Arte ecuestre
El niño que cabalgó hacia la puesta de sol

Un divertido cuento de aventuras con un caballo del cielo, de A Book for Kids, de CJ Dennis, publicado en 1921. La historia de un niño al que un caballo engaña para embarcarlo en una gran aventura.
Érase una vez —y tampoco hace tanto tiempo de esto— un niño pequeño llamado Neville que vivía con su familia en una casa que estaba casi en el campo. Es decir, estaba justo en el borde de la ciudad; y detrás de la casa había una colina bastante grande, completamente pelada.
A Neville, que era muy aficionado a jugar solo, le gustaba subir a menudo hasta lo alto de la colina pelada; y si se plantaba justo en la cima y miraba hacia un lado, hacia el este, veía toda la ciudad, con sus edificios altos y sus cúpulas y sus agujas y sus chimeneas humeantes. Pero si miraba hacia el otro lado, hacia el oeste, veía millas y millas de un campo precioso, con sus prados verdes y sus huertos y sus caminos blancos y sus pequeñas casas de labranza.
Una tarde, Neville estaba jugando solo en lo alto de la colina cuando se dio cuenta de que estaba empezando una de las puestas de sol más hermosas que había visto en su vida. El cielo del oeste, allá sobre las amplias tierras de labor, estaba lleno de nubecillas de todas las clases y formas, y justo empezaban a teñirse de los colores más maravillosos.
Neville se había entretenido muchas veces observando las nubes y las extrañas formas en que se iban transformando: a veces parecían grandes cordilleras, a veces olas del mar, y muy a menudo elefantes y leones y focas y toda clase de cosas interesantes por el estilo. Pero nunca antes había logrado distinguir tantas formas de animales en las nubes. El cielo era casi tan bueno como un zoológico. Había canguros y elefantes y una gallina con sus pollitos y ualabíes y conejos y un hombre gracioso con las orejas grandes y toda clase de otras formas peculiares.
El sol se hundía tras una lejana cadena de colinas, donde brillaba una luz dorada como si saliera por una puerta. Se parecía tanto a una gran puerta dorada que Neville se puso a preguntarse qué habría al otro lado.
De repente, justo en medio de todas aquellas nubes de colores, vio una nubecilla perfectamente blanca y, mientras la observaba, notó que parecía tener la forma de un caballo pequeño. Un caballo muy pequeño parecía a esa distancia; pero, mientras Neville la contemplaba, fue haciéndose cada vez más grande, como si se le acercara a toda velocidad, y estaba casi seguro de que podía ver cómo movía las patas.
Aquello lo sobresaltó un poco, así que se frotó los ojos para asegurarse de que no le estaban jugando una mala pasada.
Cuando volvió a mirar, se sobresaltó más que nunca, porque la nubecilla blanca ya no era una nube, sino un caballito blanco de verdad. Además, acababa de abandonar el cielo y bajaba al galope por la cordillera que se veía allá lejos, en el oeste.
En dos minutos había dejado atrás la cordillera y venía hacia él a través de los campos, saltando las cercas, esquivando los árboles y cruzando la llanura a la carrera, con la crin y la cola blancas al viento. Parecía venir derecho hacia él.
No es que estuviera asustado de verdad —no debes pensar eso de él—, pero justo empezaba a preguntarse si no sería ya casi la hora de volver a casa a cenar, cuando se dio cuenta de que el caballo blanco se había detenido justo al pie de la colina pelada. Lo miraba desde abajo, sacudiendo la cabeza y escarbando el suelo con la pata: el caballo blanco más hermoso que había visto en su vida, incluso en un circo. Luego pareció calmarse y empezó a subir la colina hacia él a un trote tranquilo.
No creo que nadie hubiera culpado a Neville si en ese momento hubiera decidido irse a casa a cenar de inmediato. Pero era un niño bastante valiente, y desde luego muy curioso, así que se quedó quieto y esperó.
Y aquí es donde empieza la parte más maravillosa de la historia. El caballo blanco se acercó al trote hasta Neville y le habló. Eso sorprendería a la mayoría de la gente; y a Neville, desde luego, le sorprendió tanto como le habría sorprendido a cualquiera.
—¿De qué tienes miedo? —preguntó el caballo blanco en voz alta.
Pues bien, a esas alturas Neville SÍ estaba un poquito asustado; pero no iba a demostrarlo, así que se limitó a decir: —¿Quién tiene miedo?
—TÚ tienes miedo —dijo el caballo blanco, más alto que nunca—. No eres más que un niñito tímido. Cuando te vi a lo lejos pensé que eras de los valientes, pero me equivoqué. No eres más que un gallina.
—Más te vale tener cuidado con a quién le hablas —dijo Neville, perdiendo de pronto el miedo. (Los niños pequeños no siempre hablan con buena gramática; si no, habría dicho “con quién” y no “con a quién”). Odiaba que lo llamaran “gallina”—. ¡Más te vale tener cuidado o te doy un buen golpe!
—¡Ajá! —exclamó el caballo blanco—. Muy valiente de repente, ¿eh? Aun así, te da miedo acercarte y acariciarme.
—Pero es que no quiero acariciarte —dijo Neville.
—Ya me lo imaginaba —replicó el caballo blanco—. Ya me lo imaginaba, en cuanto me acerqué a ti. Eres de los miedosos, y he estado perdiendo el tiempo.
—¿Quién tiene miedo? —volvió a decir Neville.
—Eso ya lo has preguntado —replicó el caballo blanco—, y ya te lo he dicho. Si no tienes miedo, ven y acaríciame. No hay nada que temer.
Así que Neville se acercó derecho al caballo blanco y le acarició la espaldilla. Y al instante sintió que había sido una tontería contenerse. Porque de todos los pelajes suaves, mullidos y sedosos que había acariciado en su vida, el del caballo blanco era sin duda el más suave, el más mullido y el más sedoso. Sintió que podría seguir acariciándolo durante horas.
—¿Lo ves? —dijo el caballo blanco con una voz tan suave y sedosa como su pelaje—. No había nada que temer, ¿verdad? Y creo que quizá me he equivocado contigo. Más bien creo que podrías ser uno de esos niños intrépidos de los que hablan los cuentos. ¿Qué te parece si te subes a mi lomo y damos un paseíto?
Neville dejó de acariciar al caballo blanco y retrocedió un poco.
—Me temo que me estarán esperando en casa para cenar —dijo—. Me ha alegrado muchísimo conocerte. —Neville siempre fue un niño muy educado.
—¡Justo lo que hacía falta! —exclamó el caballo blanco—. Súbete a mi lomo y te llevo a casa. Te ha gustado acariciarme, ¿verdad? Pues eso no es nada comparado con lo que vas a disfrutar del paseo, nada de nada. Si todos los jinetes más audaces del mundo darían lo que fuera por un solo paseíto en mi lomo. ¡Venga! ¡Una, dos, tres, y arriba!
Entonces, antes de que Neville supiera muy bien lo que hacía, tomó una pequeña carrerilla y saltó a horcajadas sobre el caballo blanco.
—Vivo justo allí —dijo Neville, señalando hacia su casa.
Pero antes de que pudiera decir “esta boca es mía” (suponiendo que hubiera querido decirlo), el caballo blanco soltó una risa hueca y desagradable, se impulsó desde el suelo y se elevó por los aires hacia la puesta de sol que se apagaba, alejándose de casa y de la cena.
Neville se agarró con fuerza, porque estaba tan alto sobre la tierra que caerse habría sido su fin. Y muy por debajo de él vio los prados verdes y el camino blanco, que ahora parecía un simple hilo.
—¡Eso no vale! ¡So! ¡So, atrás! —le gritó al caballo blanco; pero el caballo blanco no contestó. Es más, de pronto ya no parecía tanto un caballo blanco como una nube blanca con forma de caballo, y Neville vio que ya no iba sentado sobre el pelaje sedoso del caballo, sino sobre algo blando y esponjoso como un vellón blanco, y ligeramente húmedo. Entonces comprendió que iba montado en una nube y, como era absurdo seguir hablándole a una nube, dejó de gritar. Se limitó a agarrarse bien y a preguntarse qué pasaría a continuación.
Ahora estaba muy por encima de una casa de labranza: una que solía ver desde la colina pelada. La reconoció por los altos pinos que crecían a su alrededor; y abajo, en el corral, vio a un hombre con un cubo que salía a dar de comer a los terneros. Neville lo llamó a gritos, pero el hombre ni siquiera levantó la vista. Luego dejó muy atrás aquella casa de labranza y sobrevoló un huerto, donde vio los frutales plantados en hileras rectas; y unos segundos después tenía la cordillera debajo, y Neville comprendió que la nube con forma de caballo se dirigía derecha a la puerta dorada, que ahora brillaba apagadamente en un cielo gris. Estaba cabalgando hacia la puesta de sol.
Veloz como el viento que lo empujaba, el Caballo de Nube cruzó flotando la cordillera. Hubo un repentino resplandor de luz dorada a su alrededor, y luego un destello de color tan maravilloso que Neville no pudo soportar mirarlo. Cerró los ojos y, al hacerlo, sintió que el Caballo de Nube por fin se había detenido.
Así que Neville se quedó sentado sobre la nube, sin atreverse a abrir los ojos durante un buen rato. Cuando por fin volvió a mirar, casi se desmaya de asombro. Estaba dentro de la puesta de sol.
Pero apenas había empezado a disfrutar del maravilloso espectáculo cuando lo sobresaltó el sonido de una vocecilla aguda y graciosa muy cerca de él. Al bajar la vista, vio a un hombrecillo extraño, no más alto que un bastón, vestido de amarillo dorado de pies a cabeza. —¡Por todos los cielos! —dijo el hombrecillo amarillo—. ¿Cómo has conseguido TÚ entrar aquí? ¿No sabes que esto es privado?
—Lo siento mucho —dijo Neville—, pero no he podido evitarlo. Me ha traído el Caballo de Nube, ¿sabe?
—¡Ah! —dijo el hombrecillo amarillo—. Te ha engañado, ¿verdad? Es demasiado juguetón, ese Caballo de Nube; y, la verdad, te ha metido en un buen lío.
—Disculpe —dijo Neville—, pero ¿le importaría decirme quién es usted?
—¿Yo? —exclamó el hombrecillo amarillo—. Pues soy el Último Rayo de Sol, claro. Creía que lo sabías. Mi trabajo, ¿sabes?, es cerrar el espectáculo cuando termina la puesta de sol. Y es un trabajo bien duro, te lo aseguro, porque tengo que estar haciéndolo sin parar alrededor de toda la Tierra cada pocos minutos. Y a veces se hace muy pesado. ¿Te lo puedes creer? No he visto un amanecer ni un mediodía radiante en toda mi vida: solo puestas de sol, todo el tiempo. Puestas de sol para desayunar, puestas de sol para comer, puestas de sol para cenar. Y si cometo el más mínimo desliz, el jefe de tramoyistas se me echa encima como una tonelada de ladrillos.
—¡Caramba! —dijo Neville—. No sabía que aquí tuvieran tramoyistas. —Neville había ido a ver pantomimas y, por lo tanto, sabía lo que era un tramoyista.
—¿Y cómo crees que cambiamos los decorados, entonces? —exclamó el hombrecillo amarillo con bastante malhumor. Luego, de repente, se puso muy atareado sin hacer nada, mientras susurraba: —¡Cuidado! Ahí viene el jefe de tramoyistas.
Al volverse, Neville vio que se acercaba hacia ellos un hombre con unas orejas enormes. No era un hombre de aspecto agradable, y se parecía muchísimo al hombre de nube que Neville había visto a veces en el cielo cuando iba a contemplar la puesta de sol desde la colina pelada.
—¡Vamos, vamos! —rugió el hombre de las orejas grandes—. ¡Muévete, Dorado! Cerramos el espectáculo aquí dentro de unos minutos y abrimos enseguida en la siguiente cordillera. Encárgate de que ese telón baje a tiempo.
—Por supuesto, señor —respondió el hombrecillo amarillo con mucha humildad.
Entonces el hombre de las orejas grandes reparó en Neville por primera vez. Frunció el ceño con gesto sombrío, y sus grandes orejas parecieron aletear de irritación.
—¿Quién es este que va en nuestro Caballo de Nube? —rugió con su vozarrón furioso.
—Solo un niño pequeño —dijo el hombrecillo amarillo, porque Neville estaba demasiado asustado para hablar—. Solo un niño pequeño al que el Caballo de Nube ha estado gastando bromas. Creo que le gustaría volver a casa; está ahí mismo, junto a la colina pelada, si no le importa, señor.
—¡De ninguna manera! —gritó el hombre de las orejas grandes—. El Caballo de Nube no va a volver a salir ahí esta noche, y el niño tonto tampoco. No voy a permitir que la puesta de sol se desbarate por semejante tontería. Haz lo que te digo y ocúpate de tu trabajo.
Y, sin dedicarle otra mirada a Neville, el hombre de las orejas grandes se marchó a grandes zancadas a organizar la puesta de sol en la siguiente cordillera, a millas y millas de distancia.
Neville miró al hombrecillo amarillo con desesperación, y el hombrecillo amarillo miró a Neville, y ninguno dijo una palabra hasta que el hombre de las orejas grandes estuvo bien lejos. Entonces el Último Rayo de Sol volvió a ponerse de muy buen humor.
—Bueno —dijo—, ya has oído lo que ha dicho el jefe de tramoyistas. Desde luego, no puedes volver a casa por donde has venido. Lo único que puedes hacer es dar la vuelta. Tendrás el tiempo justo para hacerlo, si te das prisa.
—¿Dar la vuelta? —repitió Neville, desconcertado—. ¿Dar la vuelta a qué? ¿Por dónde?
—Al mundo, claro —respondió el hombrecillo amarillo.
—¿Al mundo? —exclamó Neville—. Se está burlando de mí, y me parece muy poco amable.
—Nada de eso —rio el hombrecillo amarillo—. No hace falta que armes tanto alboroto. Si yo doy la vuelta al mundo una vez al día con la puesta de sol. Tú solo tienes que ir un poco más rápido para hacerlo en unos minutos, y con la ayuda del Caballo de Nube eso se consigue fácilmente. No te preocupes por el Caballo de Nube. Tiene que hacer exactamente lo que yo le diga. Ahora, discúlpame un momento y te daré todas las indicaciones.
Dicho esto, el hombrecillo amarillo se metió detrás de una nube rosa y volvió con una preciosa flor azul en la mano.
—Esto —dijo, entregándole la flor a Neville— es una Flor de Cielo. Está hecha por completo de un trozo auténtico de cielo, y es un talismán (que es una palabra más larga para amuleto, ¿sabes?) que te lleva gratis alrededor del mundo. Lo único que tienes que recordar es que no debes, bajo ningún concepto, perder esa flor hasta que estés de vuelta en casa. Ahora bien, lo que tienes que hacer exactamente es viajar hacia el oeste y correr alrededor del mundo hasta alcanzar otra vez esta misma tarde. Es muy sencillo.
—¡Sencillo! —exclamó Neville—. Si no entiendo nada de nada.
—¡Válgame! —dijo el hombrecillo amarillo con cierta impaciencia—. Qué duro de mollera eres. Ahora escucha con atención. El mundo, como sabes, gira de oeste a este, y eso hace que parezca que el sol da la vuelta al mundo de este a oeste. Muy bien. Así que lo que tienes que hacer es cabalgar hacia el oeste en el Caballo de Nube mucho más rápido de lo que parece viajar el sol, y alcanzarlo otra vez antes de que se aleje demasiado de aquí. El Caballo de Nube está en buena forma, y deberías conseguirlo sin problemas en unos pocos minutos.
—¡Unos pocos minutos! —jadeó Neville.
—Calla y escucha —le espetó el hombrecillo amarillo—. Unas millas al oeste de aquí entrarás en plena luz del día. Eso será la tarde. Después te encontrarás con el mediodía y, pasado este, llegarás al lugar donde apenas amanece. Eso es más o menos la mitad de la vuelta a la Tierra. Enséñale la Flor de Cielo al portero del Amanecer y te dejará pasar. Luego llegas a la mitad del mundo donde es de noche, y tienes que recorrerla a toda prisa hasta llegar al lugar donde apenas está atardeciendo. Será ESTA tarde, más o menos por aquí, porque solo habrás tardado unos minutos en total. Y cuando vuelvas a ver tu casa o la colina pelada, agarra con fuerza la Flor de Cielo, salta del Caballo de Nube y bajarás flotando con elegancia hasta el suelo. No te hará daño. Luego puedes irte a casa, y espero que no llegues tarde a cenar.
—Pero… —empezó Neville— no entiendo…
—Mi tiempo es valioso —dijo el hombrecillo amarillo mientras le estrechaba la mano—. Adiós, y buen viaje. —Dicho esto, le dio una fuerte palmada al Caballo de Nube en el flanco y, en un instante, este salió disparado hacia el oeste a una velocidad de vértigo.
Claro que ahora, que ya se han inventado los aeroplanos, volar no parece tan maravilloso como antes. Pero ir holgazaneando por el aire en un biplano o un monoplano a ochenta o cien millas por hora es un asunto de lo más aburrido si lo comparas con correr alrededor del mundo persiguiendo al día a lomos de un Caballo de Nube. Y Neville es muy probablemente la única persona que lo ha hecho hasta ahora.
Casi antes de darse cuenta de lo que había pasado, había dejado la tarde muy atrás y cabalgaba a plena luz del día. El Caballo de Nube había subido muy alto, y Neville vio el ancho campo, con llanuras y colinas y bosques, extendido muy por debajo de él. Un instante después, ya no tenía tierra debajo, sino el ancho mar, centelleando bajo un sol radiante.
Antes de que tuviera tiempo de fijarse en gran cosa, había llegado al mediodía, muy alto sobre una tierra extraña y lejana, y corría a través de la mañana hacia el amanecer. Iba tan deprisa que apenas tenía ocasión de ver nada con claridad; pero vislumbró muchas cosas extrañas. Vio muchos barcos en el mar: barquitos y majestuosos vapores que se arrastraban por el océano como extraños escarabajos de agua. Una vez, cuando el Caballo de Nube descendió bastante, Neville vio un hermoso velero, con todas las velas desplegadas y unos hombres de aspecto extraño en cubierta. Se parecían mucho a piratas, y quizá lo fueran; pero Neville no tuvo tiempo de asegurarse, porque al minuto siguiente sobrevolaba una tierra salvaje donde vio a una horda de hombres negros, con lanzas y garrotes, que cazaban un elefante por un claro de una gran selva. Mientras miraba, el elefante se volvió para embestir a los cazadores; pero lo que pasó después Neville no lo vio, porque un momento más tarde estaba sobre una gran ciudad con multitudes de gente en las calles —gente vestida con ropas extrañas y de colores vivos—, y sonaban campanas y silbatos. Luego se extendió bajo él un gran desierto, sin ningún ser vivo a la vista salvo un gran león leonado que merodeaba por la arena. Después vino otra vez el mar, y más barcos; y la luz empezó a atenuarse, porque ya casi había recorrido la mitad de la vuelta a la Tierra y se acercaba al amanecer.
La luz se fue apagando, y apagando aún más, igual que si llegara el atardecer, y ante él Neville vio el amanecer como una puerta plateada en el cielo. El Caballo de Nube se lanzó derecho hacia ella y se detuvo tan de golpe que Neville casi se cae.
—¿Qué es esto? ¿Qué es esto? —exclamó una vocecilla; y Neville vio, junto a la puerta plateada, a un hombrecillo vestido de gris plata de pies a cabeza. Era el Portero del Amanecer, al que a veces llaman el Primer Rayo de Sol.
Antes de que Neville pudiera contestar, el hombrecillo gris reparó en la Flor de Cielo.
—Ah, tienes el talismán —dijo—. ¡Adelante! Y no te entretengas en charlas, porque esta mañana estoy muy ocupado. Buen viaje —añadió mientras le daba una palmada al Caballo de Nube en la espaldilla; y en un instante Neville había cruzado el amanecer y se había zambullido en la noche.
Era una noche oscura, sin luna, porque el cielo estaba cubierto de nubes densas. El Caballo de Nube volaba por encima de ellas, y Neville veía arriba las estrellas que pasaban veloces, y abajo solo la negrura de las nubes pesadas. Pero la mayor parte del tiempo el Caballo de Nube volaba bajo, y entonces apenas había nada que ver. Por las luces de los barcos en movimiento, Neville sabía que a veces estaba sobre el mar. A veces las luces parpadeantes de los pueblos o de alguna granja solitaria, o el resplandor repentino de una gran ciudad, le decían que tenía tierra debajo. Una vez, a través de la negrura, vio un gran incendio forestal en una isla, y su luz iluminaba el mar y mostraba a los nativos apiñados en la playa y en los bajíos, y a algunos que huían en canoas.
Luego la oscuridad volvió a tragarse al Caballo de Nube, y la isla en llamas quedó muy atrás.
Después de eso, Neville empezó a sentir un poco de sueño. Quizá durmió un poco, porque lo siguiente que vio fue una luz tenue en el cielo, delante de él, como si llegara el amanecer. Pero sabía que tenía que ser el atardecer, porque estaba volviendo al lugar de donde había partido y estaba alcanzando al sol. Como ves, solo había estado fuera unos minutos.
El Caballo de Nube volaba ahora muy bajo, y la oscuridad menguaba rápidamente. Entonces, mucho antes de lo que esperaba, Neville vio el tejado de su propia casa debajo de él. Podía ver el jardín en el crepúsculo y a su propio perro husmeando entre los árboles como si lo estuviera buscando.
Neville empezó a pensar en saltar, y estaba bastante nervioso. Puede que aterrizara suavemente y puede que no. Solo tenía la palabra del hombrecillo amarillo.
Entonces, horrorizado, vio que habían dejado atrás su casa y estaban sobre la colina pelada. No había tiempo que perder. El Caballo de Nube lo estaba llevando otra vez hacia la puesta de sol y, si lo hacía, ¿qué diría entonces el jefe de tramoyistas?
Así que, agarrando la Flor de Cielo con mucha fuerza, Neville cerró los ojos y saltó. Casi esperaba caer a toda velocidad y estrellarse contra el suelo; pero, en lugar de eso, flotó en el aire como una pluma, meciéndose y balanceándose, y descendiendo lentamente, poco a poco, hacia el suelo. Era, de verdad, una sensación muy agradable.
La colina pelada estaba debajo de él mientras bajaba despacio, bajaba, bajaba.
Podía ver al Caballo de Nube —ahora poco más que una motita blanca— corriendo a toda prisa para alcanzar la puesta de sol. Y él seguía descendiendo, muy despacio, hacia la cima de la colina pelada.
Su perrito ya lo había visto, y salió corriendo por la verja y subió la colina pelada ladrando con fuerza. Y él seguía descendiendo, acercándose a la tierra, abajo, abajo, cada vez más cerca… y entonces, de repente, pareció olvidarse de todo.
Lo siguiente que Neville recordaba era sentir algo húmedo y cálido en la mejilla. Abrió los ojos y vio que el perrito le estaba lamiendo la cara. Se incorporó y miró a su alrededor. Estaba sobre la hierba, en lo alto de la colina pelada; la noche estaba muy cerca, y la primera estrella justo empezaba a titilar.
Entonces, de pronto, Neville se acordó del Caballo de Nube y del hombrecillo amarillo y del hombrecillo plateado y del jefe de tramoyistas y del maravilloso viaje y de todo lo demás.
—Vaya, qué sueño tan extraordinario —dijo Neville, estirando los brazos. Y, al hacerlo, la Flor de Cielo se le cayó de la mano.
Así que, después de todo, no había sido un sueño; porque, si lo era, ¿cómo explicar aquella Flor de Cielo? La recogió y la llevó con mucho cuidado mientras se ponía en camino hacia casa para cenar, con su perrito trotando pegado a sus talones.
—¡Qué flor tan bonita! —dijo la madre de Neville cuando llegó a casa—. ¿De dónde la has sacado?
—Es un trozo de cielo auténtico —dijo Neville con orgullo mientras se la daba.
Su madre le sonrió y dijo: —Qué bonito eso que dices, y la verdad es que parece un trocito de cielo. Pero, claro, no puede ser un trozo de verdad.
Entonces Neville comprendió que, si contaba la historia de su maravilloso viaje e intentaba explicar que había dado la vuelta al mundo entero desde que había salido a jugar, a sus padres les costaría muchísimo creerlo. Así que no dijo nada, pero cenó muy bien.
Pero la madre de Neville puso la flor en un jarrón sobre la repisa de la chimenea; y ahí sigue hasta el día de hoy, tan fresca y radiante como siempre. No se marchita. La madre de Neville piensa que es algo muy extraño y maravilloso. Y así es.
Desde aquel día, cuando Neville sube a lo alto de la colina pelada a contemplar una puesta de sol, está casi seguro de que, justo cuando la luz dorada se apaga, puede ver a un hombrecillo amarillo junto a la puerta; y le parece que el hombrecillo amarillo lo saluda alegremente con la mano. Pero, sea así o no, Neville siempre le devuelve el saludo; y se siente muy feliz al pensar que tiene un buen amigo dentro de la puesta de sol.
Traducido del inglés. Leer el original