Diversión ecuestre
El caballo del enterrador

El poema ecuestre de hoy se titula The Undertaker’s Horse (El caballo del enterrador) y es de Rudyard Kipling. No sé en qué año lo escribió, pero vivió de 1865 a 1936.
El caballo del enterrador
El hijo mayor lo monta a horcajadas,
y la hija bonita lo cabalga,
y a menudo me lo cruzo por las mañanas en la pista;
y en mi pecho se enciende
una emoción fría y macabra
cuando paso a medio galope junto al Caballo del Enterrador.
Ni se espanta ni se muestra inquieto,
sino que adopta un trote
espantosamente sugerente, profesional y plácido;
y la cadencia de sus cascos
martillea en mi mente este sombrío reproche: —
“Aviva el paso, amigo, que ya voy. ¿Quién es el siguiente?”
¡Ah, criado en yeguada de mal agüero!,
he visto marchar a los más fuertes —hombres
de temple, poder y músculo— tras tus talones,
por la carretera bordeada de plataneros,
(¡quiera el cielo que nunca sea mi camino!)
en una caja lacada, negra como el azabache, sobre ruedas.
Responde, bestia sombría y lúgubre,
¿dónde está Brown, el joven, el alegre,
y Smith, orgullo de todos sus amigos y de media Policía?
Estuviste en aquel último y temido viaje
que todos debemos recorrer al paso;
¡devuélvemelos, oh, Caballo del Enterrador!
Con tu crin sin rapar y al viento,
y tu curiosa manera de moverte,
y ese ondulado negro y tan formal de tu cola,
aun con una Belleza a lomos, señor,
paseando como caballo de dama, señor,
¿qué tiene de extraño que palidezca al verte?
Puede que esperes tu momento, bestia,
hasta que escriba mi última mala rima, bestia —
y deje la luz del sol, corte la rima, suelte la copa —
para seguir detrás con los demás,
allí donde algún pagano de piel oscura nos cubre
de caléndulas en lugar de hierba inglesa.
O quizá, en los años venideros,
vea cómo se hunden tus rollizos costados,
vea a Carnifex (ya cojo) convertido en cadáver,
vea por fin a la vejez vencerte,
y a la jauría de la guarnición devorarte;
¡entonces me reiré por lo bajo, oh, Caballo del Enterrador!
Pero, para insultarme, burlarse e interrogarme, aún me queda
ese trote espantosamente sugerente
que martillea el texto implacable,
y lo oigo pisándome los talones
dondequiera que me encuentre: —
“Seguro que te alcanzo tarde o temprano. ¿Quién es el siguiente?”
¿Prefieres a Shakespeare?
A él también le gustaban los caballos: no te pierdas un fragmento ecuestre de su famoso poema Venus y Adonis y estate atento a la prosa de la semana que viene.
Traducido del inglés. Leer el original