Arte ecuestre
La historia de Captain, el caballo con cerebro humano – Acción de Gracias

Escrita por George Wharton James, se supone que esta historia está, al menos, basada en hechos reales. Esta última parte es el agradecimiento de Captain a las personas que lo quisieron.
La oración de agradecimiento de Captain
La oración adopta dos formas: la de petición, para que se concedan bendiciones a quien la pronuncia, y la de agradecimiento por las bendiciones ya concedidas. Hace varios años se publicó en los periódicos una “Oración del caballo”. Era una oración de petición. Pero —suponiendo que el caballo posea la inteligencia y la capacidad de formular una oración— Captain nunca ha tenido que pedir la mayoría de las cosas que aparecen en esa oración. Su bondadoso amo se las ha concedido libremente, así que la oración de Captain es de agradecimiento. Aun así, cualquier dueño de un caballo puede convertir esta oración en una de petición aplicándola a su propio caballo y comprobando si trata a su animal como se trata a Captain:
“Mi querido amo, te doy gracias por toda tu bondad conmigo todos los días de mi vida. Me has dado comida buena, limpia y nutritiva, agua en abundancia, un refugio perfecto, cama limpia y seca, y un box lo bastante ancho para tumbarme con comodidad. Cada día me han cepillado y limpiado el pelo y la piel, me han lavado los ollares y me han mantenido la crin y la cola libres de abrojos, nudos y suciedad.
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Tú siempre has sido amable conmigo, y también lo han sido los hombres que has empleado para atenderme. Me has hablado con dulzura y no me has gritado. Me has calmado muchas veces con el tono amable y tranquilizador de tu voz. Cuando he estado nervioso y asustado, en lugar de gritarme o azotarme, tus palabras suaves me han tranquilizado y animado. Me has acariciado y mimado, y me has hecho sentir la alegría de servirte porque te quiero. Aunque has sido firme conmigo y me has hecho cumplir con mi trabajo, nunca me has exigido más de lo que podía dar. Nunca has dado tirones de las riendas lastimándome la boca, ni me has azotado con crueldad como he visto hacer a algunos cocheros cuando sus caballos subían cargas pesadas por una cuesta. Siempre has procurado explicarme lo que querías que hiciera, y no me has azotado, pateado, golpeado ni maldecido cuando no entendía. Has sido amable al enseñarme, paciente con mi ignorancia y mis errores, y comprensivo cuando he tardado en aprender. Cuando no te he obedecido al instante, has revisado mis arreos, mi brida o mis cascos para comprobar que nada estuviera mal.
Nunca me has sujetado la cabeza con el engallador tan corto que mi cuello quedara rígido y sin poder moverse con libertad, y nunca me has castigado con anteojeras que me rozaran las pestañas, que estuvieran demasiado cerca de mis ojos y que me impidieran mirar hacia atrás, como el gran Creador quiso que pudiera hacer.
Nunca me has sobrecargado ni me has hecho trabajar en exceso; nunca me has atado donde pudiera caerme agua encima o donde tuviera que permanecer demasiado tiempo mojado, y cuando hacía frío siempre me has cubierto con una manta. Mis cascos siempre han estado bien herrados; siempre me has revisado los dientes para asegurarte de que estuvieran en buen estado, y nunca has permitido que las “colas de zorro” se me clavaran en las encías y me lastimaran la boca. Nunca has sido tan malvado y cruel como para cortarme la cola y dejarme sin defensa contra las moscas y los mosquitos, y ni de noche ni de día me has atado la cabeza tan corta que quedara en una posición antinatural y no pudiera moverla con facilidad ni tumbarme a dormir.
Siempre te has asegurado de que tuviera agua limpia y fresca en abundancia para beber, de día y de noche, y me has vigilado con cuidado para que no enfermara. Aunque me encanta el sol cálido, no me has atado donde, cuando hacía mucho calor, no pudiera encontrar sombra. En invierno nunca has permitido que me pusieran en la boca un bocado helado.
Y aunque todavía soy joven y estoy sano, y al parecer no es probable que me vuelva débil e inútil hasta dentro de muchos años, la bondad que ya me has demostrado me asegura que, cuando pierda mi fuerza y mi capacidad, no me echarás a algún pasto pobre donde pueda morir de hambre o de frío, ni me venderás a algún bruto que me azote y me torture para sacarme hasta el último resto de trabajo mientras me mata de hambre lentamente con comida escasa y mala. Si no es posible ponerme donde tenga comida y refugio adecuados, sé que, con misericordia, bondad y rapidez, me quitarás la vida, y así, incluso en la hora de la muerte, te daré las gracias con todo mi corazón.
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Y, aunque soy un caballo, estoy seguro de que has recordado que Dios es mi Padre y Creador tanto como el tuyo, pues de lo contrario yo no estaría aquí, y que Su Hijo dijo que Su Padre celestial cuidaba incluso de los gorriones, de los que se vendían dos por un cuarto, y que Él mismo santificó para siempre un establo por el hecho de haber nacido en uno y haber sido acunado en el pesebre de Belén. Así que, en Su nombre, te doy gracias por toda tu bondad conmigo, recordándote Sus palabras: “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis”.
—Amén.
Traducido del inglés. Leer el original