Arte ecuestre

A Horse’s Tale – Capítulo 14: Soldier Boy a solas consigo mismo

· The Equinest

Un caballo flaco y triste
Del hombre que nos dio Huckleberry Finn: la historia de Mark Twain sobre el caballo de Buffalo Bill se escribió para llamar la atención sobre el sinsentido de las corridas de toros.

Parte II

Capítulo XIV: Soldier Boy a solas consigo mismo

Han pasado cinco meses. ¿O son seis? Mis penas me han nublado la memoria. He recorrido toda esta tierra, de punta a punta, y desde anteayer estoy de vuelta en aquella ciudad por la que pasamos el último día de nuestro largo viaje, y que está cerca de su casa de campo. Soy una ruina tambaleante y tengo la vista empañada, pero la reconocí. Si ella pudiera verme, me reconocería y tocaría mi llamada. Ojalá pudiera oírla una vez más; me reanimaría, me devolvería su rostro y las montañas y la vida en libertad, y yo acudiría… ¡aunque me estuviera muriendo, acudiría! No me reconocería, con el aspecto que tengo, pero me reconocería por mi estrella. Pero nunca me verá, porque no me dejan salir de este establo miserable, un lugar inmundo y desdichado, sin más compañía que dos despojos como yo.

¿Cuántas veces he cambiado de manos? Creo que doce veces —no lo recuerdo—; y cada vez fue un escalón más abajo, y cada vez me tocó un amo más duro. Todos han sido crueles, todos y cada uno; me han hecho trabajar día y noche en oficios degradantes, y me han pegado; me han dado mal de comer, y algunos días nada en absoluto. Y por eso ahora no soy más que huesos, con una piel áspera y sucia, llena de bultos y esquinas, sobre mi cuerpo consumido; esa piel que antes era tan lustrosa, esa piel que a ella tanto le gustaba acariciar con la mano. Fui el orgullo de las montañas y de las Grandes Llanuras; ahora soy un espantapájaros y me desprecian. Estos despojos lastimosos que son aquí mis compañeros dicen que hemos llegado al último peldaño de la escala, a la humillación final; dicen que cuando un caballo ya no vale ni las malas hierbas y los desperdicios con que lo alimentan, lo venden a la plaza de toros por un vaso de aguardiente, para divertir al público y morir para su placer.

Morir… eso no me inquieta; los del servicio nunca tememos a la muerte. ¡Pero si pudiera verla una vez más! ¡Si pudiera oír cantar otra vez su corneta y decir: “¡Soy yo, Soldier… ven!”!

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Traducido del inglés. Leer el original