Arte ecuestre
A Horse’s Tale – Capítulo 13: El general Alison a su madre

Del hombre que nos dio Huckleberry Finn: la historia de Mark Twain sobre el caballo de Buffalo Bill se escribió para llamar la atención sobre el sinsentido de las corridas de toros.
Parte II
Capítulo XIII: El general Alison a su madre
Fue un viaje prodigioso, pero delicioso, por supuesto, a través de las Rocosas y las Black Hills y la inmensa extensión de las Grandes Llanuras hasta la civilización y la frontera de Misuri, donde empezó el ferrocarril y se acabó lo delicioso. Pero nadie ha salido peor parado del viaje; desde luego ni Cathy, ni Dorcas, ni Soldier Boy; y en cuanto a mí, no me quejo.
España es todo lo que Cathy se había imaginado… y más, dice ella. Está en un frenesí de alegría, el animalito más alocado que haya existido nunca, y todo de pura felicidad. Cree que recuerda España, pero no es muy probable, supongo. Las dos —Mercedes y Cathy— se devoran la una a la otra. Es un éxtasis de amor, y da gusto verlo. Es español; eso lo describe. ¿Será una visita corta?
No. Será para siempre. Cathy ha decidido quedarse en España con su tía. Dorcas dice que ella (Dorcas) ya preveía que esto pasaría; y dice también que quería que pasara, y dice que el propio país de la niña es el lugar adecuado para ella, y que no deberían habérmela enviado a mí, sino que debería haber ido yo con ella. Me pareció una locura llevar a Soldier Boy a España, pero hice bien en ceder a las súplicas de Cathy; si se hubiera quedado atrás, la mitad de su corazón se habría quedado con él, y no habría estado contenta. Tal como han ido las cosas, todo ha salido de la mejor manera, y estamos todos satisfechos y a gusto. Puede que Dorcas y yo volvamos a ver América algún día; pero también puede que no.
Dejamos el puesto de madrugada. Fue un momento conmovedor. Las mujeres lloraron por Cathy, y también lo hicieron incluso aquellos severos guerreros, los Rocky Mountain Rangers; allí estaban Shekels, y el Cid, y Sardanapalus, y Potter, y Mongrel, y Sour-Mash, Famine y Pestilence, y Cathy los besó a todos y lloró; había destacamentos de las distintas armas de la guarnición en representación de los demás, para decir adiós y Dios te bendiga en nombre de toda la tropa; y había un pelotón especial del Séptimo, con el veterano más antiguo al frente, para despedir a la Niña del Séptimo con grandes honores y ceremonias solemnes; y el veterano se había aprendido de memoria un discurso conmovedor, y se llevó la mano a la sien en un saludo e intentó pronunciarlo, pero le temblaron los labios y se le quebró la voz; pero Cathy se inclinó desde la silla y le dio un beso en la boca y convirtió su derrota en victoria, y se alzó una ovación.
El acto siguiente cerró las ceremonias, y fue una sorpresa emocionante. Puede que ya te hayas dado cuenta, antes de esto, de que los rigores de la ley y la costumbre militares se derriten sin que nadie lo note y desaparecen cuando un soldado, un regimiento o la guarnición quieren hacer algo que agrade a Cathy. Las bandas tuvieron la idea de conmover su corazón de soldado con una despedida que permaneciera siempre en su memoria, hermosa e imperecedera, y que le trajera de vuelta el pasado y el cariño que todos le tenían siempre que pensara en ello; así que presentaron su proyecto al general Burnaby, mi sucesor, que es el esclavo más reciente de Cathy, y a pesar de la escasez de precedentes consiguieron su permiso. Las bandas conocían las marchas militares favoritas de la niña. Con esta pista ya sabes lo que viene, pero Cathy no lo sabía. Le pidieron que tocara “diana”, y así lo hizo.
Con la última nota las bandas estallaron con estruendo: ¡y despertaron a las montañas con el “Star-Spangled Banner” de una manera que a uno se le hinchaba el corazón y le palpitaba y se le ponían los pelos de punta! Era como para derrumbarse por completo, ver el rostro radiante de Cathy brillando a través de su alegría y sus lágrimas. A petición de todos tocó ahora “asamblea”. . . .
. . . Entonces las bandas irrumpieron atronando con “Rally round the flag, boys, rally once again!”. Luego ella tocó otra llamada (“a la bandera”) . . .
. . . y las bandas respondieron con “When we were marching through Georgia”. Acto seguido tocó “botas y monturas”, esa llamada tan emocionante y que tanto apremia. . . .
y las bandas apenas podían contenerse hasta la última nota; luego dieron rienda suelta a toda su fuerza con “Tramp, tramp, tramp, the boys are marching”, y la emoción de todos subió hasta hervir la sangre.
Ahora, una pausa solemne… y entonces la corneta cantó “silencio”, que esta vez podía traducirse por “¡Adiós, y que Dios nos guarde a todos!”, porque el toque de silencio es el relevo nocturno del soldado de su servicio, y su despedida: quejumbroso, dulce, conmovedor, porque para él la mañana nunca es segura; siempre es posible que lo esté oyendo por última vez. . . .
. . . Luego las bandas volvieron sus instrumentos hacia Cathy e irrumpieron con aquella melodía de alegre desenfreno: “Oh, we’ll all get blind drunk when Johnny comes marching home—yes, we’ll all get blind drunk when Johnny comes marching home!”, y la siguieron al instante con “Dixie”, ese antídoto contra la melancolía, la más alegre y festiva de toda la música militar a cualquier lado del océano… y ese fue el final. Y así… ¡adiós!
Ojalá hubieras estado allí para verlo todo, oírlo todo y sentirlo: y para que te arrastrara el huracán de vítores que barrió el lugar como colofón.
Cuando partimos a caballo, nuestro grueso ya llevaba una o dos horas en camino —me refiero a nuestro equipo de campaña—; pero no nos marchamos solos: cuando Cathy tocó “avance”, los Rangers salieron a medio galope en columna de a cuatro y nos dieron escolta, y se les unieron White Cloud y Thunder-Bird con todas sus vistosas galas, y Buffalo Bill y cuatro exploradores a sus órdenes. A tres millas, en las Llanuras, la teniente general se detuvo, se mantuvo sobre su caballo como una estatua militar, con la corneta en los labios, e hizo evolucionar a los Rangers durante media hora; y por último, cuando tocó “a la carga”, la encabezó ella misma. “No por última vez”, dijo, y recibió una ovación, y nos despedimos todos y nos volvimos hacia el este y nos alejamos cabalgando.
Posdata. Un día después. Anoche robaron a Soldier Boy. Cathy está casi fuera de sí, y no podemos consolarla. A Mercedes y a mí no nos preocupa mucho el caballo, aunque esta parte de España anda algo revuelta políticamente en estos momentos y hay bastante desorden. En tiempos normales, al ladrón y al caballo los atraparían enseguida. Creo que los tendremos antes de que pase mucho.
Traducido del inglés. Leer el original