Arte ecuestre

A Horse’s Tale – Capítulo 11: Varios meses después. Antonio y Thorndike

· The Equinest

Una villa española de mediados del siglo XVII
Del hombre que nos dio Huckleberry Finn: la historia de Mark Twain sobre el caballo de Buffalo Bill se escribió para llamar la atención sobre el sinsentido de las corridas de toros.

Parte I

Capítulo XI: Varios meses después. Antonio y Thorndike

“Thorndike, ¿ese jamelgo que montas no es parte del botín de la refriega que tuvisteis Buffalo Bill y tú con el difunto Blake Haskins y su compinche hace unos meses?”

“Sí, es Mongrel… y no es nada mal caballo, por cierto”.

“Ya he visto que mantiene el ritmo de primera. Oye… ¿no es una mañana espléndida?”

“¡Y que lo digas!”

“Thorndike, ¡es andaluza! Y con eso está todo dicho”.

“¡Andaluza y de Oregón, Antonio! Dilo así y tienes mi voto. Como nací allí arriba, lo sé. Y tú, que naciste en Andalucía…”

“¿Puedo hablar con autoridad de ese rincón del paraíso? Pues sí, puedo. ¡Como don Quijote! ¡Como Sancho! Esta sí es una auténtica aurora andaluza: limpia, fresca, cubierta de rocío, fragante, intensa…”

“‘Aunque las brisas perfumadas
soplen suaves sobre la isla de Ceilán…’

…¡arre, vaca vieja! ¡Mira que tropezar así justo cuando acabamos de elogiarte! ¿Sales de exploración y no sabes estar más a la altura del honor? Antonio, ¿cuánto tiempo llevas aquí, en las Llanuras y las Rocosas?”

“Más de trece años”.

“Es mucho tiempo. ¿Nunca sientes nostalgia?”

“Hasta ahora, no”.

“¿Por qué ahora? Después de una cura tan larga”.

“Los preparativos del comandante que se retira la han despertado”.

“Claro. Es natural”.

“No dejo de pensar en España. Conozco la región donde vive la tía de la niña del Séptimo; conozco toda esa preciosa campiña en muchas millas a la redonda; apuesto a que he visto la villa de su tía muchísimas veces; apuesto a que he estado dentro, en aquellos buenos tiempos de antaño en que yo era un caballero español”.

“Dicen que la niña se muere por ver España”.

“Así es; lo sé por lo que oigo”.

“¿No has hablado con ella de eso?”

“No. Lo he evitado. Enseguida estaría tan loco por ir como ella. Y eso no sería agradable”.

“Ojalá fuera yo, Antonio. Hay dos cosas que daría lo que fuera por ver. Una es un ferrocarril”.

“Ella verá uno cuando llegue a Misuri”.

“La otra es una corrida de toros”.

“Yo he visto montones; ojalá pudiera ver otra”.

“No sé nada de ellas, salvo de una forma confusa y nebulosa, Antonio, pero sé lo suficiente para saber que es un deporte grandioso”.

“¡El más grandioso del mundo! No hay otro deporte que se le acerque. Te contaré lo que he visto, y luego juzgas tú. Fue la primera, y la tengo tan viva ahora como cuando la vi. Era un domingo por la tarde, hacía un tiempo precioso, y mi tío, el cura, me llevó como premio por ser un buen chico y porque, por iniciativa propia y sin que nadie me lo pidiera, había vaciado mi hucha y había dado el dinero a una misión que estaba civilizando a los chinos y endulzando sus vidas y ablandando sus corazones con las dulces enseñanzas de nuestra religión; y ojalá hubieras visto lo que vimos aquel día, Thorndike.

“El anfiteatro estaba abarrotado, desde el ruedo hasta la fila más alta: doce mil personas en una sola masa circular, una masa compacta e inclinada; realeza, nobles, clero, damas, caballeros, funcionarios del Estado, generales, almirantes, soldados, marineros, abogados, ladrones, comerciantes, corredores de bolsa, cocineros, criadas, fregonas, mujeres de dudosa reputación, petimetres, jugadores, mendigos, holgazanes, vagabundos, damas americanas, caballeros, predicadores, damas inglesas, caballeros, predicadores, alemanes ídem, franceses ídem, y así sucesivamente, todo el mundo representado: los españoles para admirar y alabar, los extranjeros para disfrutar y volver a casa a criticar; allí estaban, un solo arco compacto, inclinado y circular de color ondulante y centelleante bajo el aguacero del sol de verano: ¡un jardín, sin más, un jardín de flores vistoso y espléndido! Niños mordisqueando naranjas, seis mil abanicos aleteando y relumbrando, todo el mundo feliz, todo el mundo charlando alegremente con sus allegados, preciosas caras de muchacha sonriendo en señal de reconocimiento y de saludo a otras preciosas caras de muchacha, damas y caballeros canosos intercambiándose gestos parecidos… ¡ah, qué cuadro de alegre contento y de feliz expectación! Ni un espíritu mezquino, ni un alma sórdida, ni un corazón triste allí… ah, Thorndike, ojalá pudiera verlo otra vez.

“De pronto, la nota marcial de una corneta hiende el zumbido y el murmullo: ¡despejad el ruedo!

“Lo despejan. Se abre de par en par la gran puerta y entra el desfile, espléndidamente vestido y reluciente: los alguaciles del día, luego los picadores a caballo, luego los matadores a pie, cada uno rodeado de su cuadrilla de chulos. Desfilan hasta el palco de las autoridades de la ciudad y saludan formalmente. Se arroja la llave, se abre el toril. Otro toque de corneta: la puerta se abre de golpe, el toro irrumpe, furioso, tembloroso, parpadeando bajo la luz cegadora, y se queda allí plantado, una criatura magnífica, centro de aquellos ojos innumerables y admirados, valiente, listo para la batalla, con una actitud que es un desafío. Ve a su enemigo: jinetes sentados inmóviles, con largas lanzas en ristre, sobre jamelgos derrengados con los ojos vendados, flacos y famélicos, buenos solo para el espectáculo y el sacrificio, y después para el montón de carroña.

“El toro arremete, con la muerte en la mirada, pero un picador lo recibe con un lanzazo en el hombro. Se encoge de dolor, y el picador se aparta del peligro de un salto. Estalla una ovación para el picador, silbidos para el toro. Algunos le gritan ‘¡Vaca!’ al toro y le dedican nombres ofensivos. Pero él no los escucha, está allí para lo que está; no hace caso a los capeadores que vienen revoloteando a su alrededor para confundirlo; embiste hacia aquí, embiste hacia allá, y de acá para allá, dispersando a los ágiles banderilleros en todas direcciones como una rociada, y recibiendo sus enloquecedores dardos en el cuello mientras ellos esquivan y huyen… ¡oh, es un espectáculo de lo más animado, y el público se viene abajo! ¡Ah, tendrías que oír el rugido atronador que se levanta cuando el juego está en su punto más salvaje y se hacen cosas brillantes!

“¡Oh, aquel primer toro, aquel día, fue grandioso! Desde el momento en que el espíritu de la guerra le subió como una marea y se puso manos a la obra, empezó a hacer maravillas. Se abrió paso entre sus perseguidores, lanzando a uno de ellos por encima del parapeto; derribó a un caballo con su jinete y se lanzó derecho a por el siguiente, acertó con los cuernos e hirió al caballo y al hombre; y otra vez adelante, aquí y allá, por este lado y por el otro; y uno tras otro les sacó las tripas a dos caballos, que se les derramaron por el suelo, y desgarró a un tercero tan gravemente que, aunque se lo llevaron a toda prisa a resguardo, le volvieron a meter las tripas, le taponaron los desgarrones con estopa y lo montaron otra vez contra el toro, no pudo hacer el recorrido; intentó galopar, bajo la espuela, pero pronto se tambaleó, trastabilló y se desplomó hecho un ovillo. Durante un rato, aquel ruedo fue el espectáculo más emocionante, glorioso e inspirador que se haya visto jamás. El toro lo despejó por completo, ¡y se quedó allí solo!, monarca del lugar. La gente enloqueció de orgullo por él, y de alegría y deleite, y no te oías ni pensar, con el rugido, el estruendo y el estallido de los aplausos”.

“Antonio, solo con oírtelo contar me saca de mí mismo; debió de ser absolutamente espléndido. Si vivo lo suficiente, veré una corrida de toros antes de morir. ¿Lo mataron?”

“Oh, sí; para eso está el toro. Lo agotaron, y al final acabaron con él. No dejaba de embestir al matador, que siempre se apartaba a tiempo con destreza y elegancia, esperando una ocasión segura; y al fin llegó; el toro se lanzó a por él con una embestida mortal, él la esquivó limpiamente y, cuando el toro pasó a toda velocidad, la larga espada se le hundió en silencio entre la paletilla izquierda y el espinazo, más y más, hasta la empuñadura. Se desplomó, moribundo”.

“Ah, Antonio, es el deporte más noble que haya existido nunca. Daría un año de mi vida por verlo. ¿Siempre matan al toro?”

“Sí. A veces un toro es tímido, al verse en un lugar tan extraño, y se queda temblando, o intenta retroceder. Entonces todo el mundo lo desprecia por su cobardía y quiere que lo castiguen y lo pongan en ridículo; así que lo desjarretan por detrás, y es lo más gracioso del mundo verlo cojear de un lado a otro con las patas cortadas; todo el inmenso público estalla en huracanes de risa; yo me he reído hasta que me corrían las lágrimas por las mejillas al verlo. Cuando ya ha dado todo el espectáculo que puede, deja de ser útil, y lo matan”.

“Vaya, es absolutamente grandioso, Antonio, absolutamente precioso. Quemar a un negro no tiene ni punto de comparación”.

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Traducido del inglés. Leer el original