto con el alcalde y la señora Rolfe, y miles de otras personas de todo el mundo, además de las que vivían en San Francisco, se hicieron buenos amigos míos. Después de que me fuera, el presidente Moore escribió la siguiente carta a mi amo, que me enorgullece que la gente lea:

EXPOSICIÓN INTERNACIONAL PANAMÁ-PACÍFICO, 1915

San Francisco, California

Oficina del Presidente

6 de octubre de 1916.

Capitán W. A. Sigsbee.

Estimado señor: Es un placer para mí comunicarle cuánto disfruté de la actuación de su caballo “Captain” en la Exposición Internacional Panamá-Pacífico, que vi en varias ocasiones. La actuación de este animal tan inteligente fue una gran atracción para los visitantes de la Exposición.

Muy atentamente,

Chas. C. Moore, Presidente.

Cuando la Exposición se clausuró en San Francisco, mi amo y Jasper me llevaron a Venice, en el sur de California, donde estuvimos hasta el 18 de marzo de 1916, cuando nos trasladamos a la Exposición Internacional Panamá-California de San Diego. Por supuesto, aquí no había ni de lejos la cantidad de gente que había en San Francisco, pero hicimos muchos buenos amigos y tuvimos algunos públicos numerosos. Entre los que más aprecio están el presidente G. Aubrey Davidson y su esposa y sus hijos; el señor H. J. Penfold, el secretario, y todos los directivos. Todos solían venir a acariciarme siempre que surgía la ocasión, y muchos de los hombres y mujeres más destacados de la ciudad parecían encantados de llamarse amigos míos. Pero confieso sin reparos que tengo unos cuantos amigos muy especiales, y una de ellos es la gran cantante Ellen Beach Yaw. Mientras cantaba en la Exposición de San Francisco solía venir a verme a menudo, y se encariñó mucho conmigo, como yo con ella, y tanto allí como en San Diego me cantaba. Algunas personas creen que no entiendo la música, a pesar de que toco con precisión distintas melodías en los carillones, pero mi amo y Jasper saben que cuando estoy nervioso y cansado o, por el contrario, juguetón y retozón, siempre me alegra quedarme quieto, en perfecta calma y sosiego, cuando mi querida señorita Yaw viene a cantarme. En cuanto levanta la mano y me mira sé que va a derramar una dulce canción que me deleitará, así que escucho con toda mi atención. Y nunca tiene que esperar mi agradecimiento. Me acerco derecho a ella y le beso mi gratitud por su canción en cuanto termina de cantar.

Otra cosa que disfruto enormemente. Tanto como me gusta la música, me gusta salir y quedarme al sol. Creo que alguno de mis lejanos antepasados debió de vivir en un país desértico donde el sol brillaba todo el tiempo, y amarlo, porque nunca soy tan feliz como cuando Jasper me deja salir y quedarme donde los rayos del sol caen directamente sobre mi lomo. Sienta tan bien, y me calma tanto, que me gusta disfrutarlo y quedarme dormido disfrutándolo. Y si me dejaran, saldría a revolcarme al sol, y luego me tumbaría, como hace un gato ante el fuego, deleitándome con el calor y durmiéndome bajo su influencia.

A veces la gente se pregunta cómo doy a conocer mis deseos, ya que no puedo hablar. Con mi amo y con Jasper rara vez tengo problemas, porque piafando o relinchando capto su atención, y luego hay muchas cosas que necesito por las que enseguida me preguntan. Si creen que quiero agua, preguntan: “¿Agua?”. Si la quiero, asiento; si no, sacudo la cabeza. Y lo mismo con salir, desatarme, darme más aire —porque me gusta el aire fresco en abundancia— o cualquier otra cosa que pueda desear.

Hay algunas personas que creen que no me gusta dar funciones. La verdad es que no sé por qué, salvo que de vez en cuando me canso un poco, y a veces mi amo quiere que esté tranquilo y me porte bien cuando me siento retozón y juguetón y tengo ganas de dar coces al aire. Siempre me siento mejor cuanto más ocupado estoy, y recuerdo un día en San Francisco, cuando dimos diecinueve funciones, que estaba tan lleno de diversión y de ánimo cuando terminamos que Jasper tuvo que ponerse bastante serio conmigo antes de que me calmara.

Otra cosa que me divierte. La gente me pregunta a menudo si alguna vez como algo aparte de avena y heno, y cosas por el estilo. Me divierte porque me gusta todo, igual que a la mayoría de los niños y niñas sanos. Como pan con mantequilla —y me gusta con mermelada o azúcar o miel—, y huevos duros, y frutos secos, y toda clase de fruta, cruda, cocida o en conserva. Los caramelos me chiflan, y las verduras son un cambio bienvenido. Puedo comerlas crudas o cocidas, calientes o frías, y no me opongo a que pongan lechuga en los sándwiches.

¿Sándwiches? Claro que los como: de jamón, de ternera, de pollo o de lengua, con mostaza o sin ella. Y nada me gusta más, a veces, que un hueso de jamón para roer. A veces Prince —el perro de Jasper— trae uno y lo comparte conmigo, y lo disfruto enormemente.

Pero uno de mis manjares especiales es el pastel. Mi querida ama, la señora Sigsbee, lo descubrió hace mucho, y siempre que quiere hacerme sentir especialmente bien me hace un pastel. ¡Madre mía! Es una magnífica repostera. Un día había hecho un pastel grande para una fiesta. Creo que era el cumpleaños del amo, y habían invitado a muchos amigos. Ese día el amo me soltó de la cuadra y me mandó a la casa a ver al ama. A veces lo hace, y confía en que vaya directamente allí. Así lo hice esta vez, y cuando entré en el patio fui derecho a la ventana de la cocina, que estaba abierta y por la que salía un olor delicioso. Allí mismo, sobre la mesa, estaba el pastel. Era eso lo que olía tan bien. Acerqué el morro y se me hizo la boca agua. No había nadie allí para decirme que no lo hiciera, así que le di un mordisco justo en el centro, tomé un buen bocado, y —¿cómo dicen los muchachos?— “fue al sitio justo”. El problema fue que aquel primer bocado me abrió el apetito para más, y ya había hecho un agujero bastante grande en aquel pastel cuando el ama entró y descubrió lo que había hecho. Me echó, pero empezó a reírse con tantas ganas que cuando el amo llegó corriendo, en respuesta a su llamada, apenas podía hablar. Solo podía señalar el pastel y a mí. Allí estaba yo, con migas de pastel y mermelada o jalea por todo el morro y en los bigotes, y el ama por fin consiguió balbucear, entre risas: “Captain está celebrando tu cumpleaños. ¡A él también le gusta el pastel!”.

Al principio el amo se inclinaba a enfadarse, pero el ama se lo quitó a fuerza de risas, y dijo que por qué no iba a gustarme a mí el pastel de cumpleaños tanto como a él. Haría otro, y aunque no pudiera, compraría uno. Luego guardó el resto del pastel, y cada día, durante otra semana, tuve la oportunidad de volver a celebrar el cumpleaños del amo.

¿Alguna vez me pongo de mal genio?

Creo que puedo responder con sinceridad que no muestro mal genio muy a menudo. Debo confesar, sin embargo, que de vez en cuando no tengo tan buen carácter como suelo tener. A veces me siento un poco indispuesto, y entonces me porto mal como lo hace un niño o una niña travieso. Quiero que mi amo acelere mi actuación y me deje irme, y hago chapuzas y tropiezo y hago justo lo que no debería hacer. Cuando me siento así y tengo que escoger los colores, agarro la tela con rabia, y a veces tomo deliberadamente la equivocada, o cierro de golpe el cajón de la caja registradora, y cuando toca tocar los carillones es demasiado gracioso cómo me descubro actuando. Cuando llego a las últimas notas las golpeo una tras otra tan rápido como puedo, y luego corro por el escenario para mostrarle al amo que estoy impaciente por irme. Supongo que a los niños y a las niñas les pasa lo mismo en la escuela a veces. En cualquier caso, eso es lo que dicen el amo y algunas de las personas que vienen a verme, y me lo creo perfectamente, porque no hay tanta diferencia entre mis acciones y las de los niños y las niñas, si la gente supiera entenderlas bien.

Un día Jasper trajo una paloma a la cuadra. Le oí decir que se la había dado una señora. Pronto nos hicimos los mejores amigos. La paloma me arrullaba y se posaba en mi comedero, y yo le acercaba el morro y relinchaba. Vuela a mi alrededor y se posa en mi cabeza y se pasea arriba y abajo por mi cuello y mi lomo, y me encanta. A menudo nos dormimos juntos, yo con la cabeza bien pegada a la paloma, ella acurrucada contra mi suave morro. Me siento mucho mejor ahora que tengo una compañera tan agradable. No estoy tan nervioso cuando oigo pasos extraños, o justo antes de que vayamos a dar una función.

A veces estoy tan lleno de ganas de jugar y de retozar que mi amo me deja jugar un rato. Entonces disfruto corriendo por el escenario, dando coces al aire, enseñándole los dientes a la gente y fingiendo que soy muy feroz, dando una nota en los carillones y cruzando a toda prisa hasta la caja registradora, abriendo el cajón y haciendo sonar la campanilla, y luego recogiendo una tela de color con los dientes y sacudiéndola como si estuviera enfadado. Pero en cuanto me he hartado de esto me calmo, y seguimos adelante con la “función” con toda la formalidad del mundo. Verás, mi amo me entiende, y no siente todo el tiempo que tiene que sujetarme para hacerme “portarme bien”, como dice la gente. Me gustaría saber por qué no iba a tener yo el ánimo alto y ser feliz y alegre, si algún caballo en la tierra debería tenerlo. Me cuidan bien día y noche; tengo todo lo que quiero comer de lo mejor que el dinero puede comprar; me alojan en la cuadra más cómoda que se puede alquilar, con cama buena y limpia en abundancia, y una manta para mantenerme caliente por la noche; tengo a mis compañeros, la paloma y Prince, el fox terrier, y Jasper está siempre a mano, así que ¿por qué no iba a estar lleno de ganas de jugar? Eso viene de ser feliz y estar sano, y cualquiera con sentido común puede ver que soy ambas cosas, porque mis ojos son claros, mi aliento es fresco, mi piel está limpia y estoy lleno de vida y de ánimo.

Mi amo es bueno conmigo y lo quiero muchísimo, pero confieso sin reparos que siento un cariño especial por la niña de Madame Ellis. Tiene unos diez años, y somos amigos de verdad. Se llama Margaret. Viene casi todos los días a verme, y me acaricia, y yo la acaricio. Me trae azúcar y manzanas, y luego, cuando me los he comido, se sienta en mi lomo, y al cabo de un rato jugamos al circo. Se quita los zapatos —para no hacerme daño— y se pone de pie sobre mí, camina desde mis hombros hasta mi cola, de pie, mirando hacia delante o hacia atrás, y yo camino con cuidado para no hacerla caer. Y cuando terminamos me abraza y me besa, y me encanta y le devuelvo el beso, y la abrazaría si supiera cómo hacerlo.

Y ahora ya he contado mi historia. Ahora que la Exposición de San Diego ha terminado, mi amo, supongo, me llevará por todo el país, para que más gente pueda verme e interesarse por mi educación. Él cree que las funciones que doy interesarán a los niños y a quienes tienen que manejar caballos, y así los llevarán a tratar a todos los caballos con más respeto y bondad. Cuando los seres humanos sientan que los caballos tienen inteligencia —por pequeña en cantidad o buena en calidad que sea—, actuarán de otra manera con ellos. Los llevará a ser más tolerantes, pacientes y amables.

Esperamos trabajar con todas las asociaciones humanitarias y sociedades protectoras de animales, porque mi amo sabe, como yo también sé bien, que cuando los niños y los carreteros me ven y observan lo que sé hacer, sus corazones se vuelven más tiernos hacia todos los animales, y así se acerca el día en que la bondad y el amor reinen supremos sobre la tierra.

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Traducido del inglés. Leer el original