Arte ecuestre

La historia de Captain, el caballo con cerebro humano – Investigación

· The Equinest

Captain de pie rodeado de sus admiradores
Escrita por George Wharton James, se supone que esta historia está, al menos, basada en hechos reales. Esta sección trata del veredicto de un veterinario sobre la inteligencia de Captain.

Una investigación científica

Es natural que, a quienes se muestran escépticos sobre la capacidad cerebral de un caballo, les quede alguna duda sobre la realidad de las actuaciones de Captain. Surgen en la mente sugerencias de truco, de que a Captain lo controlan señales visuales o auditivas que el público no observa y que generalmente no puede observar. El escéptico niega, de forma tajante e incuestionable, cualquier afirmación sobre la inteligencia del animal. Se ríe y se burla de la idea de que el caballo realmente piense, sume, reste, multiplique o cuente; de que conozca los colores; de que tenga la menor idea del valor de los tonos o, de hecho, de que pueda distinguir una nota de otra. Cree en sugestiones, o en señales, o incluso en que, de forma inconsciente, el señor Sigsbee hipnotiza al caballo y dirige así personalmente todas sus acciones, y no parece ver que todo esto implica explicar misterios tan profundos como el de la inteligencia animal.

Lo primero, sin embargo, es asegurarse de que el caballo hace de verdad las cosas que se afirma que hace, y de que, hasta donde puede detectar el observador entrenado y científico, no hay engaño consciente. En el caso de Captain, esto lo ha hecho el doctor G. V. Hamilton, veterinario, de quien el Press de Santa Bárbara (California) afirma que está “reconocido a nivel nacional como experto en estas vías de investigación”. Tras presenciar una actuación pública, llevó a cabo una serie de pruebas privadas, y del Press del 27 de febrero de 1916 cito el siguiente relato de la pluma del doctor Hamilton:

“Pasaron varios días entre la visita en la que tomé las notas recogidas más arriba y mi entrevista privada con Captain y el señor Sigsbee. Esto me permitió planificar diversas pruebas que pudieran permitirme comprobar las siguientes posibilidades:

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En actuaciones de este tipo es al menos posible que un cómplice se oculte tras las cortinas, bajo el escenario o en otro lugar, y dirija las actividades del animal.

Un látigo o una vara cortos podrían llevar fácilmente un alambre largo, fino y negro, que sería invisible desde la parte delantera del escenario.

Mi experiencia con animales de laboratorio me lleva a creer que a un adiestrador de animales astuto le sería posible dirigir las actividades de un perro o de un caballo mediante movimientos de los ojos, de los músculos faciales y del cuerpo de una amplitud demasiado leve para resultar apreciables a la observación humana corriente. No hay que olvidar, a este respecto, que algunos perros dependen notoriamente de sus amos para recibir señales directivas, y que esto puede ser característico de caballos de cierto tipo.

Es concebible que la repetición de una rutina determinada durante un periodo de años permita a un caballo estereotipar un conjunto de hábitos muy complejo.

La mañana de mi cita con el señor Sigsbee encontré al caballo en su cuadra, sin nadie que lo atendiera. Poco después apareció un mozo de color, que parece ser la única persona, aparte del señor Sigsbee, con alguna responsabilidad sobre Captain. Habló del caballo conmigo sin manifestar recelo ni incomodidad. Un poco más tarde el señor Sigsbee llegó a la cuadra y me pidió que decidiera cómo y dónde hacer las pruebas. Parecía totalmente ajeno a la posibilidad de que mis pruebas pudieran perjudicar seriamente el valor como “espectáculo” de su animal. Decidí trabajar con el caballo en el escenario y tener al señor Sigsbee conmigo. Captain es un animal nervioso y muy excitable, y ya lo había visto antes dar una pobre actuación cuando no estaba en buenas condiciones; de ahí mi deseo de contar con la presencia familiar del amo.

Un examen cuidadoso del escenario no reveló indicio alguno de que estuviera previsto ocultar a un cómplice, así que hice que llevaran a Captain al escenario y comencé mis pruebas, que se hicieron en el orden siguiente:

1. Le pregunté: “¿Cómo andas cuando vas a ver a tu chica?”. Captain dio una respuesta apropiada, aunque su amo no estaba dentro del campo de visión del caballo y no llevaba el látigo. El señor Sigsbee, que parece tener un gran cariño a su caballo, intercaló entonces: “¿Qué me das a cambio del azúcar?”. Captain lo “besó”.

2. A petición mía, el señor Sigsbee pidió a Captain que tocara “Nearer, My God, to Thee”. Me puse entre el caballo y el amo mientras el primero tocaba los carillones con un solo error. No recibió ninguna indicación para ello después de la orden inicial. El señor Sigsbee me dijo entonces que Captain sabía hacer la escala, así que la pedí. El caballo cometió un error, debido a que no golpeó el martillo frente a uno de los tubos metálicos con la fuerza suficiente. Cuando hubo pasado del extremo grave al agudo de los carillones, su amo le ordenó “vuelve ahora mismo”, y obedeció al instante. Seguía sin haber señales visuales. De hecho, el caballo parecía no prestar casi ninguna atención al señor Sigsbee con los ojos, por así decirlo, pero mantenía las orejas en movimiento casi constante.

3. Se le puso entonces la venda de cuero. No me cabe la menor duda de que la venda de Captain es totalmente adecuada para excluir los estímulos visuales. A petición mía, el señor Sigsbee se colocó de cara a mí y pidió 2, 9, 3, 1 y 7, por separado y en el orden indicado. El caballo se quedó donde yo había decidido previamente que se colocara, y me aseguré de que no le llegaba ningún estímulo directivo ni desde el escenario ni desde atrás o los lados.

Dio dos golpes para el “2”, nueve para el “9”, etc., hasta completar esta prueba. El único error se produjo cuando, en respuesta a la orden “danos tres”, golpeó tres veces y rozó con la pezuña al devolver la pata a la posición de reposo. Su amo le reprochó este error y Captain nos dio tres golpes limpios.

4. Di las órdenes “Dame la pata derecha”, “Dame la pata izquierda”, “Baja la cabeza y muérdete la rodilla derecha” y “Ráscate la cabeza”. Respondió apropiadamente, aunque tuve que repetir estas órdenes para satisfacer la pregunta contenida en las orejas inquietas de Captain. El señor Sigsbee estaba a mi lado, un factor totalmente insignificante por el momento. Estoy plenamente convencido de que las acciones de Captain estaban dirigidas únicamente por mis órdenes.

5. A Captain, todavía con los ojos vendados, su amo le planteó los siguientes problemas, cuyo programa yo le había ocultado. Parecía resultarle difícil al caballo seguir mi voz desconocida, y como el señor Sigsbee era invisible para el caballo y estaba totalmente bajo mi control, decidí emplearlo como interlocutor:

“Divide diez en partes iguales entre tus dos patas, la primera mitad con la pata derecha y la segunda con la izquierda”.

Captain golpeó cinco veces con la pata derecha, luego piafó de forma tentativa, aparentemente dudando de la corrección de su respuesta y esperando una señal. No recibió ninguna, y pronto retiró la pata derecha a la posición de reposo y dio cinco golpes con la izquierda. Su amo le reprochó la inexactitud, diciéndole que “se había pasado uno” con la pata derecha. Captain corrigió su error dándonos una respuesta limpia y exacta.

“Divide doce en partes iguales entre tus dos patas, la primera mitad con la pata derecha y la segunda con la izquierda”.

Esta orden obtuvo una respuesta perfecta.

“¿Cuánto es tres por tres?”.

De nuevo se obtuvo una respuesta perfecta. Captain dio nueve golpes con la pata delantera derecha.

“¿Cuánto es dos por dos?”. Esta orden la di yo.

Captain golpeó cuatro veces, se detuvo y empezó a piafar con aire dubitativo. Su amo lo regañó por ello, y lo intentó de nuevo, pero otra vez, al cabo de cuatro golpes, vaciló y piafó. El señor Sigsbee le dijo que sabía hacerlo mejor y le ordenó que lo intentara otra vez. Planteé el problema con claridad y obtuve una respuesta correcta y limpia.

6. Se dieron instrucciones al señor Sigsbee para que diera las siguientes órdenes:

“Bombea”.

“Al revés”.

“Ríe”.

“Di ‘Sí’”.

“Mueve las orejas”.

“Ráscate la cabeza”.

“Saca la lengua”.

“Estírate como un caballito de madera”.

Mostré esta lista de órdenes escritas al señor Sigsbee, pero en lugar de seguir mis instrucciones me instó a darlas yo mismo. Sigue siendo motivo de sorpresa para mí que este caballo, con los ojos vendados y sin señales directivas de su amo (el señor Sigsbee estaba a mi lado y ni se movió ni habló), respondiera apropiadamente a estas órdenes. Solo tuve que repetir una orden: la última.

7. Por indicación mía, el señor Sigsbee ató la tira de tela blanca a la pata trasera izquierda del caballo vendado, y la tela roja a su pata delantera derecha. Al terminar, advirtió a Captain una y otra vez que no olvidara que “el trapo blanco está en tu pata trasera, aquí (dando palmadas en la pata trasera izquierda), y el trapo rojo en tu pata delantera”. Tras muchas palmadas en ambas patas y muchas advertencias contra el olvido, el señor Sigsbee se retiró y me dejó decidir la orden. Pedí la tira roja, y Captain obedeció sin mostrar la menor vacilación. Se recordará que en una ocasión anterior encontró la tira roja en su pata trasera.

8. Se retiró entonces la venda, y no se volvió a poner. Se obtuvieron respuestas correctas a las órdenes “Tráeme un dólar de plata” y “Tráeme un cuarto”. El señor Sigsbee estaba donde le era imposible dirigir la elección de Captain señalando con los ojos, los músculos faciales o el cuerpo.

9. Coloqué los números en el estante en el orden siguiente: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 0. El señor Sigsbee se puso detrás del caballo y dio la siguiente orden:

“¿Cuántas personas hay en la primera fila?”.

La señora Hamilton era el único “público” de la actuación, y estaba sentada en la primera fila desde el momento en que llevaron a Captain al escenario. El caballo respondió a la orden avanzando hasta la barandilla sobre las candilejas, estirando la cabeza y el cuello muy hacia delante y examinando la primera fila de asientos. A continuación retrocedió con energía y sacó el número “1” del estante. En un arranque de inspiración pregunté: “¿Cuántas personas hay en la segunda fila?”. Captain avanzó de nuevo, miró la segunda fila y sacudió la cabeza. Me alegro de tener a la señora Hamilton y mi cuaderno de notas para recordarme que esto ocurrió cuando yo estaba bien despierto y en un estado de ánimo muy crítico. El señor Sigsbee estaba a mi izquierda y el caballo a mi derecha y varios pies por delante de nosotros cuando esto ocurrió. Expresé mi resistencia a creer a mis propios sentidos, y el señor Sigsbee manifestó muy en serio la opinión de que la mente del amo había influido en el caballo para que sacudiera la cabeza.

10. Eliminé al señor Sigsbee colocándolo donde pudiera tenerlo a la vista, pero fuera del campo de visión del caballo. Luego ordené a Captain que me trajera el número “6” del estante. Obedeció, y a continuación me trajo el “4”, el “9” y el “7”.

11. Intercambié el “1” y el “4” y ordené a Captain que me dijera cuántas personas había en la primera fila. Me trajo el número “1”.

12. El señor Sigsbee, por indicación mía, dio a Captain el número “30.724”. Los números del estante estaban en el orden desacostumbrado “1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 0”. Al obstruir la visión que Captain tenía de su amo, pude eliminar la posibilidad de señales de mirada directivas del amo al caballo. Una larga experiencia con mi método de elección cuádruple me ha permitido controlar los movimientos de mis músculos oculares y depender bastante de la visión periférica, de modo que estoy seguro de no haber dirigido involuntariamente al caballo durante esta prueba.

Captain sacó enseguida el “3” del estante, sacó el “8” a medias y lo soltó antes de extraerlo del todo, y luego sacó el “0”, el “7”, el “2” y el “4” en rápida sucesión.

13. Puse el “4”, el “1” y el “8” en el suelo, envié al señor Sigsbee al fondo del escenario y di las órdenes siguientes:

“Dos por nueve”.

“Siete por doce”.

“Nueve por nueve”.

El caballo recogió el “1” y el “8” en respuesta a la primera orden, y los soltó. Coloqué los tres números en el mismo orden en que estaban en el suelo antes de dar la primera orden (el “4” en el extremo izquierdo, el “1” en el centro y el “8” en el extremo derecho). Se dio la segunda orden, y fue respondida correctamente, sin vacilar. Entonces invertí las posiciones del “4” y del “8” y di la tercera orden, que también fue respondida correctamente.

14. Después de reordenar las tiras de colores en el estante de colores de modo que el negro y el blanco quedaran cerca del centro (se recordará que eran las tiras de los extremos durante la actuación pública), indiqué al señor Sigsbee que ordenara a Captain emparejar las prendas de la señora Hamilton.

Captain avanzó por el escenario tanto como pudo, estiró el cuello hacia delante y escrutó de cerca a la señora Hamilton. A la orden “Empareja el color del sombrero de la señora” (estas órdenes las dio el señor Sigsbee), Captain fue al estante de colores, que estaba cerca y hacia el centro del bastidor derecho, y tomó la tira negra con los dientes. (Correcto.) Su amo estaba detrás de él, de cara a la señora Hamilton, que estaba sentada en la primera fila como “público”. A continuación el caballo emparejó la blusa blanca, los guantes color canela y el bolso negro.

Entonces entablé conversación con el señor Sigsbee sobre cómo había adiestrado a su caballo para emparejar colores, cuando la señora Hamilton llamó a Captain: “¿Puedes emparejar esto?”. Captain asintió con la cabeza, se acercó al estante y tomó la tira amarilla con los dientes. Ni el señor Sigsbee ni yo vimos el lápiz, e incluso cuando la señora Hamilton nos dijo que era un lápiz, yo no podía distinguir su color desde donde estábamos el señor Sigsbee y yo, pues la sala del público estaba poco iluminada. De camino a la exposición aquella mañana, la señora Hamilton y yo habíamos bromeado sobre mi tendencia a robar lápices, y yo le había recordado que le había devuelto su lápiz rojo, blanco y azul. Esto explica la seguridad con la que declaré que Captain había tomado el color equivocado, hasta que la señora Hamilton me mostró que su lápiz era en realidad amarillo.

Captain se había vuelto amistoso conmigo, y como estaba de cara a mí, aparentemente pidiendo atención, dije: “Empareja mi corbata” y señalé mi corbata roja. Sacó enseguida la tira roja del estante. El señor Sigsbee estaba claramente detrás de Captain cuando esto ocurrió.

Aunque mi examen de Captain fue demasiado breve para justificar que lo presente como algo más que un informe preliminar, hay unas cuantas conclusiones provisionales que he sacado de él y que deseo presentar a la consideración de las personas que puedan estar interesadas en las hazañas de adiestramiento de hombres como von Osten, Krall y Sigsbee.

1. La vivacidad inquisitiva de las orejas de Captain y la libertad con que el señor Sigsbee emplea indicaciones verbales cuando el caballo está cansado y distraído sugieren la posibilidad de que este animal reciba señales auditivas que su amo da de forma involuntaria. No solo es concebible, sino incluso probable, que Captain sea sensible a los cambios en los sonidos respiratorios de su amo. Una inspiración espasmódica, un leve suspiro o una aceleración repentina de la respiración podrían servir fácilmente de señales para Captain. Basta con traducir la explicación de Rendlich y Pfungst sobre el comportamiento de Hans de términos visuales a términos auditivos para llegar a una conjetura bastante satisfactoria de cómo es posible que Captain realice sus maravillosas hazañas.

2. Mis observaciones, aunque incompletas y poco concluyentes en muchos aspectos, me han convencido de que Captain puede dar respuestas correctas con total independencia de estímulos visuales directivos. No había truco alguno en su venda: Captain llevaba una máscara de cuero que excluía tan bien la luz que había que llevarlo de un sitio a otro del escenario. Incluso cuando no tenía los ojos vendados, y parecía ansioso por entender las órdenes y obedecerlas correctamente, atendía solo con las orejas.

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3. Estoy convencido de que el señor Sigsbee es sincero en su creencia de que Captain es capaz de pensamiento abstracto, y de que no recurre a ningún truco en sus actuaciones públicas. También es gratificante saber que es de ese tipo de personas con los pies en la tierra para quienes una explicación científicamente establecida sería aceptable, aunque fuera en contra de sus propias presuposiciones. Si resulta ser el caso que su caballo es accesible a estímulos a los que los oídos humanos son obtusos, y que tanto el amo como el público han sido literalmente “engañados” por la astucia del caballo, el lado humorístico de la situación le hará gracia. Desde un punto de vista puramente comercial, no tiene por qué temer por el valor como “espectáculo” de un caballo capaz de ganarle a un viejo y astuto adiestrador en su propio juego, adiestrando al amo para que dé señales tan exquisitamente delicadas que el propio amo no es consciente de darlas. No es de extrañar que el señor Sigsbee haya tenido que recurrir a explicaciones telepáticas”.

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Traducido del inglés. Leer el original