Arte ecuestre

El caballo llameante

· The Equinest

Un hombre con un caballo que lleva un sol en la cabeza
Un cuento bastante extraño sobre un caballo tan poderoso que lleva un sol en llamas sobre la cabeza.

Este cuento procede de un libro titulado Czechoslovak Fairy Tales, en la versión de Parker Fillmore.

HABÍA una vez un país sombrío y oscuro como una tumba, porque el sol del cielo nunca brillaba sobre él. El rey de aquel país tenía un caballo maravilloso al que le crecía, justo en la frente, un sol en llamas. Para que sus súbditos tuvieran la luz que hace falta para vivir, el rey hacía que llevaran a ese caballo de un extremo a otro de su oscuro reino. Allá por donde pasaba, su cabeza llameante resplandecía y parecía que brillaba un hermoso día.

De repente, aquel caballo maravilloso desapareció. Una oscuridad espesa que nada podía disipar se abatió sobre el país. El miedo se extendió entre la gente y pronto empezaron a sufrir una pobreza terrible, porque no podían cultivar los campos ni hacer ninguna otra cosa con la que ganarse la vida. El desconcierto fue en aumento hasta que el rey vio que todo el país estaba a punto de perecer. Así que, para salvar a su pueblo si era posible, reunió a su ejército y partió en busca del caballo desaparecido.

A través de la espesa oscuridad avanzaron a tientas, despacio y con dificultad, hasta los lejanos confines del reino. Por fin llegaron a los bosques antiguos que lindaban con el estado vecino y vieron brillar entre los árboles los débiles rayos del sol con que estaba bendecido aquel reino.

Allí se toparon con una casita solitaria, en la que el rey entró para averiguar dónde estaba y preguntar por dónde seguir.

Un hombre estaba sentado a la mesa leyendo con atención un gran libro abierto. Cuando el rey le hizo una reverencia, levantó la vista, le devolvió el saludo y se puso de pie. Todo en su aspecto mostraba que no era un hombre corriente, sino un vidente.

“Precisamente estaba leyendo sobre ti”, le dijo al rey, “que habías partido en busca del caballo llameante. No te esfuerces más, porque nunca lo encontrarás. Pero confíame a mí la empresa y yo te lo conseguiré”.

“Si lo haces, buen hombre”, dijo el rey, “te pagaré como a un rey”.

“No busco recompensa. Vuelve a casa enseguida con tu ejército, porque tu pueblo te necesita. Solo deja aquí conmigo a uno de tus criados”.

El rey hizo exactamente lo que le aconsejó el vidente y volvió a casa enseguida.

Al día siguiente, el vidente y su criado se pusieron en camino. Viajaron lejos y durante mucho tiempo, hasta que hubieron atravesado seis países distintos. Luego entraron en el séptimo país, que gobernaban tres hermanos casados con tres hermanas, las hijas de una bruja.

Llegaron ante la fachada del palacio real, donde el vidente le dijo a su criado: “Tú quédate aquí mientras yo entro a averiguar si los reyes están en casa. Son ellos los que robaron el caballo llameante, y el hermano menor es quien lo monta”.

Entonces el vidente se transformó en un pájaro verde y voló hasta la ventana de la reina mayor, y revoloteó y picoteó hasta que ella abrió la ventana y lo dejó entrar en su alcoba. Cuando lo dejó entrar, se posó en su blanca mano y la reina se puso tan contenta como una niña.

“¡Qué cosa tan bonita eres!”, dijo, jugando con él. “¡Si mi marido estuviera en casa, qué contento se pondría! Pero ha ido a visitar un tercio de su reino y no volverá hasta la noche”.

De repente la vieja bruja entró en la habitación y, en cuanto vio el pájaro, le gritó a su hija: “¡Retuércele el pescuezo a ese pájaro maldito, o te manchará de sangre!”.

“¿Por qué iba a mancharme de sangre esta criaturita tan inocente?”.

“¡Criaturita inocente, y un cuerno!”, chilló la bruja. “¡Trae, dámelo, que le retuerzo el pescuezo!”.

Intentó atrapar al pájaro, pero el pájaro se convirtió en hombre y ya había salido por la puerta antes de que se dieran cuenta de qué había sido de él.

Después se transformó de nuevo en un pájaro verde y voló hasta la ventana de la segunda hermana. La picoteó hasta que ella la abrió y lo dejó entrar. Entonces revoloteó a su alrededor, posándose primero en una de sus blancas manos y luego en la otra.

“¡Qué pájaro tan encantador eres!”, exclamó la reina. “Cuánto le gustarías a mi marido si estuviera en casa. Pero ha ido a visitar dos tercios de su reino y no volverá hasta mañana por la noche”.

En ese momento la bruja entró corriendo en la habitación y, en cuanto vio el pájaro, chilló: “¡Retuércele el pescuezo a ese pájaro miserable, o te manchará de sangre!”.

“¿Por qué iba a mancharme de sangre?”, respondió la hija. “¡Criaturita tan inocente!”.

“¡Criaturita inocente, y un cuerno!”, chilló la bruja. “¡Trae, dámelo, que le retuerzo el pescuezo!”.

Alargó la mano para atrapar al pájaro, pero en menos de lo que se tarda en dar una palmada, el pájaro se había convertido en un hombre que salió corriendo por la puerta y desapareció antes de que supieran dónde estaba.

Al cabo de un momento volvió a transformarse en un pájaro verde y voló hasta la ventana de la reina más joven. Revoloteó y picoteó hasta que ella abrió la ventana y lo dejó entrar. Entonces se posó enseguida en su blanca mano, y a ella le gustó tanto que se rio como una niña y se puso a jugar con él.

“¡Ay, qué pájaro tan encantador eres!”, exclamó. “Cuánto le encantarías a mi marido si estuviera en casa. Pero ha ido a visitar las tres partes de su reino y no volverá hasta pasado mañana por la noche”.

En ese momento la vieja bruja irrumpió en la habitación. “¡Retuércele el pescuezo a ese pájaro maldito!”, chilló, “o te manchará de sangre”.

“Querida madre”, respondió la reina, “¿por qué iba a mancharme de sangre esta criatura tan bonita e inocente?”.

“¡Criatura bonita e inocente, y un cuerno!”, chilló la bruja. “¡Trae, dámela, que le retuerzo el pescuezo!”.

Pero en ese momento el pájaro se convirtió en hombre, desapareció por la puerta y nunca más lo volvieron a ver.

Ahora el vidente sabía dónde estaban los reyes y cuándo volverían a casa. Así que hizo sus planes en consecuencia. Ordenó a su criado que lo siguiera y salieron de la ciudad a paso rápido. Siguieron adelante hasta llegar a un puente que los tres reyes tendrían que cruzar a su regreso.

El vidente y su criado se escondieron debajo del puente y allí esperaron, al acecho, hasta la noche. Cuando el sol se ocultaba tras las montañas, oyeron un repiqueteo de cascos que se acercaba al puente. Era el rey mayor, que volvía a casa. En el puente, su caballo tropezó con un tronco que el vidente había hecho rodar hasta allí.

“¿Qué canalla ha tirado aquí un tronco?”, gritó el rey, enfadado.

Al instante el vidente saltó de debajo del puente y le exigió al rey que le explicara cómo se atrevía a llamarlo canalla. Reclamando satisfacción, desenvainó la espada y atacó al rey. El rey también desenvainó y se defendió, pero tras una breve lucha cayó muerto del caballo. El vidente ató al rey muerto a su caballo y luego, de un latigazo, lo mandó de vuelta a casa.

El vidente volvió a esconderse, y él y su criado esperaron al acecho hasta la noche siguiente.

Esa noche, cerca de la puesta de sol, el segundo rey llegó cabalgando al puente. Cuando vio el suelo salpicado de sangre, gritó: “¡Seguro que aquí ha habido un asesinato! ¡¿Quién se ha atrevido a cometer semejante crimen en mi reino?!”.

Al oír estas palabras, el vidente saltó de debajo del puente, desenvainó la espada y gritó: “¿Cómo te atreves a insultarme? ¡Defiéndete como puedas!”.

El rey desenvainó, pero tras una breve lucha también él entregó la vida a la espada del vidente.

El vidente ató al rey muerto a su caballo y, de un latigazo, lo mandó de vuelta a casa.

Luego el vidente volvió a esconderse debajo del puente, y él y su criado esperaron allí al acecho hasta la tercera noche.

La tercera noche, justo a la puesta de sol, el rey más joven llegó a galope tendido hacia casa a lomos del corcel llameante. Iba muy deprisa porque se había retrasado. Pero cuando vio sangre roja en el puente, se detuvo en seco y miró a su alrededor.

“¡¿Qué villano descarado”, gritó, “se ha atrevido a matar a un hombre en mi reino?!”.

Apenas había hablado cuando el vidente se plantó ante él con la espada desenvainada, exigiendo satisfacción por el insulto de sus palabras.

“No sé en qué te he insultado”, dijo el rey, “a menos que seas tú el asesino”.

Como el vidente se negó a parlamentar, el rey también desenvainó la espada y se defendió.

Vencer a los dos primeros reyes había sido un juego para el vidente, pero esta vez no era ningún juego. Lucharon los dos hasta que se les rompieron las espadas, y aun así la victoria seguía en el aire.

“Con las espadas no conseguiremos nada”, dijo el vidente. “Eso está claro. Te diré lo que haremos: convirtámonos en ruedas y echemos a rodar colina abajo, y que la rueda que se rompa se rinda”.

“¡Bien!”, dijo el rey. “Yo seré una rueda de carro y tú una rueda más ligera”.

“No, no”, respondió rápidamente el vidente. “Tú serás la rueda ligera y yo la rueda de carro”.

El rey estuvo de acuerdo. Así que subieron a la colina, se convirtieron en ruedas y echaron a rodar cuesta abajo. La rueda de carro chocó zumbando contra la rueda más ligera y le rompió los radios.

“¡Ya está!”, exclamó el vidente, levantándose de la rueda de carro. “¡He vencido!”.

“¡No tan deprisa, hermano, no tan deprisa!”, dijo el rey, plantándose ante el vidente. “¡Solo me has roto los dedos! Ahora te diré lo que haremos: convirtámonos en dos llamas, y que gane la llama que consuma a la otra. Yo seré una llama roja y tú serás una blanca”.

“Ah, no”, lo interrumpió el vidente. “Tú serás la llama blanca y yo la roja”.

El rey estuvo de acuerdo. Así que volvieron al camino que llevaba al puente, se convirtieron en llamas y empezaron a quemarse sin piedad. Pero ninguna de las dos lograba consumir a la otra.

De repente apareció por el camino un mendigo, un anciano de larga barba gris y cabeza calva, con un zurrón al costado y un pesado bastón en la mano.

“Abuelo”, dijo la llama blanca, “trae un poco de agua, échasela a la llama roja y te daré un penique”.

Pero la llama roja gritó rápidamente: “¡No, abuelo! ¡Trae un poco de agua, échasela a la llama blanca y te daré un chelín!”.

Como es natural, al mendigo le atraía más el chelín que el penique. Así que trajo un poco de agua, se la echó a la llama blanca y ese fue el fin del rey.

La llama roja se convirtió en un hombre que agarró al caballo llameante por la brida, lo montó y, después de recompensar al mendigo, llamó a su criado y se marchó a caballo.

Mientras tanto, en el palacio real reinaba un profundo dolor por los reyes asesinados. Los salones estaban cubiertos de crespones negros y la gente acudía desde muchas millas a la redonda para contemplar los cuerpos mutilados de los dos hermanos mayores, que los caballos habían llevado a casa.

La vieja bruja estaba fuera de sí de rabia. En cuanto ideó un plan para vengar el asesinato de sus yernos, se puso a sus tres hijas bajo el brazo, se montó en un rastrillo de hierro y salió volando por los aires.

El vidente y su criado ya habían recorrido buena parte del camino y avanzaban a toda prisa por montañas escarpadas y llanuras desiertas cuando al criado le entró un hambre terrible. No había a la vista nada que pudiera comer, ni siquiera una baya silvestre. Entonces, de repente, se encontraron con un manzano que se doblaba bajo el peso de la fruta madura. Las manzanas eran rojas y agradables a la vista y desprendían una fragancia de lo más apetecible.

El criado estaba encantado. “¡Gloria a Dios!”, exclamó. “¡Ahora podré darme un festín de manzanas a gusto!”.

Ya corría hacia el árbol cuando el vidente lo llamó.

“¡Espera! ¡No las toques! ¡Te las cogeré yo mismo!”.

Pero en lugar de coger una manzana, el vidente desenvainó la espada y asestó un golpe tremendo al manzano. Brotó sangre roja.

“¡Mira, buen hombre! Habrías muerto si te hubieras comido una sola manzana. Este manzano es la reina mayor, a quien su madre, la bruja, puso aquí para nuestra perdición”.

Al poco llegaron a un manantial. Su agua brotaba clara como el cristal y resultaba de lo más tentadora para el viajero cansado.

“Ah”, dijo el criado, “ya que no podemos conseguir nada mejor, por lo menos podemos beber un trago de esta agua tan buena”.

“¡Espera!”, gritó el vidente. “Te la sacaré yo”.

Pero en lugar de sacar agua, hundió la espada desnuda en medio del manantial. Al instante se cubrió de sangre y del manantial empezó a brotar sangre a borbotones.

“Esta es la segunda reina, a quien su madre, la bruja, puso aquí para causar nuestra ruina”.

Al poco llegaron a un rosal cubierto de preciosas rosas rojas que perfumaban todo el aire con su fragancia.

“¡Qué rosas tan bonitas!”, dijo el criado. “No he visto otras iguales en toda mi vida. Voy a coger unas cuantas. Ya que no puedo comer ni beber, me consolaré con las rosas”.

“¡Ni se te ocurra cogerlas!”, gritó el vidente. “Te las cogeré yo”.

Y dicho esto, cortó el rosal con la espada y brotó sangre roja como si hubiera cortado una vena humana.

“Esta es la reina más joven”, dijo el vidente, “a quien su madre, la bruja, puso aquí con la esperanza de vengarse de nosotros por la muerte de sus yernos”.

Después de aquello siguieron adelante sin más aventuras.

Cuando cruzaron la frontera del reino oscuro, el sol de la frente del caballo lanzó sus benditos rayos en todas direcciones. Todo volvió a la vida. La tierra se llenó de alegría y se cubrió de flores.

El rey sentía que nunca podría agradecérselo bastante al vidente y le ofreció la mitad de su reino.

Pero el vidente respondió: “Tú eres el rey. Sigue gobernando todo tu reino y déjame volver en paz a mi casita”.

Se despidió del rey y se marchó.

Libros sobre caballos

Traducido del inglés. Leer el original