Arte ecuestre
A Horse’s Tale – Capítulo 6: Soldier Boy y el jamelgo mexicano

Del hombre que nos dio Huckleberry Finn: la historia de Mark Twain sobre el caballo de Buffalo Bill se escribió para llamar la atención sobre el sinsentido de las corridas de toros.
Parte I
Capítulo VI: Soldier Boy y el jamelgo mexicano
“¿Cuándo has venido?”
“Llegué al ponerse el sol”.
“¿De dónde?”
“De Salt Lake”.
“¿Estás en el servicio?”
“No. En el comercio”.
“En el comercio pirata, supongo”.
“¿Y tú qué sabes de eso?”
“Te vi cuando llegaste. Reconocí a tu amo. Es un mal tipo. Ladrón de trampas, cuatrero, casado con una squaw, renegado: Hank Butters. Lo conozco muy bien. Te robó, ¿verdad?”
“Bueno, viene a ser eso”.
“Ya me lo figuraba. ¿Dónde está su compinche?”
“Se quedó en el campamento de White Cloud”.
“Ese es otro de la misma calaña, Blake Haskins”. (Aparte). Supongo que andan otra vez al acecho de Buffalo Bill. (En voz alta). “¿Cómo te llamas?”
“¿Cuál de mis nombres?”
“¿Tienes más de uno?”
“Me ponen uno nuevo cada vez que me roban. Antes tenía un nombre honrado, pero de eso hace mucho; lo he olvidado. Desde entonces he tenido trece alias”.
“¿Alias? ¿Qué es un alias?”
“Un nombre falso”.
“Alias. Es una palabra grande y estupenda, y es de mi especialidad; tiene un sonido de lo más erudito, cerebroespinal e incandescente. ¿Tienes estudios?”
“Bueno, no, no puedo presumir de eso. Sé quitar las barras de un cercado, sé distinguir la avena de los clavos de zapatero, sé maldecir una llaga de la silla tan bien como cualquiera con estudios universitarios, y sé algunas cosas más; no muchas; no he tenido ocasión, siempre he tenido que trabajar; además, soy de baja cuna y sin familia. Hablas mi dialecto como un nativo, pero tú no eres un jamelgo mexicano, eres un caballero, eso se ve; y con estudios, claro”.
“Sí, soy de familia antigua, y no soy ningún iletrado. Soy un fósil”.
“¿Un qué?”
“Un fósil. Los primeros caballos eran fósiles. Se remontan a hace dos millones de años”.
“¡Re-cáspita, por la arena y la artemisa! ¿Lo dices en serio?”
“Sí, es verdad. Los huesos de mis antepasados son objeto de reverencia y de culto, incluso por parte de los hombres. Cuando los encuentran, no los dejan a la intemperie, sino que se los llevan a tres mil millas y los guardan como reliquias en sus templos del saber, y los veneran”.
“¡Es maravilloso! Ya sabía yo que debías de ser una persona distinguida, por tu buena planta y tus modales cortesanos, y porque no te someten a la indignidad de las trabas, como a mí y a los demás. ¿Me dirías tu nombre?”
“Probablemente lo hayas oído: Soldier Boy”.
“¡¿Qué?! ¿El renombrado, el ilustre?”
“El mismo”.
“¡Me deja sin aliento! Poco podía imaginar que algún día estaría cara a cara con el dueño de ese gran nombre. ¡El caballo de Buffalo Bill! ¡Conocido desde la frontera canadiense hasta los desiertos de Arizona, y desde los confines orientales de las Grandes Llanuras hasta las estribaciones de la Sierra! De verdad que este es un día memorable. ¿Sigues sirviendo al célebre Jefe de Exploradores?”
“Sigo siendo de su propiedad, pero me ha prestado, por un tiempo, a la más noble, la más graciosa, la más excelente, su excelencia Catherine, cabo general del Séptimo de Caballería y teniente de bandera de los Novenos Dragones, U.S.A., ¡la paz sea con ella!”
“Amén. ¿Has dicho su excelencia?”
“La misma. Una dama española, dulce flor de una casa ducal. Y verdaderamente una maravilla; lo sabe todo, es capaz de todo; habla todas las lenguas, domina todas las ciencias, una mente sin horizontes, un corazón de oro, ¡la gloria de su raza! ¡La paz sea con ella!”
“Amén. ¡Es maravilloso!”
“En verdad. Yo sabía muchas cosas, y ella me ha enseñado otras. Tengo estudios. Te hablaré de ella”.
“Te escucho… estoy encantado”.
“Te contaré una historia sencilla, con calma, sin aspavientos, sin elocuencia. Cuando llevaba aquí cuatro o cinco semanas ya era una erudita en asuntos militares, y la nombraron oficial, oficial por partida doble. Hacía la instrucción a caballo todos los días, como cualquier soldado; y era capaz de coger la corneta y dirigir ella misma las evoluciones. Luego, un día, hubo una gran carrera, con premios, en la que solo podían participar los niños. Se apuntaron diecisiete niños, y ella era la más pequeña. Tres niñas y catorce niños, todos buenos jinetes. Era una carrera de obstáculos, con cuatro vallas, todas bastante altas. El primer premio era una corneta de plata a medio tamaño de lo más primorosa, y preciosísima, con cordón y borlas de seda roja. Buffalo Bill estaba muy nervioso; porque él le había enseñado a montar, y deseaba con toda el alma que ganara esa carrera, por la gloria. Así que quería que me montara a mí, pero ella no quiso; y se lo reprochó, y le dijo que era injusto y que no estaba bien, y que era aprovecharse; porque ¿qué caballo de este puesto o de cualquier otro tendría alguna posibilidad contra mí? Y fue muy severa con él, y le dijo: ‘Debería darte vergüenza: me estás proponiendo una conducta impropia de un oficial y un caballero’. Así que él la lanzó al aire unos treinta pies y la cogió al caer, y dijo que estaba avergonzado; y sacó el pañuelo y fingió que lloraba, lo que casi le partió el corazón a ella, y lo mimó, y le suplicó que la perdonara, y le dijo que haría cualquier cosa en el mundo que le pidiera menos eso; pero él dijo que debería ir a ahorcarse, y que tenía que hacerlo si encontraba una cuerda; que era lo justo, porque nunca, nunca podría perdonarse; y entonces ella se echó a llorar, y los dos sollozaban, que a él se le oía a una milla, y ella colgada de su cuello suplicándole, hasta que por fin él se consoló un poco y le dio su promesa solemne de que no se ahorcaría hasta después de la carrera; y de que no lo haría en absoluto si ella la ganaba, lo que la hizo feliz, y dijo que la ganaría o moriría en la silla; así que todo volvió a ir bien y los dos quedaron contentos. Él no puede evitar gastarle bromas, la quiere tanto y ella es tan inocente y tan confiada; y cuando ella se da cuenta, le da un cachete y se pone hecha una furia, pero enseguida lo perdona porque es él; y a lo mejor al día siguiente mismo cae en otra broma; ya ves, no puede aprender, porque no tiene ni pizca de malicia, y los que son así nunca la esperan en los demás.
“Fue una carrera grandiosa. Estaba todo el puesto, y hubo un griterío y un alboroto tremendos cuando los diecisiete chiquillos bajaron volando por el césped y pasaron por encima de las vallas… ¡oh, precioso de ver! A mitad de recorrido iban más o menos codo con codo, y la carrera podía ser de cualquiera y de nadie. Entonces, qué iba a pasar sino que una vaca sale y agacha la cabeza a mordisquear hierba, atravesada de costado delante del batallón, y ellos viniendo como el viento; se separaron para rodearla por los flancos, pero ¿y ella? ¡Pues clavó las espuelas a fondo y pasó volando por encima de aquella vaca como un pájaro! Y siguió adelante, y saltó la última valla sola y en solitario, mientras el ejército soltaba el gran grito, y ella bajó del caballo de un salto igual que si estuviera parado, e hizo su reverencia, y todos se arremolinaron para felicitarla, y le dieron la corneta, y ella se la llevó a los labios y tocó ‘botas y monturas’ para ver cómo sonaba, ¡y BB estaba más orgulloso de lo que te puedas imaginar! Y dijo: ‘¡Quédate con Soldier Boy, y no me lo devuelvas hasta que te lo pida!’, y te aseguro que eso no se lo habría dicho a ninguna otra persona de este planeta. De eso hace dos meses y pico, y desde entonces nadie ha montado en mi lomo más que la cabo general del Séptimo de Caballería y teniente de bandera de los Novenos Dragones, U.S.A., ¡la paz sea con ella!”
“Amén. Te escucho… cuéntame más”.
“Se puso manos a la obra y organizó a los Dieciséis, y los llamó Primer Batallón de los Rocky Mountain Rangers, U.S.A., y ella quería ser la corneta, pero la eligieron teniente general y corneta. Así que tiene más rango que su tío, el comandante, que no es más que general de brigada. ¡Y vaya si entrena a esa gente menuda! Pregunta a los indios, pregunta a los comerciantes, pregunta a los soldados; te lo dirán. Lleva haciéndolo desde el primer día. Todas las mañanas bajan con estrépito a la llanura, y allí está ella sentada en mi lomo con la corneta en la boca, tocando las órdenes y haciéndolos evolucionar durante una hora o más; y no hay nada más bonito que ver a esos ponis disolverse de una formación en otra, y dar vueltas como en un vals, y romper filas, y dispersarse, y volver a formar, siempre en movimiento, siempre con gracia, ahora al trote, ahora al galope, y así sucesivamente, a veces cerca, a veces a lo lejos, igual que en un baile de gala, ¿sabes?, y a veces ella ya no puede contenerse más, y toca ‘a la carga’, ¡y me suelta! Y puedes creerme: si el batallón no nos lleva demasiada ventaja, lo alcanzamos y saltamos los parapetos con la primera línea.
“Sí, son soldados, esa gente menuda; y sanos, además, ya no andan achacosos como a veces les pasaba antes. Es por su instrucción. Ahora tiene un fuerte: Fort Fanny Marsh. El general de división Tommy Drake lo planeó, y el Séptimo y los Dragones lo construyeron. Tommy es el hijo del coronel, tiene quince años y es el mayor del Batallón; Fanny Marsh es general de brigada, y es la siguiente en edad: tiene más de trece. Es hija del capitán Marsh, de la Compañía B del Séptimo de Caballería. La teniente general Alison es con mucho la más pequeña; creo que tiene unos nueve años y medio, o nueve y tres cuartos. Su uniforme militar de teniente general no es para el servicio, es para los desfiles de gala, porque se lo hicieron las señoras. Dicen que lo sacaron de la Edad Media, de un libro, y es todo de sedas y rasos y terciopelos rojos, azules y blancos; calzas, gregüescos, espada, jubón con mangas acuchilladas, capa corta, gorra con una sola pluma; las he oído nombrar esas cosas; las sacaron del libro; dicen que va vestida como un paje de los tiempos antiguos. Es el atuendo más primoroso que haya existido nunca; lo dirás tú mismo cuando lo veas. Está preciosa con él… ¡oh, un sueño! En algunas cosas aparenta justo su edad, pero en otras es tan mayor como su tío, creo yo. Es muy docta. Le enseña la lección a su tío. La he visto sentada a su lado con el libro recitándole lo que pone, para que él aprenda a hacerlo solo.
“Todos los sábados contrata a indiecitos para que guarnezcan su fuerte; luego lo asedia, y hace aproximaciones militares por trincheras imaginarias en una noche imaginaria, y por último, en un amanecer imaginario, desenvaina la espada, toca al asalto y lo toma por asalto. Es para practicar. Y se ha inventado un toque de corneta ella sola, de su propia cabeza, y es un toque vibrante, y el más bonito del servicio. Es para llamarme a mí; nunca se usa para nada más. Me lo enseñó, y me dijo lo que dice: ‘¡Soy yo, Soldier… ven!’, y cuando esas notas emocionantes llegan flotando desde la distancia, las oigo sin falta, aunque esté a dos millas; y entonces… ¡oh, entonces tendrías que ver cómo se ponen a trabajar mis cascos!
“Y me ha enseñado a darle los buenos días y las buenas noches, levantando el casco derecho para que me lo estreche; y también a decirle adiós; eso lo hago con la pata izquierda, pero solo para practicar, porque hasta ahora no ha habido más despedidas que las de mentirijillas, y espero que nunca las haya. Me haría llorar tener que levantar la pata izquierda de verdad alguna vez. Me ha enseñado a saludar, y lo hago tan bien como un soldado. Inclino mucho la cabeza y me pongo el casco derecho contra la mejilla. Me lo enseñó porque una vez caí en desgracia, por ignorancia. Soy un privilegiado, porque se sabe que soy honorable y de fiar, y porque tengo una hoja de servicios distinguida; así que no me ponen trabas, ni me atan a estacas, ni me encierran en los establos, sino que me dejan deambular a mi antojo. Bueno, el desfile de la bandera es una ceremonia muy solemne, y todo el mundo tiene que estar descubierto cuando pasa la bandera, el comandante incluido; y una vez yo estaba allí y, por ignorancia, crucé justo por delante de la banda, lo que fue una desgracia terrible: ¡ah, la teniente general estaba tan avergonzada y tan afligida de que yo hubiera hecho algo así delante de todo el mundo que no pudo contener las lágrimas! Y entonces me enseñó el saludo, para que, si alguna vez volvía a hacer algo impropio de un militar por ignorancia, pudiera hacer mi saludo, y ella creía que todos lo considerarían disculpa suficiente y no insistirían en el asunto. Es muy bonito y distinguido; ningún otro caballo sabe hacerlo; a menudo los hombres me saludan, y yo les devuelvo el saludo. Tengo el privilegio de estar presente cuando los Rocky Mountain Rangers desfilan con la bandera, y me quedo solemne, como los niños, y saludo cuando pasa la bandera. Por supuesto, cuando ella va a su fuerte, sus centinelas gritan ‘¡Formen la guardia!’, y entonces . . . ¿notas ese aroma refrescante de primera hora de la mañana que llega de los pinos de la montaña y de las flores silvestres? La noche va muy avanzada; dentro de poco oiremos las cornetas. Dorcas, la mujer negra, es muy buena y muy amable; cuida de la teniente general, y es la madre del general de brigada Alison, lo que la convierte en la suegra de la teniente general. Eso es lo que dice Shekels. Al menos es lo que creo que dice, aunque nunca consigo entenderlo del todo. Él…”
“¿Quién es Shekels?”
“El perro del Séptimo de Caballería. Bueno, si es que es un perro. Su padre era un coyote y su madre un gato montés. Eso no lo convierte de verdad en un perro, ¿no?”
“En un perro de verdad no, diría yo. Como mucho, en una especie de perro general, supongo. Aunque esto es una cuestión de ictiología, me imagino; y si lo es, me cubre, así que mi opinión no vale mucho, y no pretendo que se le preste demasiada atención”.
“No es ictiología; es dogmática, que es todavía más difícil y enrevesada. La dogmática siempre lo es”.
“La dogmática me supera por completo; así que no compito. Pero, por principio general, mi opinión es que un potro hijo de un coyote y un gato montés no es un perro como Dios manda, sino dudoso. Esa es mi mano, y me planto”.
“Bueno, es hasta donde puedo llegar yo mismo siendo justo y concienzudo. Siempre lo he considerado un perro dudoso, y Potter también. Potter es el gran danés. Potter dice que no es un perro, y que ni siquiera es ave de corral, aunque yo no llego tan lejos.
“Ni yo tampoco. Las aves de corral son una de esas cosas que nadie llega a entender del todo, hay tantas y tan variadas. Son alas, y alas, y alas, hasta que te cansas: pavos, y gansos, y murciélagos, y mariposas, y ángeles, y saltamontes, y peces voladores, y… bueno, de verdad que la tribu no tiene fin; solo de pensarlo me dan arcadas. Pero este no tiene alas, ¿verdad?”
“No”.
“Bueno, pues entonces, a mi entender, es más probable que sea perro que ave de corral. Nunca he oído hablar de aves de corral sin alas. Las alas son la señal de las aves de corral; es por lo que se las reconoce. Fíjate en el mosquito”.
“¿Y entonces qué crees que es? Algo tiene que ser”.
“Pues podría ser un reptil; todo lo que no tiene alas es un reptil”.
“¿Quién te ha dicho eso?”
“Nadie me lo ha dicho, pero lo oí por casualidad”.
“¿Dónde lo oíste?”
“Hace años. Estaba con la expedición del Instituto de Filadelfia en las Badlands, a las órdenes del profesor Cope, buscando huesos de mastodonte, y le oí decir, a él mismo en persona, que toda bacteria vertebrada plantígrada circunfleja que no tuviera alas y fuera incierta era un reptil. Bueno, pues, ¿tiene alas este perro? No. ¿Es una bacteria vertebrada plantígrada circunfleja? Puede que sí, puede que no; pero sin haberlo visto nunca, y juzgando solo por su ascendencia ilegal y espectacular, apuesto una paca de heno contra una papilla de salvado a que lo parece. Por último, ¿es incierto? Esa es la cuestión: ¿es incierto? Que lo digas tú: ¿has oído hablar alguna vez de un perro más inciertísimo que este?”
“No, nunca”.
“Bueno, pues entonces es un reptil. Asunto zanjado”.
“Oye, mira, comoquiera que te llames…”
“Último alias, Mongrel”.
“Y bien bueno, además. Iba a decir que tienes más estudios de los que aparentabas. Me gusta la sociedad culta, y voy a cultivar tu amistad. Ahora, en cuanto a Shekels, siempre que quieras saber algún asunto privado de lo que pasa en este puesto o en el campamento de White Cloud o en el de Thunder-Bird, él te lo puede contar; y si te haces amigo suyo, lo hará encantado, porque es un chismoso de nacimiento y recoge todos los cotilleos. Como es el reptil de todo el Séptimo de Caballería, no pertenece a nadie en particular y no tiene obligaciones militares; así que va y viene a su antojo, y es muy popular entre todos los gatos de las casas y demás fuentes auténticas de información privada. Entiende todas las lenguas, y las habla todas, además. Con un acento como de rechinar de dientes, es verdad, y con una gramática que no es mejor que una blasfemia; aun así, con práctica se le saca la sustancia a lo que dice, y sirve. . . ¡Escucha! Es la diana. . . .
Partitura de la diana [80]
“Lejana y débil, pero ¿no es clara, no es dulce? No hay música como la de la corneta para agitar la sangre, en la quieta solemnidad del crepúsculo del amanecer, con la llanura en penumbra extendiéndose hasta la nada y las montañas espectrales dormitando contra el cielo. Dentro de un minuto oirás otra nota, débil, lejana y clara, como la otra, y todavía más dulce, ya verás. Espera . . . escucha. ¡Ahí está! Dice: ‘¡Soy yo, Soldier… ven!’ . . .
. . . ¡Y ahora, mira cómo salgo disparado como un rayo!”
Traducido del inglés. Leer el original