Arte ecuestre
The Wishing Horse of Oz – Capítulo 1. El Rey de Skampavia

The Wishing Horse of Oz fue escrito por Ruth Plumly Thompson y L. Frank Baum y sigue las emocionantes aventuras de Dorothy. Esta vez, hay caballos.
El Rey de Skampavia
“¿Esto es todo?” El Rey de Skampavia miró con el ceño fruncido el enorme montón de sacos, fardos, cajas y cestos amontonados alrededor de su trono. Inclinándose hacia delante, sacó con cuidado un higo de uno de los cestos y se lo metió en su enorme boca.
“Puaj, seco como un papel secante”, farfulló el colorado soberano, apretando los dientes con asco, “¡y mira esos cocos, no son más grandes que el sonajero de un bebé!” Saltando de su trono, empezó a dar patadas a los cestos de verduras, a los fardos de algodón y a otras mercancías. “¿Qué basura polvorienta es esta?”, bramó, fulminando con la mirada a Pinny Penny, su paciente Primer Ministro. “¿Cómo se atreven a mandarme semejantes cosas?” Juntando y separando las manos con nerviosismo, Pinny Penny habló, no obstante, con valentía.
“Porque no tienen nada mejor, Majestad. ¿Qué pueden hacer nuestros pobres súbditos con una tierra tan improductiva y yerma? Y no solo deben producir lo suficiente para sus propias necesidades, sino que la ley les obliga a entregar a la corona un tercio de todo lo que cosechan.”
“¿Y por qué no?”, fanfarroneó Skamperoo, volviendo a acomodarse en su trono con aire pendenciero. “¡Yo soy el REY! Eso no hay quien lo cambie, ¿sabes?”
“No”, suspiró Pinny Penny y, apartando una de las raídas cortinas, miró con tristeza hacia el patio.
“¿Qué es todo ese alboroto?”, preguntó su Amo, mientras les llegaba una mezcla de gritos, rugidos y golpes sordos. Olvidando por un momento su enfado, se levantó de un salto y cruzó la sala para mirar por encima del hombro de Pinny Penny.
“Parece que ha surgido una pequeña discusión entre los Supervisores”, murmuró Pinny Penny, resignado.
Ahora bien, Skampavia, he de decirte, está dividida a grandes rasgos en siete condados, y al frente de cada condado Skamperoo había puesto a un Supervisor cuyo deber era gobernar la provincia y entregarle un tercio de todos los productos y mercancías de ese condado. Para ahorrar tiempo e identificarlos fácilmente, a los supervisores se les conocía por el tamaño de los condados que gobernaban. Por ejemplo, al Supervisor del Primer Condado, que tenía una milla de ancho y diez de largo, lo llamaban Onebyten; al Supervisor del Segundo Condado, Twobyfour; y a los demás se les conocía como Threebysix, Ninebyfive, Eightbyeight, Fivebynine y Fourbyseven. Dos veces al año, los Supervisores llegaban a caballo a la capital con su tributo, y ahora, abajo en el patio, los siete tremendos skampavianos libraban una auténtica batalla campal, con la ayuda de todos los guardias y criados del palacio.
“¡Discusión!”, rugió el Rey, dándole a Pinny Penny una grosera palmada en el hombro. “¡Es una pelea, y lo sabes! ¡Jo, jo! Mira a esos bribones que no valen para nada. Te lo digo yo, viejo Dos Alfileres: por mal que nos sirvan como granjeros y mercaderes, nuestros skampavianos desde luego saben pelear. ¿Y quién dice que soy demasiado duro con ellos? ¿Acaso no le he dado a cada uno de ellos un uniforme de gala y un fusil, y no les he hecho aprender instrucción militar y desfile en el Colegio Real?”
“¿Y de qué sirve tanta instrucción y tanto desfile?”, preguntó Pinny Penny con cansancio. Dejando caer la cortina, se marchó a toda prisa, pues bien sabía que, si no ponía fin a la refriega del patio, no quedaría en el palacio ni una ventana sin romper.
“¿Y ahora qué ha querido decir con eso?”, masculló Skamperoo, malhumorado, mientras su pequeño Primer Ministro desaparecía de su vista. Frunciendo los labios, se sentó pesadamente en su trono. Al fin y al cabo, Pinny Penny solo había dicho la verdad. ¿Por qué su padre, o el padre de su padre, habría escogido en su día este fastidioso paisito? Situada en la parte sur del desierto de Noland, entre los Reinos de Ix y Merryland, Skampavia, tenía que admitirlo, no tenía ni riquezas, ni belleza, ni interés. Su castillo, aunque pobre y destartalado, era bastante cómodo y, como había vivido en él toda su vida, estaba acostumbrado. Había soportado el clima cálido y seco y la mala calidad de la comida, pero, al fin y al cabo, ¿por qué iba a seguir haciéndolo? En aquellos lejanos días de la escuela había estudiado a gobernantes enérgicos que habían tomado sus ejércitos y habían partido a conquistar a sus vecinos tierras más ricas y deseables. Pues bien, ¿por qué no iba él a tomar a sus hombres y cruzar la frontera hacia una tierra más fértil y amable? La idea le agradaba, pero al mismo tiempo le fastidiaba. Skamperoo era gordo y perezoso. Le encantaban la tranquilidad y la comodidad, y la idea de una dura campaña militar le hacía estremecerse de disgusto. Aun así, reflexionó, recordando el rostro lleno de reproche de Pinny Penny, un Rey debía hacer algo por sus súbditos y, cuanto más hiciera por ellos—¡Jo, jo!—, más podría hacer que ellos hicieran por él. Un país rico y próspero significaba un gobernante rico y próspero. Toqueteando con descontento la tela áspera con la que estaban confeccionadas sus vestiduras reales, empezó a imaginarse engalanado con espléndidos rasos y terciopelos cuajados de joyas. Joyas. ¡Bah! Todas las joyas que tenía se reducían a su sencillo cetro de oro, muy abollado y torcido de tanto arrojárselo a Pinny Penny. Quitándose la corona, la miró con ojo crítico y el ceño fruncido, y empezó a considerar los reinos a ambos lados de sus dominios.
Al norte no había más que una franja arenosa de desierto y las agitadas aguas del Océano Nonestic. Al este se encontraba el Reino de Ix, y a Zixie, su pequeña Reina, la consideraba demasiado agradable y amistosa para conquistarla. Además, el clima de Ix no era mucho mejor que el de su propio país. Al oeste de Skampavia estaba Merryland, y en cierta ocasión una banda de sus juerguistas skampavianos había cruzado a ese país con intención de robar y hacer travesuras. Recordando cómo el alegre Rey de Merryland los había recibido y agasajado y los había mandado a casa cargados de regalos, descartó enseguida también ese país. ¿Cómo iba a luchar contra un monarca así? Al sur se extendían las arenas abrasadoras del Desierto Mortal, que ningún hombre de su Reino había logrado cruzar jamás.
Así que, agotadas todas las posibilidades de los alrededores, Skamperoo dio unos golpecitos con el pie, contrariado, y empezó a buscar mentalmente algún país hermoso y lejano que conquistar. Cerró los ojos para pensar mejor y estaba a punto de caer en una agradable duermevela de riquezas y conquistas cuando Pinny Penny entró ruidosamente en la sala.
Le precedían dos de los Supervisores del Rey que, empujados por el intrépido Primer Ministro, se plantaron enfurruñados y desafiantes ante el trono.
“Bueno, ¿y ahora qué?”, preguntó Skamperoo, parpadeando somnoliento. “¿No puedes resolver tú solo estas discusiones, Pinny Penny? ¿Es que un Rey no va a tener ni descanso ni intimidad?”
En lugar de responder, Pinny Penny tomó una bolsita de algodón del más alto de los Supervisores y se la entregó en silencio al Rey. Todavía medio dormido, Skamperoo desató el cordón de la bolsita y vació su contenido en su mano regordeta. ¡Lo que vio allí le hizo abrir los ojos de golpe, de par en par! ¡Joyas! Justo lo que había estado deseando.
“¡Esmeraldas!”, exclamó el Rey con un grito ahogado, frotando el reluciente collar entre los dedos. “¿De dónde has sacado esto, Twobyfour?”
“Se las enviaba a Su Majestad un mercader del Segundo Condado, que las consiguió de un buhonero ambulante. El buhonero las había conseguido de un Gillikin, que las había conseguido de un Quadling, que las había conseguido de un Munchkin, que en otro tiempo había vivido en la Ciudad Esmeralda de Oz.”
“¡OZ!”, espetó el Rey, irguiéndose en el asiento. “¿Dónde está Oz?”
“Oz es un Reino grande y poderoso al otro lado del Desierto Mortal”, respondió Twobyfour, mirando inquieto por encima del hombro a Pinny Penny.
“¿Y cómo cruzó ese buhonero el desierto?”, preguntó Skamperoo, alzando el collar a la luz y deleitándose con avidez en sus relucientes esmeraldas.
“Eso no sabría decirlo.” Twobyfour lanzó una mirada anhelante a la puerta, deseando con toda su alma estar al otro lado.
“Entonces quizá nos digas por qué no le entregaste este collar al Rey”, sugirió Pinny Penny con pesar.
“Sí, ¿cómo te atreviste a quedártelo?”, jadeó Skamperoo, indignado. “¿Y tú qué miras boquiabierto, Threebysix? Apuesto a que tú también estabas metido en esto.”
“Lo estaba”, gritó Twobyfour con voz ronca. “Intentó robarme las joyas. Así es como le pusieron el ojo morado.”
“Pero tú intentaste robármelas a mí, ¿y qué me dices de eso, amiguito?” Twobyfour se puso de un escarlata doloroso e incómodo bajo la mirada acusadora del Rey.
“En Skampavia tenemos tan poco, Majestad”, tartamudeó, abatido. “Con estas esmeraldas pensé que podría comprar un pedacito de tierra en algún país más fresco y agradable, donde mi mujer y mis dos hijos pudieran ser felices—un país donde crecieran flores en el jardín y donde un hombre no tuviera que pasarse la vida entera peleándose con piedras y malas hierbas y haciendo instrucción durante horas bajo el sol abrasador sin motivo alguno.”
“¡Ajá!”, exclamó Pinny Penny, mirando al Rey con intención.
“¡Ajá, tú!”, gruñó Skamperoo, colérico; luego, mientras las esmeraldas seguían centelleando y brillando en su mano, se le pasó el enfado.
“Hiciste muy mal en quedarte el collar, Twobyfour”, declaró con suavidad. “Pero he decidido perdonarte. Vuelve ahora al Segundo Condado y explícale al mercader que te dio este collar que tengo que tenerlos los tres.”
“¡Los tres!”, exclamó Twobyfour. “Pero la ley le da derecho a quedarse con dos.”
“Aquí la ley es mi palabra, y puedes elegir entre una ley rota o una cabeza rota”, le dijo Skamperoo con calma.
“Él es el REY”, murmuró Pinny Penny en voz baja. No había nada sarcástico en su forma de hablar, pero algo en la expresión del Primer Ministro hizo que al Rey se le erizara todo el cuerpo de incomodidad.
“Sí, soy el Rey”, gritó, estallando, “y además he hablado. Fuera, los dos, y TÚ, Twobyfour, tienes dos días para volver con esos dos collares. Los collares o tu CABEZA, ¿entendido? Y—eh—eh—puedes decirle a ese mercader de tu condado que no hace falta que mande más mercancías a la capital, con los tres collares bastará”, bramó mientras los dos Supervisores salían disparados por la puerta.
“Qué bonito: con eso bastará. Tú eres el Rey”, resopló Pinny Penny con una sonrisa agria.
“¿Eres un loro o un Primer Ministro? Deja de repetir esas tonterías y háblame de Oz”, ordenó Skamperoo, abrochándose el collar de esmeraldas alrededor de su gordo cuello. “¿Habías oído hablar alguna vez de ese lugar, Pinny Penny? Debe de ser un país rico y maravilloso si los buhoneros cambian collares de esmeraldas con la misma despreocupación con la que nosotros cambiamos cuentas de madera.”
“Es un país maravilloso”, respondió Pinny Penny, pensativo. “Recuerdo que mi padre me hablaba de la capital de Oz, una Ciudad Esmeralda donde hasta las calles tenían incrustaciones de joyas y cada torre y cada muralla estaban tachonadas de esmeraldas.”
“¿Y por qué nunca me han hablado de esto?”, resolló el Rey, malhumorado. “Un país así, a tiro de piedra preciosa, por así decirlo.”
“A Su Majestad nunca le ha interesado leer ni estudiar”, le recordó Pinny Penny con un punto de malicia. “En nuestra biblioteca hay toda una historia de Oz.”
“¡Tráela! ¡Tráela, tráemela ahora mismo!”, jadeó el Rey, dando botes en su trono como un bebé grandullón y malcriado (que es lo que en realidad era). “Tengo que descubrir por qué Oz es tan rico y próspero mientras nosotros somos tan pobres y desafortunados.”
“No somos tan desafortunados y pobres como imprudentes y codiciosos”, afirmó Pinny Penny, cruzando la sala con calma. “Si Su Majestad estudiara formas de mejorar Skampavia y permitiera a sus súbditos quedarse con una parte justa de sus cosechas y mercancías, también nosotros podríamos ser un país poderoso.”
“¡Tonterías! ¿Qué podemos hacer con un desiertito pedregoso como este?”, fanfarroneó Skamperoo con desdén. “Skampavia es un Reino aburrido, un Reino necio—un REINECIO, buen nombre para él.”
“¿Y tú?”, murmuró Pinny Penny entre dientes mientras se apresuraba a ir a buscar el libro sobre Oz. Al volver, dejó caer el grueso volumen sobre las rodillas del Rey y se apartó con los brazos cruzados.
“Bueno—¿y bien? ¿Esperas que me lea todo esto?”, gimió Skamperoo, consternado. “Pero si me llevaría un año o más. Explícamelo tú, Pinny Penny. Dame solo el meollo del asunto. Solo el meollo—¡anda, he hecho un chiste! ¡Ja! ¡ja! ¡ja! He hecho un chiste.”
“Pero Oz no es ningún chiste”, dijo el Primer Ministro secamente, “y más le vale a Su Majestad metérselo en la cabeza de una vez. Ahora atiende bien y procuraré darte los datos más importantes sobre este país rico y encantador que hay al otro lado del desierto. En primer lugar”, Pinny Penny miró con severidad por encima de las gafas, “Oz es unas cincuenta veces más grande que Skampavia, un gran país alargado y ondulado dividido en cuatro Reinos triangulares. Cada uno de estos Reinos tiene su propio gobernante, pero los cuatro están sometidos al gobierno de Ozma de Oz, cuya capital, la Ciudad Esmeralda, se encuentra en el centro exacto de Oz.”
“¿Una chica?”, exclamó Skamperoo, inclinándose hacia delante, emocionado. “¿Cómo puede una simple chica gobernar un país tan importante?”
“Usando el corazón además de la cabeza, fomentando el ahorro y recompensando el trabajo”, anunció Pinny Penny en un tono que hizo que el Rey hiciera una mueca. “Su Majestad haría bien en leer sobre sus sabias leyes y sus planes para mejorar su país.”
“Puedes saltarte todo eso”, resopló Skamperoo, cerrando la boca con obstinación. “Dime quiénes gobiernan esos cuatro Reinos y cuáles son las costumbres y características generales de sus gentes.”
Cerrando los ojos y juntando las yemas de los dedos, Pinny Penny empezó solemnemente: “El país más septentrional de Oz es la Tierra de los Gillikins, famosa por sus deliciosas uvas, sus ciruelas, sus glicinias y su brezo. Es un país morado y lo gobiernan Joe King y la Reina Hyacinth, que viven en un castillo adornado con amatistas en lo alto de las Montañas Gillikin. El Imperio Oriental de Oz es un país amarillo, conocido por su trigo, su maíz, su mantequilla, sus calabazas, sus narcisos y sus minas de oro. Nick Chopper es el Emperador de los Winkies, y este singular gobernante está hecho por completo de hojalata y lo celebran canciones y relatos como ‘El Leñador de Hojalata de Oz’.” Pinny Penny se detuvo un momento para recobrar el aliento y luego continuó en voz baja:
“El País del Sur es rojo y es célebre por sus fresas, sus tomates, sus remolachas, sus pájaros rojos, su madera roja y sus pelirrojos. Glinda, la Buena Hechicera, gobierna a los Quadlings, que son sus habitantes, y sabe tanta magia como la propia Ozma—”
“Ah, es uno de esos lugares mágicos donde basta con chasquear los dedos para conseguir lo que uno quiere”, suspiró el Rey, descontento. “Bueno—bueno—sigue—”
“El País Occidental de Oz es azul”, continuó Pinny Penny, servicial, “y todo el mundo ha oído hablar de sus famosas montañas azules, sus pájaros azules, sus violetas, sus cielos azules y su capital, la Ciudad Zafiro. Cheeriobed es el Rey y Orin la Reina de los Munchkins, y viven en la Ciudad Zafiro con casi tanta magnificencia como Ozma en la Ciudad Esmeralda. ¿Es eso todo lo que deseas saber?”
“¿Y el ejército?”, masculló Skamperoo, arrugando la frente. “¿Tiene esa chica un gran ejército acuartelado en su capital?”
Pinny Penny sonrió muy a su pesar. “La joven soberana hada de Oz se opone a todas las guerras y peleas, y en su corte tiene un ejército formado por un soldado alto con barba verde”, explicó apresuradamente.
“¡Un soldado con barba verde!”, gritó el Rey, a punto de caerse del trono. “En mi vida he oído nada más ridículo. Creía que habías dicho que Oz no era ningún chiste y, sin embargo, ahí estás, hablándome de un ejército de un solo soldado. Vaya, es lo más gracioso que he oído nunca. ¡Ja, jo, jo!”
“Ríete si quieres”, dijo Pinny Penny, resignado, “pero no olvides que Ozma tiene más artilugios mágicos al alcance de la mano que guijarros hay en nuestro desierto. En su palacio vive el famoso Mago de Oz, que puede realizar toda clase de transformaciones y encantamientos, aunque solo lo hace por el bien del país.”
“¡Hum!”, exclamó el Rey. “Bueno, ¿y cuántos hombres de armas tenemos nosotros?”
“Setecientos soldados skampavianos en cada uno de los siete condados”, respondió Pinny Penny a regañadientes, “pero permíteme advertir a Su Majestad que la idea que tienes en la cabeza es pura locura y no traerá más que la ruina. Quítate la corona, ponte el gorro de dormir y olvida en sueños esta tontería.”
“Y vaya corona más elegante es”, le espetó el Rey, quitándose la corona de un tirón y mirándola con enfado. “Pero estas esmeraldas la alegrarán un poco, ¿eh, Pinny Penny?”
“No es el brillo de las gemas en la corona de un Rey lo que cuenta; son las joyas de la sabiduría en la cabeza que hay bajo la corona las que lo hacen feliz y querido—”
“¡Basta! ¡Ya está bien!”, chilló el Rey, lanzándole la corona a Pinny Penny con todas sus fuerzas. “¿Cuándo vas a dejar de darme esos malditos sermones y regañinas?”
“Cuando Su Majestad deje de decir tonterías”, suspiró Pinny, atrapando la corona con una mano y tirando de un largo cordón de campanilla con la otra. “Vamos, tomemos el té y olvidémonos de Oz”, propuso con calma. “¿Con limón o con nata, Alteza?”
“¡Con limón!”, gruñó el Rey, agrio, y abriendo de golpe el libro de historia sobre las rodillas, se quedó mirando larga y envidiosamente una ilustración de la Ciudad Esmeralda de Oz.
Traducido del inglés. Leer el original