Diversión ecuestre
Lee Black Beauty en línea – Capítulo 24. Lady Anne, o un caballo desbocado

Capítulo 24. Lady Anne, o un caballo desbocado
A principios de la primavera, lord Wexmire y parte de su familia se fueron a Londres y se llevaron a York con ellos. Ginger, yo y algunos otros caballos nos quedamos en casa para el servicio, y el mozo jefe quedó al mando.
Lady Harriet, que permaneció en la mansión, estaba muy delicada de salud y nunca salía en el coche, y lady Anne prefería montar a caballo con su hermano o sus primos. Era una amazona perfecta, y tan alegre y dulce como hermosa. Me eligió a mí como su caballo y me llamó “Black Auster”. Yo disfrutaba muchísimo de aquellos paseos en el aire frío y limpio, unas veces con Ginger y otras con Lizzie. Esta Lizzie era una yegua castaña clara, casi pura sangre, y una gran favorita de los caballeros por sus hermosos movimientos y su espíritu vivaz; pero Ginger, que la conocía mejor que yo, me dijo que era bastante nerviosa.
Había un caballero llamado Blantyre alojado en la mansión; siempre montaba a Lizzie y la elogiaba tanto que un día lady Anne mandó que le pusieran a ella la silla de amazona y a mí la otra silla. Cuando llegamos a la puerta, el caballero parecía muy inquieto.
“¿Cómo es esto? —dijo—. ¿Te has cansado de tu buen Black Auster?”
“Oh, no, en absoluto —respondió ella—, pero soy lo bastante amable como para dejarte montarlo por una vez, y yo probaré a tu encantadora Lizzie. Tienes que reconocer que, en tamaño y aspecto, se parece mucho más a un caballo de dama que mi favorito.”
“Permíteme aconsejarte que no la montes —dijo él—; es una criatura encantadora, pero demasiado nerviosa para una dama. Te aseguro que no es del todo segura; te ruego que mandes cambiar las sillas.”
“Mi querido primo —dijo lady Anne, riendo—, te ruego que no inquietes tu buena y prudente cabeza por mí. He sido amazona desde que era un bebé, y he seguido a la jauría muchísimas veces, aunque sé que no apruebas que las damas cacen; pero así es, y tengo intención de probar a esta Lizzie que tanto os gusta a todos los caballeros; así que, por favor, ayúdame a montar, como el buen amigo que eres.”
No había más que decir; él la colocó con cuidado en la silla, revisó el bocado y la barbada, le puso suavemente las riendas en la mano y luego me montó a mí. Justo cuando nos poníamos en marcha, salió un lacayo con un papelito y un recado de lady Harriet. “¿Podrían hacer esta consulta de su parte en casa del doctor Ashley y traer la respuesta?”
El pueblo estaba a una milla, más o menos, y la casa del doctor era la última. Fuimos bastante alegres hasta llegar a su verja. Había un corto camino de entrada hasta la casa, entre altos árboles de hoja perenne.
Blantyre desmontó en la verja e iba a abrirla para lady Anne, pero ella dijo: “Te espero aquí; puedes colgar las riendas de Auster en la verja.”
Él la miró con recelo. “No tardaré ni cinco minutos”, dijo.
“Oh, no te apures; Lizzie y yo no nos vamos a escapar.”
Colgó mis riendas de una de las púas de hierro y pronto se perdió entre los árboles. Lizzie estaba quieta al borde del camino, a unos pasos, de espaldas a mí. Mi joven señora iba sentada con soltura, con la rienda suelta, tarareando una cancioncilla. Seguí con el oído los pasos de mi jinete hasta que llegaron a la casa, y le oí llamar a la puerta. Al otro lado del camino había un prado cuya cancela estaba abierta; justo entonces salieron al trote, muy desordenadamente, unos caballos de tiro y varios potros jóvenes, mientras un muchacho detrás hacía restallar un látigo enorme. Los potros iban alocados y juguetones, y uno de ellos cruzó disparado el camino y fue a chocar contra las patas traseras de Lizzie; y si fue el potro atolondrado, o el fuerte chasquido del látigo, o las dos cosas juntas, no sabría decirlo, pero ella soltó una coz violenta y salió lanzada a un galope desbocado. Fue tan repentino que lady Anne estuvo a punto de caer, pero enseguida recuperó el equilibrio. Yo di un relincho fuerte y agudo pidiendo ayuda; relinché una y otra vez, piafando con impaciencia y sacudiendo la cabeza para soltar la rienda. No tuve que esperar mucho. Blantyre llegó corriendo a la verja; miró ansioso a su alrededor y justo alcanzó a ver la figura que huía, ya muy lejos por el camino. En un instante saltó a la silla. No necesité látigo ni espuela, porque estaba tan ansioso como mi jinete; él lo notó y, dándome rienda suelta e inclinándose un poco hacia delante, salimos disparados tras ellas.
Durante una milla y media, más o menos, el camino iba recto, y luego torcía a la derecha, tras lo cual se dividía en dos. Mucho antes de llegar a la curva ya la habíamos perdido de vista. ¿Por dónde había torcido? Una mujer estaba de pie en la cancela de su jardín, haciéndose sombra en los ojos con la mano y mirando con ansiedad camino arriba. Sin apenas tirar de la rienda, Blantyre gritó: “¿Por dónde?” “¡A la derecha!”, gritó la mujer, señalando con la mano, y allá fuimos por el camino de la derecha; entonces, por un momento, la vimos; otra curva, y volvió a desaparecer. Varias veces la vislumbramos y luego la perdimos. Apenas parecía que les ganáramos terreno. Un viejo peón caminero estaba junto a un montón de piedras, con la pala caída y las manos en alto. Cuando nos acercamos, hizo señas de que quería hablar. Blantyre tiró un poco de la rienda. “¡Al ejido, al ejido, señor; se ha metido por ahí!” Yo conocía muy bien aquel ejido; era en su mayor parte un terreno muy desigual, cubierto de brezo y de matas de tojo verde oscuro, con algún viejo espino achaparrado aquí y allá; también había espacios abiertos de hierba fina y corta, con hormigueros y toperas por todas partes; el peor sitio que he conocido para un galope desbocado.
Apenas habíamos entrado en el ejido cuando volvimos a ver el traje de montar verde volando delante de nosotros. Mi señora había perdido el sombrero, y su larga melena castaña ondeaba tras ella. Llevaba la cabeza y el cuerpo echados hacia atrás, como si tirara con todas las fuerzas que le quedaban, y como si esas fuerzas estuvieran a punto de agotarse. Estaba claro que lo accidentado del terreno había reducido mucho la velocidad de Lizzie, y parecía que había una posibilidad de alcanzarla.
Mientras íbamos por la carretera, Blantyre me había dejado hacer; pero ahora, con mano ligera y ojo experto, me guiaba por el terreno de forma tan magistral que apenas aflojé el paso, y decididamente les íbamos ganando terreno.
A mitad del brezal, más o menos, habían abierto hacía poco una zanja ancha, y la tierra de la excavación estaba amontonada de cualquier manera al otro lado. ¡Seguro que esto las detendría! Pero no; casi sin detenerse, Lizzie saltó, tropezó entre los terrones ásperos y cayó. Blantyre gimió: “¡Ahora, Auster, haz lo que puedas!” Me dio una rienda firme. Me recogí bien y, de un salto decidido, salvé zanja y terraplén.
Inmóvil entre el brezo, con la cara contra la tierra, yacía mi pobre joven señora. Blantyre se arrodilló y la llamó por su nombre: no hubo respuesta. Con suavidad le volvió la cara hacia arriba: estaba terriblemente pálida y tenía los ojos cerrados. “¡Annie, querida Annie, habla!” Pero no hubo respuesta. Le desabrochó el traje de montar, le aflojó el cuello, le palpó las manos y la muñeca, y luego se levantó de un salto y miró desesperado a su alrededor en busca de ayuda.
No muy lejos había dos hombres cortando turba que, al ver a Lizzie correr desbocada sin jinete, habían dejado el trabajo para atraparla.
El grito de Blantyre los trajo pronto al lugar. El primero parecía muy afectado por lo que veía y preguntó qué podía hacer.
“¿Sabe montar?”
“Bueno, señor, no soy gran jinete, pero me jugaría el pescuezo por lady Anne; fue extraordinariamente buena con mi mujer este invierno.”
“Entonces monte este caballo, amigo mío (su pescuezo estará a salvo) y cabalgue hasta la casa del doctor y pídale que venga al instante; luego siga hasta la mansión; cuénteles todo lo que sabe y dígales que me manden el coche con la doncella de lady Anne y ayuda. Yo me quedo aquí.”
“Está bien, señor, haré lo que pueda, y ruego a Dios que la querida señorita abra pronto los ojos.” Luego, al ver al otro hombre, gritó: “¡Eh, Joe, corre a por agua, y dile a mi mujer que venga lo más rápido que pueda a atender a lady Anne!”
Después se encaramó como pudo a la silla y, con un “¡Arre!” y un apretón en mis costados con ambas piernas, emprendió el viaje, dando un pequeño rodeo para evitar la zanja. No llevaba látigo, lo que parecía preocuparle; pero mi paso pronto resolvió esa dificultad, y descubrió que lo mejor que podía hacer era agarrarse a la silla y contenerme, cosa que hizo con mucho valor. Yo lo zarandeé lo menos que pude, pero una o dos veces, en el terreno áspero, gritó: “¡Tranquilo! ¡So! ¡Tranquilo!” En la carretera fuimos bien; y en casa del doctor y en la mansión cumplió su encargo como un hombre bueno y leal. Le ofrecieron pasar a tomar un trago de algo. “No, no —dijo—; vuelvo con ellos por un atajo a través de los campos, y llegaré antes que el coche.”
Hubo muchas prisas y mucho revuelo cuando se supo la noticia. A mí me metieron directamente en mi box; me quitaron la silla y la brida y me echaron una manta encima.
Ensillaron a Ginger y la mandaron a toda prisa a buscar a lord George, y pronto oí el coche salir rodando del patio.
Me pareció que pasaba mucho tiempo antes de que Ginger volviera, y antes de que nos dejaran solos; entonces me contó todo lo que había visto.
“No puedo contar mucho —dijo—. Fuimos al galope casi todo el camino y llegamos justo cuando el doctor llegaba a caballo. Había una mujer sentada en el suelo con la cabeza de la señora en el regazo. El doctor le echó algo en la boca, pero lo único que oí fue: ‘No está muerta’. Luego un hombre me llevó a cierta distancia. Al cabo de un rato la subieron al coche y volvimos juntos a casa. Oí a mi amo decirle a un caballero que lo detuvo para preguntar que esperaba que no tuviera ningún hueso roto, pero que todavía no había hablado.”
Cuando lord George se llevó a Ginger para cazar, York sacudió la cabeza; dijo que para entrenar a un caballo en su primera temporada hacía falta una mano firme, y no un jinete tan descuidado como lord George.
A Ginger solía gustarle mucho, pero a veces, cuando volvía, yo notaba que había hecho un esfuerzo excesivo, y de vez en cuando le daba una tos corta. Tenía demasiado espíritu para quejarse, pero yo no podía evitar sentirme preocupado por ella.
Dos días después del accidente, Blantyre vino a visitarme; me dio palmadas y me elogió mucho; le dijo a lord George que estaba seguro de que el caballo sabía del peligro de Annie tan bien como él. “No habría podido contenerlo aunque hubiera querido —dijo—; ella no debería volver a montar ningún otro caballo.” Por su conversación supe que mi joven señora ya estaba fuera de peligro y pronto podría volver a montar. Fue una buena noticia para mí, y esperaba con ilusión una vida feliz.
Traducido del inglés. Leer el original