Arte ecuestre

The Wishing Horse of Oz – Capítulo 6. Una extraña advertencia

· The Equinest

Reina hada con su dragón azul
The Wishing Horse of Oz fue escrito por Ruth Plumly Thompson y L. Frank Baum y sigue las emocionantes aventuras de Dorothy. Esta vez, hay caballos.

Una extraña advertencia

El primer día de la gran celebración amaneció claro y luminoso. La Ciudad Esmeralda nunca había parecido tan reluciente ni tan hermosa. Las banderas ondeaban en cada torre y torreón del palacio; cada casa lucía una guirnalda de flores y hacía ondear una docena de estandartes de seda en la fresca brisa primaveral. Las calles bullían con los súbditos de Ozma, debidamente disfrazados para el gran desfile, y cuando, poco después del mediodía, empezaron a llegar los Visitantes Reales, las campanas del castillo repicaron alegremente, las cien bandas atacaron el Himno Nacional de Oz y las magníficas y hermosas carrozas empezaron a ponerse en fila.

El discurso de bienvenida del Espantapájaros a las Puertas de la Ciudad había sido recibido con un entusiasmo y unos aplausos desbordantes, y ahora, feliz pero algo sin aliento, el incansable Hombre de Paja, montado en el Caballete, conducía a los ilustres Invitados al interior de la Ciudad, donde se unirían al Desfile Real y avanzarían triunfalmente hasta los Jardines del Oeste del parque. ¡Qué gritos y vítores se alzaron de la multitud feliz mientras aquella imponente comitiva, en sus relucientes carruajes o montada en sus corceles favoritos, avanzaba majestuosamente por las calles tachonadas de esmeraldas de la capital! Justo detrás del Espantapájaros, toda de rojo y con su corona de rubíes más alta, iba Glinda, la Buena Hechicera del Sur, cuyo carro tirado por cisnes parecía flotar por sí solo. Marchando alegremente tras la Soberana de los Quadlings venía Nick Chopper, el Emperador Niquelado de los Winkies, pulido hasta el máximo brillo pero democráticamente a pie, desfilando en medio de sus diez espléndidos Guardias Winkies uniformados. Unos pasos por detrás del Leñador de Hojalata, y haciendo cabriolas con una exuberancia apenas contenida, iba el Caballo Gigante, que llevaba con orgullo a Joe King y a la Reina Hyacinth, Rey y Reina de los Gillikins. Y Highboy no solo llevaba bien alta su propia cabeza, sino que había elevado a sus soberanos por encima de todos los demás en el desfile, para que nadie pudiera perderse a los sonrientes y felices soberanos del Norte.

Un deslumbrante dragón azul había tirado del carruaje del Rey Cheeriobed, la Reina Orin y el Príncipe Philador desde la lejana Ciudad Zafiro, y la Familia Real de los Munchkins era todo un espectáculo para la vista. Kabumpo, el Elefante Elegante, resplandeciente con su manto enjoyado, avanzaba balanceándose altivo tras el carruaje azul de Cheeriobed, saludando dignamente con la trompa a sus amigos entre la multitud. En el asiento con dosel que llevaba a lomos iban el Príncipe Pompadore y Peg Amy de Pumperdink, sin duda la pareja joven más apuesta de Oz.

Asomándose con picardía por el costado de su jinrikisha pintada de alegres colores iba el mismísimo y alegre Jinn Rojo, y nadie podía contemplar al rechoncho Mago de Ev sin sentirse más feliz. El cuerpo de Jinnicky era una gran tinaja roja. Llevaba la tapa como sombrero y, cuando se aburría o le entraba sueño, simplemente se retiraba dentro de sí mismo como una tortuga. Pero ahora no tenía ninguna gana de retirarse y lanzaba galletas de jengibre a diestro y siniestro, radiante de interés y de alegría. El Rey y la Reina de Ragbad avanzaban a buen paso en su carruaje descubierto, raído pero cómodo. Con ellos iban el Príncipe Tatters, Urtha, su florida princesita, y el Abuelo, un viejo Soldado con pata de palo que había pasado muchas guerras y penalidades por el bien de su país. Pero la ovación que recibió al Caballero Amarillo fue la más fuerte y la más larga de todas. El Príncipe de Corumbia había vivido muchos años en la Ciudad Esmeralda como Sir Hokus de Pokes, antes de ser desencantado y convertirse en el joven y encantador esposo de la Princesa Marygolden de Corabia. Sir Hokus montaba el Camello Cómodo, y Camy, que también había pasado parte de su vida en la capital, recibió su buena parte de los vítores. La Princesa Marygolden iba montada en Stampedro, el gran caballo de guerra del Caballero, que no dejaba de piafar, y Stampedro era un espectáculo capaz de acelerar el corazón de cualquier niño.

Ato, Rey de las Islas Octágono, y Samuel Salt, un Pirata reformado y ahora Descubridor y Explorador Real de la Corona, viajaban juntos en el Carro Octágono de Ato, tirado por ocho caballos negros que hacían cabriolas, con ocho lacayos con sombreros de ocho lados en el alto asiento detrás de su alegre y pequeña Majestad. Roger, el Pájaro Lector, posado con orgullo en el hombro del Rey, leía en voz alta los letreros y los nombres de las calles mientras rodaban alegremente sobre los adoquines de oro, y se reía para sí en ocho idiomas distintos.

Por último, aunque no por ello menos importantes, llegaron el Rey y la Reina de Seebania, el tío del Rey, más conocido en la Ciudad Esmeralda como Unc Nunkie, y Ojo, el hijo del Rey. El Rey y la Reina iban sentados con compostura en la Carroza de Plata de Seebania, pero Ojo y su oso Snufferbux iban orgullosamente montados a lomos de Roganda, Reina de los Unicornios. Esta hermosa bestia blanca como la nieve, que por casualidad estaba de visita en casa de Ojo en aquel momento, no solo podía lanzar su cuerno como una lanza, sino también hacerlo sonar. El sonido de sus notas claras, como de campana, hizo que más de un trompetista de la banda de Ozma se diera la vuelta con sorpresa y envidia. Esperando a sus impresionantes visitantes estaba la propia Ozma. La Carroza Real de Su Alteza Imperial tenía forma de concha marina. Sobre una esmeralda sin tallar, en el centro, se sentaba la pequeña Soberana de todos los habitantes de Oz, vestida con un reluciente manto blanco y luciendo su centelleante corona de esmeraldas, y nunca en los mil años de su joven vida había estado más hermosa esta encantadora joven hada. También de blanco iban sus damas de compañía, Dorothy, Bettsy y Trot, cada una con una diadema de esmeraldas y una larga vara adornada con flores de primavera.

Cuando el Espantapájaros detuvo triunfalmente su brillante cabalgata, la carroza de Ozma, tirada por el Tigre Hambriento y el León Cobarde, ocupó su lugar a la cabeza del desfile. Las demás Carrozas de la Ciudad Esmeralda, tras esperar a que pasaran los Carruajes Reales y las monturas de los visitantes, los siguieron en un estallido de música y color. El Mago de Oz había elegido una enorme bola verde giratoria sobre la que el ágil y pequeño nigromante mantenía hábilmente el equilibrio mientras avanzaba impulsándose. Tras él venía Jack Cabeza de Calabaza, montado en el Iffin. Herby, el Curandero, agarrado precariamente a la joroba del Dromedario Dudoso, con las píldoras y las cajitas de su botiquín repiqueteando como castañuelas, era otra figura digna de interés. La carroza de Notta Bit More representaba una pista de circo, y las payasadas del payaso, de Pigasus, Bob Up, Scraps, Hank y Grumpy, el oso de la Chica de Retazos, mantenían a los espectadores muertos de risa.

Tik-Tok había montado una vagoneta mecánica que él mismo manejaba. Benny, la estatua viviente de un Benefactor público que había llegado a Oz desde Boston, avanzaba con paso firme, con una expresión de orgullo y profunda satisfacción en sus rasgos bien cincelados. Junto a Benny marchaba el Soldado de las Barbas Verdes, sin mirar ni a izquierda ni a derecha, como correspondía a un hombre que representaba en su propia persona a todo el ejército de Oz al completo. Solo he mencionado a los más destacados de los participantes de la Ciudad Esmeralda en el desfile. Además de ellos, había innumerables personas desfilando y cientos de castillos en miniatura, barcos, enormes serpientes marinas y dragones de fantasía, y en un derroche de color y armonía recorrieron serpenteando las calles de la capital hasta terminar en los Jardines del Oeste del palacio, donde los chicos y chicas del Colegio Atlético del Profesor Wogglebug se lucieron en una serie de exhibiciones gimnásticas y el Espantapájaros estableció un récord absoluto de salto con pértiga.

Cuando Ozma terminó de entregar las copas y los trofeos, el sol había empezado a ocultarse tras las copas de los árboles y, de muy buen humor y con un apetito espléndido, la Comitiva Real y los Invitados Reales se dirigieron hacia el castillo. Allí, Tik-Tok, que se había adelantado a toda prisa, cumplió noblemente con sus deberes de Maestro de Ceremonias. El León Cobarde hizo los honores a los visitantes de Cuatro Patas, llevando a cada uno a un box aireado y equipado con ducha en las Cuadras Reales, para que pudieran descansar y refrescarse antes del Gran Banquete. ¿Y cómo podré yo hacer justicia a aquel acontecimiento deslumbrante?

Por primera vez en su historia, el magnífico Comedor estaba lleno hasta los topes. Aunque era fácilmente tan grande como un parque de la ciudad, apenas cabían las dos largas mesas de banquete, relucientes y cargadas de flores: la primera para los cortesanos e invitados de Ozma, la segunda para los animales del palacio y los animales visitantes. El Espantapájaros provocó un estallido de carcajadas cuando los comensales ocupaban sus puestos, al ponerse unas gafas oscuras para que no se le cansara la vista con el destello de tantas joyas y coronas. Con cada plato de la larga y deliciosa cena, Ozma tenía a su lado a un Rey, una Reina o una Celebridad diferente, y todo estaba tan ingeniosamente organizado que cada invitado tuvo el honor de sentarse un rato junto a la Pequeña Hada Soberana del Reino. Una música suave descendía desde el balcón, donde la orquesta Real se ocultaba tras una enramada de palmeras. Los vistosos mantos y las joyas de los comensales y la vajilla de esmeralda y plata titilaban y centelleaban al resplandor mágico de mil velas. Los cien lacayos eran rápidos y hábiles, los discursos eran breves y alegres, “y nunca”, pensó Dorothy, mirando a su alrededor con un pequeño estremecimiento de satisfacción, “¡nunca ha habido una fiesta tan grandiosa y a la vez tan encantadora!”

El Tigre Hambriento había tenido presentes los gustos y el apetito de cada uno de sus invitados y no solo les sirvieron los mismos manjares que disfrutaban los visitantes de Dos Patas, sino que cada uno tenía además un plato especial para él. Hasta el Dragón pareció disfrutar enormemente de sus cerillas y su mostaza; luego pidió con voz ronca tres cubos de brasas, tras lo cual echó toda una serie de anillos de humo y se quedó cómodamente dormido.

Dorothy y el Mago habían aceptado con la debida modestia sus medallas por el descubrimiento de Oz, y todos los presentes, de pie para esta solemne ceremonia, se sobresaltaron de repente con un chillido agudo de la Chica de Retazos.

“¡Su barba! ¡Su barba! ¡Mirad su barba!”, gorjeó a la tirolesa Scraps. (Sí, creo que “gorjeo tirolés” es lo que mejor describe el ruido emocionado que hacía esta incorregible doncella.)

“¡Su barba, he dicho, se está volviendo ROJA!” Al oír la palabra “barba”, todas las miradas se volvieron hacia el Soldado de las Barbas Verdes, porque su barba era la más larga y la más célebre de Oz.

“¡Anda, pues es verdad!”, exclamó Dorothy asombrada.

“¿Roja?”, se atragantó el Soldado, agarrándose desesperado sus famosas barbas. “¡Ay! ¡Ay! Mi hermosa barba verde… está roja como el fuego. ¡Ay! ¡Ay! ¿Cómo voy a ser el Soldado de las Barbas Verdes si mi barba se queda roja? ¿Quién ha hecho esto? ¡Mago! Mago, ¿me estás gastando una broma?”

“Desde luego que no, Soldado. Yo sería el último en tocar tu sagrada barba. ¡Silencio, por favor! ¡Silencio! Esto es sumamente extraño e inquietante.” Subiéndose de un salto a su silla, el pequeño Mago de Oz recorrió la sala con una mirada inquieta.

“¿Duelen? ¿Las barbas rojas duelen?”, preguntó Scraps, mientras los invitados Reales, sin saber muy bien si reír o compadecerse, contemplaban con curiosidad la barba en llamas del Ejército de Oz.

“Me… me duelen en el alma”, lloriqueó el pobre Soldado, apartando con asco sus barbas erizadas. “Nunca me acostumbraré a una barba roja. ¡Nunca! ¡Nunca!”

“¿Por qué no te la cortas?”, preguntó el Príncipe Pompadore, aguantándose la risa con cierta dificultad.

“¿Qué? ¿Cortarme mis hermosas barbas? Pero si… si prefiero perder la cabeza”, gimió el Soldado con un escalofrío de horror. “¿Qué aspecto tendría? ¿Cómo iba a luchar? ¡Ay! ¡Ay! ¡Esto es ridículo!” Enterrando la cara en la servilleta, el desconsolado ejército de Ozma salió precipitadamente de la sala.

“Más bien rojículo, si me preguntas”, comentó el Espantapájaros con su voz guasona.

“¡No, no, es MAGIA!”, masculló el Mago, bajándose ágilmente de la silla. “Esperad, tengo que consultar mi libro de magia roja y presagios.”

“Y yo iré contigo”, se ofreció Jinnicky, saliendo rodando rápidamente de su asiento acolchado. “Ya sabes que la magia ROJA es mi especialidad.” Así que, del brazo, el Mago de Oz y el Mago de Ev se marcharon juntos a toda prisa.

“Pues yo puedo deciros lo que significa sin consultar ningún libro”, dijo el Espantapájaros mientras Ozma, con aire bastante preocupado, volvía a ocupar su sitio e indicaba a los demás que hicieran lo mismo. “Es una advertencia”, declaró el Espantapájaros, alzando el brazo con rigidez. “Alguien viene a plantarnos cara, y barba, en nuestra propia guarida (perdona que me refiera a tu castillo con tan poca ceremonia, querida)”, le hizo a Ozma una pequeña reverencia de disculpa y luego continuó con seriedad, “un peligro exterior amenaza el Reino de Oz.”

“¿Quién se atrevería a amenazar la soberanía de nuestro país?”, preguntó el Caballero Amarillo, blandiendo la espada.

“¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”, relinchó Highboy, elevándose tan de repente que se dio con la cabeza contra el techo.

“Tú deberías saberlo, que lo ves todo desde tan arriba”, rio el Espantapájaros, que no podía resistirse a un chiste ni siquiera cuando estaba más serio. “Pero cálmate, buen caballo, todavía no estás en peligro.” ¡Peligro! La palabra, corta y fea, cayó como una bomba en aquella reunión alegre y despreocupada. Dorothy, con una pequeña punzada de consternación, vio al León Cobarde meterse a gatas debajo de la mesa y, buscando el pañuelo en el bolsillo, sacó en su lugar una de las píldoras de los deseos del Mago. Se la había dado para que pudiera visitar el palacio de mazorcas del Espantapájaros la semana siguiente, y hacerlo simplemente deseando estar allí en lugar de hacer el viaje. Dorothy estuvo dándole vueltas a la píldora entre los dedos, pensativa, durante un minuto o dos y luego, con un gesto rápido y repentino, se metió la pastillita en la boca.

“Pase lo que pase, ayúdame a salvar a Ozma y a Oz”, murmuró Dorothy y, tragándose la píldora, recorrió la sala con mirada atenta en busca de nuevas señales de advertencia o de desastre.

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Traducido del inglés. Leer el original