Arte ecuestre

The Wishing Horse of Oz – Capítulo 2. El Rey y el mercader

· The Equinest

Rey sentado en un trono con un collar de esmeraldas
The Wishing Horse of Oz fue escrito por Ruth Plumly Thompson y L. Frank Baum y sigue las emocionantes aventuras de Dorothy. Esta vez, hay caballos.

El Rey y el mercader

Habían pasado dos días desde que Skamperoo había entrado en posesión del collar de esmeraldas. No se lo había quitado ni un momento. Hasta dormía con él puesto, y se pasaba la mayor parte del día admirándose a sí mismo y al collar en los espejos del palacio. Ahora, mientras la tarde del segundo día tocaba a su fin, no dejaba de ir dando saltitos hasta las ventanas que daban al Camino Real.

“Si ese bribón no aparece pronto, yo—yo—”

“Explotarás, probablemente”, predijo Pinny Penny, que estaba haciendo un solitario con la única baraja de cartas que había en el castillo. “Cálmate, Skamper. Bien mirado, ¿de qué sirven esas esmeraldas?”

“¿Que de qué sirven? ¿Que de qué sirven? Valen más que todo este miserable castillo”, respondió el Rey, indignado. “Puedo venderlas y comprar—no, no, nunca me desprenderé de ellas”, se corrigió apresuradamente. “Me hacen sentir importante y poderoso. Nuestra estrella ha salido, Pinny Penny. Nos esperan grandes días. ¡Atención! ¡Escucha! ¿Eso son pasos en el patio?” Volviendo como una flecha a la ventana, el corpulento monarca aplastó la nariz contra el cristal. “¡Es Twoby! ¡Es Twobyfour!”, gritó, dando saltos como un colegial. “Y viene con un forastero alto y barbudo.”

“Si Su Majestad tiene a bien sentarse tranquilamente, procuraré anunciarlos”, le reprendió Pinny Penny, recogiendo sus cartas. “Recuerda que eres un Rey y no un muñeco saltarín.”

“Ay—está bien.” Skamperoo se dejó caer pesadamente entre sus cojines y al poco el ruido de pasos por el corredor anunció la llegada del tan esperado Supervisor. Pinny Penny avanzó muy tieso a su encuentro y, tras una conversación en susurros, anunció con voz aburrida:

“¡Twobyfour, Gobernador de nuestra Segunda Provincia, y Matiah, el Mercader, Majestad!”

“¡Sí! ¿Sí? Pero ¿dónde están las esmeraldas?”, jadeó Skamperoo, inclinándose ansioso hacia delante mientras los dos viajeros se acercaban respetuosamente al trono.

Sacando una bolsita de su jubón de cuero, Twobyfour se la tendió al Rey de mala gana.

“Aquí las tiene, Majestad, y aquí está también el mercader que va con el collar.” Twobyfour señaló con altivez al skampaviano con turbante que estaba a su lado.

“¡Sí! Sí, el mercader.” El Rey, absorto en las joyas, ni siquiera levantó la vista. “¿Que va con los collares, dices? Pues bien, ¡ja!, ¡ja!, ahora puede irse sin ellos. Eso es todo lo que necesito de ti, buen hombre; tu presencia aquí no es necesaria ni deseable. Puedes irte. VETE, ¿entendido?”

“¿Que me vaya?” Matiah se irguió en toda su estatura, que era bastante alta, te lo aseguro. “¿Quizá Su Majestad querrá sugerirme adónde? Por estos tres collares cambié mi casa, mis tiendas y todas mis demás posesiones. Dices que eso es todo, y desde luego que lo es. Ya que te has quedado con todo lo que poseo, Su Majestad tendrá que quedarse también conmigo. Me debes el sustento y aquí estoy para decirlo.”

“No digas más”, intervino Pinny Penny en tono conciliador.

“Matiah tiene razón, Skamperoo, y está en todo su derecho. Tenemos que hacerle un sitio en el palacio. ¿Qué sabes hacer?”, preguntó con sentido práctico.

“¿Hacer?” El mercader abrió mucho los ojos. “¿Hacer? Soy un mercader acostumbrado a comerciar con joyas, porcelana, telas y cestería.”

“Entonces eres justo el indicado para echar una mano en la cocina y en la lavandería”, propuso Pinny Penny, muy animado. “No hay joyas, pero cebollas y patatas tenemos a montones, y con los platos sucios y los cestos de ropa sucia te sentirás como en casa.”

“¿Qué?”, chilló Matiah, mientras Twobyfour se reía disimuladamente tapándose la boca con la mano. “¿A mí me piden este trabajo tan ruin y servil—a Matiah, hijo de Metorah, hijo de Metanic—, mercaderes desde hace miles de años? ¡Esto es absurdo! ¡Un ultraje! ¡Me iré! Desde luego que me iré. Empezaré una guerra, un levantamiento—¡una revolución! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!”, gritó el mercader con voz chillona. “El Rey me ha robado mis esmeraldas.”

“¡Para! ¡Para! No tan alto”, suplicó Skamperoo, saltando ágilmente del trono y correteando ansioso tras Matiah. “Puedes dejarnos, Pinny Penny; creo que puedo encontrar algo mejor que el trabajo de cocina para este honrado ciudadano.”

“¡Hum!”, bufó Pinny Penny y, haciendo una seña a Twobyfour para que lo siguiera, salió de la presencia real con aire de desaprobación.

“No le hagas caso al viejo Pinny”, resopló el Rey, dejándose caer algo sin aliento en su trono. “Vamos, vamos, siéntate y ponte cómodo. Como iba diciendo, Pinny Penny tiene a veces ideas muy raras.”

“Muy raras”, convino Matiah y, sentándose en una silla frente al Rey, clavó los ojos con codicia en las relucientes cadenas, ahora bien abrochadas alrededor del gordo cuello del monarca.

“Bueno, pues tenemos que encontrar algo fácil y agradable para ti”, prosiguió el Rey, rascándose una oreja, pensativo. “Podrías, eh—podrías pasar el tiempo entreteniéndome. Apuesto a que estás lleno de buenas historias, canciones y trucos divertidos, ¿no?”

“¿Trucos?”, exclamó el mercader, levantando la nariz con desdén. Entonces un brillo repentino asomó a sus ojillos negros. “¡Trucos!”, repitió en tono más amable. “Ah, Su Majestad tiene razón. Qué bien ha adivinado mi secreto.” Inclinándose hacia delante, se llevó la mano a la boca y, mirando furtivamente por encima del hombro, susurró con voz ronca: “Soy mago, oh Rey, y experto en las artes de la hechicería.”

“¡Hechicería!”, exclamó Skamperoo, abrazándose la barriga, encantado. “¡Qué perfectamente panórmico! La magia es justo lo que nos hace falta por aquí. Dime, rápido, ¿qué sabes hacer? ¿Cuánta magia sabes?”

“¿Hay algún lugar donde podamos estar completamente solos?” Matiah levantó la mano con aire misterioso. “Nadie debe saber que soy mago—tiene que ser un secreto entre nosotros.”

“¡Claro! ¡Claro!”, asintió el Rey, bajando rodando del trono con más rapidez que dignidad. “Ven a mi jardín privado amurallado. Allí nadie puede oírnos.”

“¿Nadie?”, preguntó Matiah con brusquedad. “¿No hay entonces guardias en la muralla?”

“Ni guardias—ni criados—no se permite entrar a nadie en mi jardín”, le aseguró el Rey con orgullo.

“¿Y hay una puerta en la muralla del jardín?” Matiah, acariciándose la larga barba, se quedó mirando al Rey, pensativo. “Mi primer truco necesita una puerta.”

“Pues claro que hay una puerta; si no, ¿cómo iba a entrar y salir yo? ¡Vamos, vamos!” Contoneándose hasta el corredor, Skamperoo se dirigió a trote ligero hacia su jardín privado. Matiah, sonriendo con malicia para sus adentros, siguió al Rey con paso sigiloso. Una vez en el jardín, pensaba hacerse con sus collares, aunque para conseguirlos tuviera que cortarle la cabeza al Rey.

“Un solo tajo de mi cimitarra”, murmuró el mercader para sí. “¡Jo, jo! ¡Esto es demasiado fácil!” El jardín del Rey, cuando llegaron, no era más que un pequeño cuadrado arenoso con unos cuantos cactus en el centro y un banco desvencijado contra la muralla. Sentándose pesadamente en el banco, Skamperoo le hizo sitio al mercader a su lado.

“Bueno, pues”, gruñó con prisa. “Empieza. Enséñame lo que sabes hacer. Demuestra que eres mago.”

“Primero necesito los collares”, afirmó Matiah con calma. “Sin las esmeraldas no puedo hacer ni un solo truco.”

“Pero—pero—si la magia está en las esmeraldas, puedo ser mi propio mago”, respondió Skamperoo, aferrando las cadenas con ambas manos.

“Pero Su Majestad no es mago”, le dijo Matiah con mucha lógica. “No conoce las palabras ni los conjuros adecuados. No, debo ser yo quien lleve estas joyas mágicas. ¿Y qué hay de malo en ello? En cuanto se cumpla tu deseo, te las devolveré enseguida.”

“¿Qué es eso? ¿De verdad puedes conceder deseos?” Los ojos de Skamperoo empezaron a chispear y a bailar de codicia y de interés.

“Por supuesto”, prometió Matiah, echando un vistazo astuto al otro lado del cuadrado y calculando a ojo la distancia que tendría que correr para llegar a la puerta de la muralla del jardín. “Lo único que tienes que hacer es pensar en algo que quieras, cerrar los ojos y contar despacio hasta cien, y yo, con los tres collares puestos, te concederé el deseo sin ninguna dificultad. Creía que confiabas en mí y que íbamos a ser amigos”, terminó en tono de reproche.

“Y lo somos—eh—es decir—¡TOMA, quédatelos!” Desabrochando las pesadas cadenas, Skamperoo, que ya tenía un deseo en mente, se las puso al mercader en las manos. Cerrando los ojos, formuló su deseo y empezó a contar como un histérico: “Uno—dos—tres—cuatro—cinco—seis.” Al llegar a seis, Matiah ya había cruzado medio jardín cuando, ¡horror! Un gran caballo blanco de cola y crin doradas cayó del cielo como una plomada. Escarbando la arena en el camino de Matiah, lanzó tales destellos malignos con sus ojos amarillos que el mercader cayó de espaldas entre los cactus, donde se quedó chillando de susto, de dolor y de asombro. Pero Skamperoo, creyendo que todos los ruidos que oía no eran más que conjuros mágicos, siguió contando tranquilamente. Había llegado a sesenta antes de que Matiah se recuperara lo bastante como para salir a rastras de los cactus y volver con cautela al banco. El inmenso caballo blanco seguía mirándolo con aire amenazador, pero como no hizo ningún intento de abalanzarse sobre él, empezó a recuperar un poco de su seguridad y su valor habituales.

“¡Por el gran Garoo! Así que sí había magia en las esmeraldas. Sin duda, este caballo era el deseo del Rey hecho realidad, ¡un deseo bestial!”, se estremeció el mercader mientras contemplaba fascinado al monstruo que piafaba y se preguntaba qué hacer a continuación. Le daba miedo pasar corriendo junto al caballo blanco y escapar con las joyas, pero ¡AJÁ!, podía formular un deseo para sí mismo, un deseo que lo llevara a él y a las esmeraldas lejos de Skampavia, cuanto más lejos mejor. Cerrando los ojos, masculló una frase apresurada y esperó tenso a ser transportado a Ev, un país que había visitado una vez en su juventud. Pero no ocurrió absolutamente nada y, apretando los dientes de rabia, Matiah abrió los ojos justo cuando Skamperoo terminaba de contar hasta cien.

“¡Bien!”, exclamó radiante el encantado monarca, abrazándolo con efusión. “Lo has conseguido. De verdad eres mago. Contempla mi caballo, un caballo entre mil. Un corcel de crin dorada digno de un Rey, de un Conquistador—”

“¡Qué cosa más bruta!”, rabió Matiah, zafándose con furia de Skamperoo. “¡De todas las cosas brutas que se pueden desear, un caballo es lo más bruto de todo!”

“¿Bruto?”, relinchó el corcel blanco con un resoplido indignado.
“No soy ningún bruto, sé reírme y sé hablar,
es porke soy de Oz, y Chalk me has de llamar.”

“¿Cha—lk?”, balbuceó Skamperoo, que en su vida había oído hablar a un animal. “Di—dice que se llama Chalk.” El Rey miró suplicante al mercader y Matiah, viendo que tendría que estar a la altura de su papel de mago, adoptó un aire de despreocupada superioridad.

“Bueno, sin duda conoce su propio nombre, Majestad. Si dice que se llama Chalk, probablemente se llame Chalk, y la razón de que hable es que viene de Oz, la tierra de los collares mágicos, donde todos los animales hablan tan bien como nosotros.”

“Mejor”, resopló Chalk. Luego, dándole un mordisquito de prueba a un cactus, soltó un chillido tremendo de dolor y disgusto—tiró coces al aire y empezó a galopar por el jardín a un ritmo tan furioso que Matiah y el Rey saltaron detrás del banco y se encogieron, muertos de miedo, contra la muralla.

“¡Pues ahí lo tienes!”, jadeó el mercader, furioso. “Ya tienes tu caballo, ¿y ahora qué? Es tuyo, ¿sabes?, y tendrás que controlarlo.” Matiah se agachó detrás del Rey mientras Chalk pasaba como un trueno, cubriéndolos a los dos de polvo y arena. “Si quieres saber mi opinión, has malgastado un deseo sin más. Podrías haber deseado una tonelada de esmeraldas—o un Reino diez veces más grande y próspero que Skampavia—o—”

“Pero tiempo hay de sobra para eso”, farfulló Skamperoo, agarrándose desesperadamente al banco, “ya que eres mago, puedes concederme todos mis deseos.”

“¡Ah, no, de ninguna manera!” Matiah habló apresuradamente, recordando cómo las esmeraldas no habían concedido su deseo. “Solo puedo conceder un deseo por semana”, explicó sin aliento, “y confío en que la próxima vez lo pienses antes de desear. ¡So, quieto, bruto de Oz! ¡Monstruo estúpido! ¡Basta ya! ¡So! ¡Eh! ¡So, te digo!”

“¿Eres tú mi amo?” Saltando con ligereza por encima de los cactus, Chalk se detuvo en seco delante del banco.

“No, tu amo es este Rey”, respondió Matiah, bastante agradecido. “Háblale, Skamper”, le apremió en voz más baja mientras Chalk se alzaba con curiosidad sobre las patas traseras para ver bien al Rey.

“Com—compórtate”, ordenó Skamperoo con voz llorosa. “¿Cómo esperas que te monte si te portas así?”

“Ah—¿así que esperas montarme?” Chalk bajó con un golpe sordo y le dedicó a su nuevo amo una amplia sonrisa. Si nunca has visto sonreír a un caballo, no tienes ni idea de lo inquietante que puede ser. “Bueno, supongo que tendré que aguantarte”, relinchó por fin. “Llama a un mozo o a un criado, viejo Tonelete, y procura que me sirvan mi avena de la tarde, tres manzanas y una medida de maíz.”

“Claro, claro”, asintió el Rey, echando a andar con las piernas temblorosas.

“¡Pues debo decir que esto es espléndido, espléndido!”, protestó Matiah, corriendo nervioso tras el Rey. (Le daba miedo quedarse en el jardín con Chalk.) “¿Adónde crees que vas a llegar recibiendo órdenes de un caballo?”

“¡Supongo que preferirías que las recibiera de ti!”, resopló Skamperoo, que empezaba a enfadarse también. “Toma, DAME mis collares.” Arrancándole las esmeraldas del cuello al mercader, entró como un vendaval en el palacio sin saber muy bien si alegrarse o lamentar el repentino cambio de su fortuna.

Pero, para cuando llegó a su salón del trono, ya se había calmado considerablemente. Sentándose a toda prisa en su trono, se puso a pensar cómo ocultarle a Pinny Penny todos estos extraños sucesos. Estaba seguro de que Pinny Penny nunca aprobaría unos collares mágicos ni un caballo que habla. Bueno, le diría a su entrometido Primer Ministro que el corcel que pateaba y resoplaba en el jardín era de Matiah y que había que darle de comer y alojarlo en la cuadra. Cuando formulara otro deseo—y tenía una semana entera para pensarlo—, cuando formulara otro deseo tendría cuidado de desear todo lo que necesitaba. En cuanto a aquel mago barbudo, le seguiría la corriente con halagos hasta descubrir la magia adecuada para usar las esmeraldas. Entonces lo haría desaparecer con un deseo, así. ¡ASÍ! Chasqueando los dedos con rencor, Skamperoo tiró del largo cordón de la campanilla con que llamaba a Pinny Penny. Había que dar de comer a su Corcel Real. No muchos monarcas tenían un caballo que hablaba y tenía la crin dorada. ¡Ajá, cómo iba progresando! ¡Ya le enseñaría a Pinny Penny lo listo que era como gobernante!

Mientras tanto, Matiah, que seguía despacio al Rey hacia el palacio, también había estado reflexionando. Decidió no volver a perder los nervios con aquel exasperante bobalicón de soberano. Simplemente le seguiría la corriente y, antes de que acabara la semana, tendría otra oportunidad de robar los collares y escapar a algún país lejano. Allí, con calma, experimentaría hasta descubrir la forma correcta de usarlos. No entendía por qué al Rey se le había cumplido el deseo y el suyo se había quedado en nada. ¿Cuál era el secreto de las esmeraldas mágicas? Con la frente todavía arrugada de tanto pensar, Matiah entró en el salón del trono y se sentó en silencio en una silla frente a Skamperoo. Para su gran alivio, el Rey no le hizo ningún reproche ni le echó nada en cara.

“Ah, ¿así que estás ahí?”, exclamó con su voz más alegre posible. “Acabo de mandar a Pinny Penny a dar de comer a tu caballo.”

“¿Mi caballo?”, ladró Matiah, levantándose de un salto, consternado; pero, al captar un guiño cómplice del Rey, se lo devolvió enseguida.

“Me pareció más prudente”, murmuró Skamperoo, “no decir nada de tus poderes mágicos por ahora. Todo esto será NUESTRO secreto”, terminó en tono juguetón.

“¡Oh, sí, sí—indubitablemente!” Mientras Skamperoo todavía se preguntaba qué querría decir “indubitablemente”, Matiah salió a toda prisa de la sala y bebió un largo trago de agua de la anticuada fuente del vestíbulo.

“¡NUESTRO secreto!”, se repitió con amargura. “¡Nuestro secreto, ya!”

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Traducido del inglés. Leer el original