Arte ecuestre
The Wishing Horse of Oz – Capítulo 5. Una gran celebración en Oz

The Wishing Horse of Oz fue escrito por Ruth Plumly Thompson y L. Frank Baum y sigue las emocionantes aventuras de Dorothy. Esta vez, hay caballos.
Una gran celebración en Oz
“¿A qué vienen todas las joyas de la corona, viejo Toz?” Apoyando la barbilla en el alféizar, Highboy miró con curiosidad el vestidor de Joe King, soberano de los Gillikins y de todos los países morados de Oz. Los aposentos del Rey estaban en el décimo piso del palacio real, pero eso no suponía ninguna diferencia para Highboy, porque Highboy era un caballo gigante cuyas patas telescópicas podían subirse o bajarse a cualquier altura, lo que lo convertía en uno de los animales más asombrosos y divertidos de Oz. “Oye, ¿vamos a algún sitio en particular?”, preguntó arrastrando las palabras con curiosidad mientras el Rey, engalanado con su mejor abrigo de viaje con galones y su corona de amatistas, se contemplaba alegremente en el espejo de cuerpo entero.
“¡VAMOS!”, rio entre dientes el alegre monarca, volviéndose con una sonora carcajada. “¡Jo, jo, JO! ¿Y cómo sabes que TÚ vas a ir?”
“Bueno, veo que llevas tus mejores botas moradas, y cuando el Rey de todos los Gillikins se pone sus mejores botas moradas, suele montar su mejor caballo morado, ¿no es así?”
“Cierto”, admitió el Rey de buen humor. “Y ya puestos te digo que vamos a la capital por invitación expresa de Su Alteza Imperial, ¡la Reina Ozma de Oz!” El Rey carraspeó con aire importante. “Va a celebrarse un gran festival para conmemorar el descubrimiento de Oz por los mortales, y los honores se repartirán a partes iguales entre el famoso Mago, que llegó aquí en globo desde Omaha hace muchos años, y la pequeña Dorothy, que vino algo más tarde a lomos de un ciclón de Kansas. No solo estarán presentes los soberanos de los cuatro Reinos de Oz, sino también muchos otros personajes importantes y de sangre real.”
“¿Y bien? ¡Pues sí que estamos bien!”, trompeteó el caballo gigante con voz aguda. “Ahí estás tú, reluciente como el pomo de una puerta, y ni una palabra para mí. ¿Qué aspecto tendré yo? ¿Por qué no me lo dijeron antes? ¿Cuándo salimos?”
“En cuanto Su Majestad decida qué ponerse y qué llevarse”, respondió el Rey con un guiño solemne.
“Ah, entonces tengo tiempo de sobra.” Highboy suspiró profundamente aliviado. “Así que estamos invitados a la Ciudad Esmeralda, ¿eh? Qué perfectamente perfe, qué sencillamente magnífi. ¡Billy! ¡Tommy! ¡¡JIM!!” Mientras llamaba a cada uno de los pequeños mozos de cuadra, Highboy fue bajando un par de pisos y, cuando llegó a la altura normal de un caballo con los cascos en el suelo, ya había encargado un baño, unas ondas en la crin, un champú de aceite y una manicura de cascos. De hecho, los preparativos de Highboy para la fiesta avanzaron a buen ritmo y, con los tres mozos correteando tras él con cubos, cepillos y esponjas, trotó inquieto de un lado a otro de su gran cuadra aireada eligiendo su silla y su brida más espléndidas y su manta con trenzado de plata para el viaje. El caballo gigante quería causar una impresión que mantuviera, si no realzara, el honor y la reputación de los Gillikins. Estaba deseando renovar su amistad con Trot, una niña mortal que vivía en el palacio, con Herby, el Curandero, y con los muchos otros personajes interesantes que había conocido en una visita anterior a la capital.
En los Reinos de los Munchkins, los Quadlings y los Winkies también reinaban un animado bullicio y un gran ajetreo de preparativos, y en muchos de los reinos menores los Reyes, Reinas y Potentados se preparaban para el gran festival de primavera de la Ciudad Esmeralda. Y puedes imaginarte la diversión y la emoción en la propia capital. Todo el mundo tenía algún papel especial en el programa; hasta los perros y los gatos corrían de aquí para allá muy ufanos haciendo innumerables recados como pequeños mensajeros, con las orejas y la cola temblando de interés y expectación. Después de que los visitantes fueran recibidos oficialmente a las puertas de la ciudad, habría un desfile imperial con bandas de música, carrozas y obsequios para todos. Luego habría juegos, carreras y otras emocionantes pruebas atléticas, y un gran banquete en el Palacio Real. Un baile de linternas mágicas en el jardín de Ozma completaría los festejos del primer día. Para el segundo, se habían preparado para la mañana desfiles y cuadros vivos que representaban los acontecimientos más importantes de la historia de Oz. Notta Bit More, un payaso de circo que había llegado a Oz desde Filadelfia, iba a montar un circo al aire libre por la tarde, con la ayuda de Bob Up, el huérfano que había venido con él, y de todos los animales famosos de la Ciudad Esmeralda. A juzgar por los chillidos, los gritos y las risas desternillantes que salían de la enorme carpa blanca levantada justo al otro lado de la muralla de la ciudad, prometía ser un éxito rotundo.
Después del circo, Ozma había previsto una cena campestre a orillas del río Winkie, seguida de demostraciones de magia a cargo del Mago de Oz y de Glinda, la Buena Hechicera del Sur, y por último, aunque no por ello menos importante, un espléndido espectáculo de fuegos artificiales enviado especialmente para la gran ocasión por Happy Toko, Emperador de las Islas de Plata. No es de extrañar que los niños de la Ciudad Esmeralda no pudieran pensar en otra cosa que en la celebración que se avecinaba. No es de extrañar que Dorothy, Trot y Bettsy Bobbin, las pequeñas mortales que vivían en el gran palacio y eran Princesas por derecho propio, estuvieran demasiado ocupadas para pensar en sus títulos o preocuparse por sus coronas. Dorothy, la primera de las tres en llegar a la capital, era la compañera favorita de Ozma, y quizá la más atareada de todas. No solo había planeado todos los cuadros vivos y desfiles, sino que también se encargaba por completo de decorar el palacio y la Ciudad Esmeralda. El Espantapájaros, a quien Dorothy había descubierto en su primer viaje a Oz, era su ayudante más dispuesto e incansable. Este animado caballero relleno de paja tenía un cerebro que le había dado el Mago y gozaba de gran favor y de constante demanda gracias a su alegría natural y su carácter afable.
En ese momento, él y Dorothy supervisaban la construcción de un arco floral sobre las grandes puertas enjoyadas de la Ciudad. Este arco, cultivado y cuidado por el Mago, estaba hecho con tanta magia que, cuando cada visitante cruzaba la entrada, un ramillete de fragantes flores de primavera atado con una cinta le caía suavemente en el regazo. Dorothy y el Espantapájaros lo habían probado, para su total deleite y satisfacción, y ahora, abrazados a sus grandes ramos, observaban a tres enérgicos jardineritos atar los últimos zarcillos de la enredadera mágica a la pérgola pintada de alegres colores.
“¿Sabes?”, dijo Dorothy, asomándose por encima de las flores para mirar al Espantapájaros, “casi no puedo esperar a mañana. Pensar que veremos a Sir Hokus y a Ojo y a Unc Nunkie y a Urtha y al Príncipe Tatters y a todos los demás…”
“Y ellos también nos verán a nosotros, no lo olvides”, sonrió radiante el Espantapájaros, cerrando un ojo de algodón. “Y ahora, si crees que puedes arreglártelas unos minutos sin mí, más vale que vaya a estudiarme mi discurso de bienvenida.”
“Ah, ¿TÚ das el discurso de bienvenida? ¡Qué estupendo! ¡Qué emocionante!” Dorothy miró con admiración a su amigo más antiguo de Oz.
“Sí, y también doy el discurso de entrega de medallas a los Descubridores de nuestro país”, le confió el Espantapájaros, sacando la barbilla y adoptando una pose. “¿Cómo te sentirás cuando te prenda esa medalla en el pecho, niña?”
“Bueno”, suspiró Dorothy, mirando soñadora por encima de su ramo, “no podría sentirme más feliz de lo que me siento ahora, pero desde luego será un gran honor, Espantapájaros.”
“¡Un gran honor! Ya lo creo que sí, requetesí. Pero ¿y si olvido mi discurso justo en mitad de una palabra?” El Espantapájaros se echó hacia atrás su viejo sombrero azul y frunció la frente con preocupación. “¿Cómo me sentiré con todos esos Reyes y Reinas mirándome fijamente? De verdad, creo que Ozma debería encargarle los discursos a otro.”
“Ay, anda ya”, rio Dorothy, dándole un empujoncito. “¿No tienes un cerebro mágico? Serás un orador espléndido.”
“¿Tú crees? Bueno, haré lo que pueda.” Algo más tranquilo, el Espantapájaros le dio unas palmaditas a Dorothy en el hombro y se marchó por el parque. Por cómo agitaba los brazos, Dorothy supo que estaba ensayando y, con una sonrisita divertida, volvió a toda prisa al palacio para dar los últimos toques a la decoración del salón del trono de Ozma. A mitad de camino se encontró con el Tigre Hambriento, que llevaba una gran cesta entre los dientes, seguido de diez pinches de cocina que también cargaban cestas enormes.
“¡Madre mía, Tige! ¿Qué es esto?” Dorothy miró sorprendida la pequeña procesión. El Tigre Hambriento y el León Cobarde viven en la Ciudad Esmeralda casi desde hace tanto tiempo como Dorothy y, aunque el apetito del tigre es tremendo y siempre amenaza con comerse a un bebé gordito, nunca lo ha hecho y es tan manso como Eureka, la gatita de Dorothy.
“Ah, ¿no te habías enterado?” El Tigre Hambriento dejó la cesta en el suelo y se alisó los bigotes con satisfacción. “Soy el jefe del comité de recepción de todos los animales visitantes y ahora mismo voy a comprar refrigerios para el gran banquete y la merienda campestre. Y confía en mí”, le hizo a Dorothy un amplio guiño, “para hacerlo como es debido. A ver esa lista, Kapo.” Tomando una larga tira de papel del primer pinche, empezó a recitar con voz monótona los nombres de los famosos ciudadanos de cuatro patas de la capital y luego la lista de visitantes.
“Por supuesto, tiene que haber carne para el León Cobarde y para mí”, murmuró el Tigre, parpadeando con sueño. “Luego está Hank, la mula de Bettsy Bobbin, y Doubty, ese dromedario que trajisteis tú y Sir Hokus de uno de esos viajes tan extraños; y no debemos olvidar al Iffin de Peter, aunque no coma mucho. Apunta una caja de violetas y geranios para el Iffin, Kapo, muchacho. El Caballete de Ozma y el Woozy, como son de madera, no necesitan comida, pero ese estupendo cerdo rosa, Pigasus, come tanto como una docena de caballos, y también hay que atender a Toto, tu perrito, y a Billina, y a Grumpy, el oso de Scraps.”
“Claro”, asintió Dorothy, apoyando el codo en el lomo del Tigre para leer la lista por encima de su hombro. “Pero todos ellos viven aquí. ¿Quién viene del extranjero, Tigre?”
“Bueno”, le confió el Tigre, “te alegrará saber que nuestro viejo amigo el Camello Cómodo hace el viaje con Hokus, quiero decir, con el Caballero Amarillo, y Marygolden, la Princesa con la que se casó, viene montada en un caballo de guerra llamado Stampedro. El Rey y la Reina de los Gillikins harán el viaje a lomos del Caballo Gigante (cuántos caballos, ¿verdad?), y espero que Highboy mantenga las patas dentro de unos límites. Me pone nervioso ver a una criatura de una altura en un momento y de otra al momento siguiente. ¿Sabías que el Príncipe de Pumperdink trae a Kabumpo, el Elefante Elegante?”
“¿No querrás decir que Kabumpo lo trae a él?”, intervino Dorothy con picardía. “¿Y no te alegrarás de volver a verlo?”
“Sí, me alegrará bastante verlo”, murmuró el Tigre, “pero darle de comer es todo un problema.”
“Bueno, tú eres el más indicado para hacerlo”, dijo Dorothy, alisando la arruga que se le formaba entre las orejas puntiagudas. “Con el apetito tan grande que tienes, sabrás exactamente el hambre que puede tener un elefante. Veo que también has apuntado a Roger.”
“Estoy casi seguro de que el Rey Ato traerá a su Pájaro Lector, así que voy a pedir una docena de cajas de galletas de animalitos para Roger y un barril de manzanas para Snufferbux.”
“Me pregunto si bailará para nosotros.” A Dorothy se le iluminaron los ojos, porque le había tomado mucho cariño al fiel oso con el que Ojo había recorrido todo Oz. “Seguro que estará alegre y lleno de ganas de divertirse.”
“Y hambriento como un oso”, suspiró el Tigre con el ceño fruncido de preocupación. “Pero eso es fácil comparado con un dragón. El Rey Cheeriobed trae un dragón, y este dragón está a dieta de mostaza y azufre; imagínate, niña, y OYE, más vale que me vaya o nunca terminaré la compra.”
“Y yo también tengo que irme”, dijo Dorothy, recordando sus muchas responsabilidades. Así que, dándole al Tigre un tirón cariñoso de la oreja, volvió corriendo hasta el palacio. En el salón del trono encontró a Ozma y a Tik-Tok en una tranquila reunión.
“He nombrado a Tik-Tok Maestro de Ceremonias”, dijo Ozma, alzando la vista con una sonrisa de bienvenida, “porque nunca olvida lo que le han dado cuerda para recordar.”
“Y yo me aseguraré de que no le falte cuerda”, prometió Dorothy, dándole unas palmaditas al hombre mecánico en su hombro de cobre. Tik-Tok era otro de los descubrimientos de Dorothy y había sido fabricado por un mago para ser esclavo del Rey de Ev, pero allí estaba, gracias a Dorothy, disfrutando de una vida interesante y desahogada en la capital. Tik-Tok podía hablar, pensar y moverse tan bien como cualquiera cuando tenía cuerda, y era mucho más fiable e incansable que una persona de verdad.
“Me to-ca a-nun-ciar a los vi-si-tan-tes cuan-do en-tren en el pa-la-cio y a-com-pa-ñar-los per-so-nal-men-te a sus a-po-sen-tos re-a-les”, le dijo Tik-Tok a Dorothy con su manera lenta y precisa. “Oz-ma pue-de con-fiar en mí por com-ple-to y to-do i-rá co-mo un re-loj.” Con dos reverencias rígidas y haciendo tictac de pura importancia, el hombre de metal salió orgulloso de la sala.
“Como un reloj. ¡Ja, ja! ¿Lo has oído? ¿Y cómo no, con un hombre de cuerda al mando? Ay, Ozma, ¿no está todo espléndido y precioso?” Rodeando con el brazo la esbelta cintura de la pequeña Reina, Dorothy contempló el hermoso salón del trono. Cada ventana y cada puerta estaban adornadas con guirnaldas de flores, mientras que cientos de palmeras, helechos y banderines de seda ondeantes le daban un aire inusual de pompa y ceremonia. “A ver…”, murmuró Dorothy, alisando los pliegues de una cortina de raso blanco. “Yo me pondré a tu derecha, Bettsy Bobbin y Trot a tu izquierda, y la Chica de Retazos te llevará la cola en la gran recepción. ¿Crees que puedes fiarte de ella, Ozma? Seguramente intentará saltar a la comba con ella o agitarla como un pañuelo.”
“Bueno, Scraps se porta bastante bien, teniendo en cuenta lo atolondrada que es”, observó Ozma con una sonrisita, “y se llevaría una decepción enorme si no estuviera con nosotras. Seguro que puedo fiarme de ella, al menos durante un ratito.”
“¿Fiarse de mí? ¿Fiarse de mí? ¡Qué disgusto me das a mí!”, gritó una voz alegre, y Scraps, que había estado espiando entre las cortinas del fondo de la sala, se lanzó a la carrera en un largo resbalón y aterrizó en un montón muy poco femenino al pie del estrado que conducía al trono. Scraps, hecha con una vieja colcha de retazos y rellena de algodón, había sido traída a la vida por un mago para servir a su esposa, pero la Chica de Retazos había llegado a la Ciudad Esmeralda con Ojo y nunca había vuelto con sus creadores, pues despreciaba la humilde carrera de criada. Era tan alegre y divertida que Ozma le había permitido quedarse en el palacio.
“¿Tendré que entrenarme para llevar la cola?”, preguntó, poniéndose de pie de un salto y adoptando una pose tan cómica que tanto Dorothy como Ozma tuvieron que reírse.
“Claro que no”, dijo Ozma con amabilidad. “Solo ten cuidado y no hagas gimnasia durante la recepción.”
“Ay, tendré cuidado y estaré tan digna que seguramente se me saltará una costura, pero espera a ver el gran número aéreo que desafía el equilibrio que voy a hacer en el gran espectáculo”, resopló Scraps, haciendo brillar con jactancia sus ojos de botón. “Voy a andar por la cuerda floja en el circo de Notta, así que ADIÓS, chicas, tengo que ir a practicar.”
“Bueno, aunque se caiga no pasará nada”, comentó Dorothy con un ligero escalofrío mientras la Chica de Retazos saltaba sin miramientos por la ventana y, levantándose del suelo, se dirigía al recinto del circo, al borde del parque.
“Ay, Ozma, con toda la gente interesante que ya hay aquí y con todos los personajes grandiosos y emocionantes que van a venir, creo que lo pasaremos mejor que nunca desde que se descubrió Oz.”
“¿Te alegras de habernos descubierto?” Dándole un apretón cariñoso, Ozma enlazó su brazo con el de Dorothy. “Vamos a ver qué tal le van al Mago sus trucos para la merienda campestre.”
Dorothy asintió con entusiasmo y, de la mano, las dos niñas cruzaron a toda prisa el pasillo hacia el laboratorio del maravilloso Mago de Oz.
Traducido del inglés. Leer el original