Arte ecuestre
A Horse’s Tale – Capítulo 4: Cathy a su tía Mercedes

Del hombre que nos dio Huckleberry Finn: la historia de Mark Twain sobre el caballo de Buffalo Bill se escribió para llamar la atención sobre el sinsentido de las corridas de toros.
Parte I
Capítulo IV: Cathy a su tía Mercedes
¡Oh, esto es maravilloso, tiíta querida, un auténtico paraíso! ¡Oh, si tan solo pudieras verlo! todo tan salvaje y tan precioso; unas llanuras tan grandiosas, que se extienden millas y millas y millas, todo de la arena aterciopelada más deliciosa y de artemisa, y conejos tan grandes como un perro, y con unas orejas de burro tan altas y tan nobles que por eso les ponen el nombre; y unas montañas tan inmensas, y tan escarpadas y abruptas y altísimas, con chales de nubes sobre los hombros, y con un aire tan solemne y tremendo y satisfecho; y los indios encantadores, oh, cómo los adorarías, tiíta querida, y ellos a ti también, y te dejarían coger a sus bebés, como me dejan a mí, y son las cositas más gorditas, y más morenas, y más dulces, y nunca lloran, y no llorarían aunque tuvieran alfileres clavados, que no los tienen, porque son pobres y no se los pueden permitir; y los caballos y las mulas y el ganado y los perros… cientos y cientos y cientos, y ni un solo animal con el que no puedas hacer lo que quieras, salvo el tío Thomas, pero a él no le hago caso, es un encanto; y oh, si pudieras oír las cornetas: tu… tu… tu-tu… tu… tu, y así sucesivamente… ¡preciosísimo! ¿Reconoces ese? Son los primeros toques de diana; suena, ¡madre mía, tan temprano por la mañana!… y entonces yo y todos los demás soldados del lugar estamos en pie y fuera en un minuto, salvo el tío Thomas, que es de lo más inexplicablemente perezoso, no sé por qué, pero ya he hablado con él del asunto, y supongo que ahora irá mejor. No tiene muchos defectos, y es encantador y dulce, como Buffalo Bill, y Thunder-Bird, y Mammy Dorcas, y Soldier Boy, y Shekels, y Potter, y Sour-Mash, y… bueno, todos lo son, unos auténticos ángeles, como quien dice.
El primerísimo día que llegué, no sé cuánto hace ya, Buffalo Bill me llevó en Soldier Boy al campamento de Thunder-Bird, no al grande que está en la llanura, que es el de White Cloud, a ese me llevó al día siguiente, sino a este, que está a cuatro o cinco millas, arriba entre las colinas y los riscos, donde hay un gran prado cerrado, lleno de tiendas indias y perros y squaws y todo lo que tiene interés, y un arroyo de agua clarísima que lo atraviesa, con guijarros blancos en el fondo y árboles a lo largo de las orillas, fresco y sombreado y estupendo para meterse a chapotear, y cuando el sol se pone allí dentro queda en penumbra, pero allá arriba, contra el cielo, ves los grandes picos que se alzan imponentes y brillan intensos y vivos al sol, y a veces un águila que pasa planeando junto a ellos, sin batir un ala, igual que si estuviera dormida; y jóvenes indios y muchachas retozando y riendo y alborotando alrededor del manantial y la poza, y sin mucha ropa encima salvo las muchachas, y perros peleándose, y las squaws atareadas trabajando, y los guerreros atareados descansando, y los ancianos sentados en corro fumando y pasándose la pipa no hacia la izquierda sino hacia la derecha, lo que significa que ha habido una pelea en el campamento y la están arreglando si pueden, y niños jugando igual que cualquier otro niño, y chiquillos tirando al blanco con arcos, y le di un cachete a uno porque le pegó con un garrote a un perro que no estaba haciendo nada, y le sentó mal pero al poco rato deseó no haberlo hecho: pero esta frase se está haciendo demasiado larga y voy a empezar otra. Thunder-Bird se puso su mejor atuendo de guerra de los domingos para que lo viera, y estaba espléndido, con la cara pintada de rojo, brillante e intensa como una brasa, y una cenefa de plumas de águila que le bajaba desde lo alto de la cabeza por toda la espalda, y llevaba también su tomahawk, y su pipa, que tiene una caña más larga que mi brazo, y nunca en mi vida me lo había pasado tan bien en un campamento indio, y aprendí un montón de palabras de su lengua, y al día siguiente BB me llevó al campamento de las Llanuras, a cuatro millas, y me lo pasé bien otra vez y conocí a más indios y perros; y el gran jefe, que se llama White Cloud, me regaló un arco pequeño muy bonito y flechas, y yo le di mi cinta roja de la faja, y en cuatro días ya tiraba muy bien con él y les ganaba a todos los niños blancos de mi tamaño del puesto; y he vuelto a esos campamentos montones de veces desde entonces; y también he aprendido a montar, me enseñó BB, y todos los días me hace practicar y me elogia, y cada vez que lo hago mejor que nunca me deja dar una carrerita en Soldier Boy, ¡y eso ya es el colmo del placer! porque es el caballo más encantador, y tan bonito y tan brillante y negro, y no tiene ni un pelo de otro color en ningún sitio, salvo una estrella blanca en la frente, y no una estrella de imitación, sino una de verdad, con cuatro puntas, con la forma exacta de una estrella hecha a mano, y si lo taparas entero menos la estrella lo reconocerías en cualquier parte, hasta en Jerusalén o en Australia, por ella. Y en los primeros días conocí a muchísimos del Séptimo de Caballería, y a los dragones, y a oficiales, y a familias, y a caballos, y a unos cuantos más en los días siguientes, y en los siguientes y en los siguientes, y ahora conozco a más soldados y caballos de los que te puedes imaginar, por mucho que lo intentes. Sigo con mis estudios de vez en cuando, pero no hay mucho tiempo para eso. ¡Te quiero tanto! y te mando un abrazo y un beso.
Cathy.
P. D.: Pertenezco al Séptimo de Caballería y a los Novenos Dragones, también soy oficial, y no tengo que trabajar porque no cobro ningún sueldo.
Traducido del inglés. Leer el original