Arte ecuestre

El caballo del mago

· The Equinest

Un joven de pie junto a un caballo negro
Este es un cuento de The Grey Fairy Book, una recopilación de relatos tradicionales de distintos países editada por Andrew Lang.

Érase una vez un rey que tenía tres hijos. Sucedió que un día los tres príncipes salieron de caza a un gran bosque, a cierta distancia del palacio de su padre, y el príncipe más joven se perdió, así que sus hermanos tuvieron que volver a casa sin él.

Durante cuatro días el príncipe vagó por los claros del bosque, durmiendo de noche sobre el musgo bajo las estrellas y alimentándose de día de raíces y bayas silvestres. Por fin, en la mañana del quinto día, llegó a un gran claro en medio del bosque, donde se alzaba un majestuoso palacio; pero ni dentro ni fuera había rastro de vida humana. El príncipe cruzó la puerta abierta y recorrió las estancias desiertas sin ver un alma. Por fin llegó a un gran salón, y en el centro del salón había una mesa servida con manjares exquisitos y vinos selectos. El príncipe se sentó, sació el hambre y la sed, y justo después la mesa desapareció ante sus ojos. Aquello le pareció muy extraño; pero, aunque siguió buscando por todas las estancias, arriba y abajo, no encontró a nadie con quien hablar. Por fin, justo cuando empezaba a oscurecer, oyó pasos a lo lejos y vio a un anciano que subía las escaleras hacia él.

“¿Qué haces vagando por mi castillo?”, preguntó el anciano.

A lo que el príncipe respondió: “Me perdí cazando en el bosque. Si me tomáis a vuestro servicio, me gustaría quedarme con vos, y os serviré fielmente”.

“Muy bien”, dijo el anciano. “Puedes entrar a mi servicio. Tendrás que mantener la estufa siempre encendida, tendrás que traer la leña del bosque y te encargarás del caballo negro de las cuadras. Te pagaré un florín al día y, a la hora de comer, siempre encontrarás la mesa del salón servida con comida y vino, y podrás comer y beber cuanto necesites”.

El príncipe quedó satisfecho, entró al servicio del anciano y prometió ocuparse de que siempre hubiera leña en la estufa para que el fuego no se apagara nunca. Ahora bien, aunque él no lo sabía, su nuevo amo era un mago, y la llama de la estufa era un fuego mágico; si se hubiera apagado, el mago habría perdido gran parte de su poder.

Un día el príncipe se olvidó y dejó que el fuego bajara tanto que estuvo a punto de apagarse. Justo cuando la llama parpadeaba, el anciano irrumpió furioso en la estancia.

“¿Cómo se te ocurre dejar que el fuego baje tanto?”, gruñó. “He llegado justo a tiempo”. Y mientras el príncipe echaba a toda prisa un leño a la estufa y soplaba sobre las cenizas para avivar las brasas, su amo le dio un fuerte bofetón y le advirtió que, si volvía a ocurrir, lo pasaría muy mal.

Un día el príncipe estaba sentado, desconsolado, en las cuadras cuando, para su sorpresa, el caballo negro le habló.

“Entra en mi pesebre”, le dijo, “tengo algo que decirte. Trae mi brida y mi silla de ese armario y pónmelas. Coge el frasco que hay a su lado; contiene un ungüento que hará que tu cabello brille como el oro puro. Después, echa a la estufa toda la leña que puedas reunir, hasta que se amontone bien alta”.

Así que el príncipe hizo lo que le dijo el caballo: lo ensilló y lo embridó, se untó el ungüento en el pelo hasta que le brilló como el oro e hizo un fuego tan grande en la estufa que las llamas se alzaron y prendieron el tejado, y en pocos minutos el palacio ardía como una enorme hoguera.

Entonces volvió corriendo a las cuadras, y el caballo le dijo: “Hay una cosa más que debes hacer. En el armario encontrarás un espejo, un cepillo y una fusta. Tráelos contigo, monta en mi lomo y cabalga tan deprisa como puedas, porque ahora la casa arde alegremente”.

El príncipe hizo lo que le mandó el caballo. Apenas se había subido a la silla cuando el caballo salió disparado, galopando a tal velocidad que, en poco tiempo, el bosque y todas las tierras del mago quedaron muy atrás.

Mientras tanto, el mago volvió a su palacio y lo encontró convertido en ruinas humeantes. En vano llamó a su criado. Por fin fue a buscarlo a las cuadras y, cuando descubrió que también el caballo negro había desaparecido, sospechó enseguida que se habían ido juntos; así que montó en un caballo ruano que había en el pesebre de al lado y salió en su persecución.

Mientras el príncipe cabalgaba, el fino oído de su caballo captó el ruido de unos cascos que los perseguían.

“Mira atrás”, le dijo, “y fíjate si nos sigue el anciano”. Y el príncipe se volvió en la silla y vio a lo lejos una nube como de humo o de polvo.

“Tenemos que darnos prisa”, dijo el caballo.

Después de galopar un buen rato, el caballo volvió a decir: “Mira atrás y fíjate si todavía está lejos”.

“Está muy cerca”, respondió el príncipe.

“Entonces tira el espejo al suelo”, dijo el caballo. Así que el príncipe lo tiró; y cuando llegó el mago, el caballo ruano pisó el espejo y, ¡crac!, el casco atravesó el cristal, y el caballo tropezó y cayó, cortándose las patas tan gravemente que al anciano no le quedó más remedio que volver despacio con él a las cuadras y ponerle herraduras nuevas. Luego emprendieron de nuevo la persecución del príncipe, porque el mago apreciaba mucho el caballo y estaba decidido a no perderlo.

Mientras tanto, el príncipe había recorrido una gran distancia; pero el fino oído del caballo negro captó desde lejos el ruido de los cascos que los seguían.

“Desmonta”, le dijo al príncipe; “pega la oreja al suelo y dime si no oyes un ruido”.

Así que el príncipe desmontó y escuchó. “Me parece oír temblar la tierra”, dijo; “creo que no puede estar muy lejos”.

“Móntame enseguida”, respondió el caballo, “y galoparé tan deprisa como pueda”. Y salió tan rápido que la tierra parecía volar bajo sus cascos.

“Mira atrás otra vez”, dijo al poco rato, “y fíjate si se le ve”.

“Veo una nube y una llama”, respondió el príncipe, “pero muy lejos”.

“Tenemos que darnos prisa”, dijo el caballo. Y poco después añadió: “Vuelve a mirar atrás; ya no puede estar lejos”.

El príncipe se volvió en la silla y exclamó: “Está justo detrás de nosotros; dentro de un momento nos alcanzará la llama que sale de los ollares de su caballo”.

“Entonces tira el cepillo al suelo”, dijo el caballo.

Y el príncipe lo tiró, y en un instante el cepillo se convirtió en un bosque tan espeso que ni siquiera un pájaro habría podido atravesarlo; y cuando el anciano llegó hasta él, el caballo ruano se detuvo en seco, incapaz de avanzar un solo paso en aquella espesura enmarañada. Así que al mago no le quedó más remedio que volver sobre sus pasos y traer un hacha con la que abrirse camino a través del bosque. Pero le llevó cierto tiempo, durante el cual el príncipe y el caballo negro sacaron mucha ventaja.

Pero una vez más oyeron el ruido de los cascos que los perseguían. “Mira atrás”, dijo el caballo negro, “y fíjate si nos sigue”.

“Sí”, respondió el príncipe, “esta vez lo oigo con claridad”.

“Démonos prisa”, dijo el caballo. Y un poco más tarde dijo: “Mira atrás ahora y fíjate si se le ve”.

“Sí”, dijo el príncipe, volviéndose, “veo la llama; está justo detrás de nosotros”.

“Entonces tienes que tirar la fusta”, respondió el caballo. Y en un abrir y cerrar de ojos la fusta se convirtió en un ancho río. Cuando el anciano llegó a él, espoleó al caballo ruano para que entrara en el agua; pero a medida que el agua subía más y más, la llama mágica que daba al mago todo su poder se hacía cada vez más pequeña, hasta que, con un chisporroteo, se apagó, y el anciano y el caballo ruano se hundieron en el río y desaparecieron. Cuando el príncipe miró atrás, ya no se los veía por ninguna parte.

“Ahora”, dijo el caballo, “puedes desmontar; ya no hay nada que temer, porque el mago ha muerto. Junto a ese arroyo encontrarás una vara de sauce. Córtala y golpea la tierra con ella; la tierra se abrirá y verás una puerta a tus pies”.

Cuando el príncipe golpeó la tierra con la vara, apareció una puerta que daba a una gran sala abovedada de piedra.

“Llévame a esa sala”, dijo el caballo; “yo me quedaré allí, pero tú debes cruzar los campos hasta llegar a un jardín, en medio del cual se alza el palacio de un rey. Cuando llegues, debes pedir que te tomen al servicio del rey. Adiós, y no te olvides de mí”.

Así se separaron; pero antes el caballo hizo prometer al príncipe que no dejaría que nadie en el palacio viera su cabello dorado. Así que se lo envolvió con un pañuelo, como un turbante, y el príncipe se puso en camino a través de los campos, hasta que llegó a un hermoso jardín, y más allá del jardín vio las murallas y las torres de un majestuoso palacio. En la puerta del jardín se encontró con el jardinero, que le preguntó qué quería.

“Quiero entrar al servicio del rey”, respondió el príncipe.

“Bueno, puedes quedarte a trabajar a mis órdenes en el jardín”, dijo el hombre, porque, como el príncipe iba vestido como un pobre, no podía saber que era hijo de un rey. “Necesito a alguien que arranque las malas hierbas y barra las hojas secas de los caminos. Tendrás un florín al día, un caballo que te ayude a llevarte las hojas en el carro, y comida y bebida”.

Así que el príncipe aceptó y se puso a trabajar. Pero cuando le daban la comida, solo se comía la mitad; el resto lo llevaba a la sala abovedada junto al arroyo y se lo daba al caballo negro. Y así lo hacía todos los días, y el caballo le agradecía su fiel amistad.

Una tarde, mientras estaban juntos después de terminar su trabajo en el jardín, el caballo le dijo: “Mañana llegará al palacio de tu rey un gran séquito de príncipes y grandes señores. Vienen de cerca y de lejos a pretender a las tres princesas. Todos se colocarán en fila en el patio del palacio, y las tres princesas saldrán, y cada una llevará en la mano una manzana de diamante que lanzará al aire. Aquel a cuyos pies caiga la manzana será el novio de esa princesa. Tú tienes que estar cerca, en el jardín, trabajando. La manzana de la princesa más joven, que es con mucho la más hermosa de las hermanas, rodará más allá de los pretendientes y se detendrá delante de ti. Recógela enseguida y guárdatela en el bolsillo”.

Al día siguiente, cuando todos los pretendientes estaban reunidos en el patio del castillo, todo sucedió tal como había dicho el caballo. Las princesas lanzaron las manzanas al aire, y la manzana de diamante de la princesa más joven rodó más allá de todos los pretendientes, salió al jardín y se detuvo a los pies del joven jardinero, que estaba ocupado barriendo las hojas. En un instante se agachó, recogió la manzana y se la guardó en el bolsillo. Al agacharse, el pañuelo que llevaba en la cabeza se le deslizó un poco hacia un lado, y la princesa vislumbró su cabello dorado y lo amó desde ese momento.

Pero el rey se puso muy triste, porque su hija menor era la que más quería. Pero no había remedio; y al día siguiente se celebró en el palacio una triple boda, y después de la boda la princesa más joven se fue con su marido a la pequeña cabaña del jardín donde él vivía.

Algún tiempo después, el pueblo de un país vecino declaró la guerra al rey, y este partió a la batalla acompañado de los maridos de sus dos hijas mayores, montados en majestuosos corceles. Pero el marido de la hija menor no tenía más que el viejo caballo derrengado que le ayudaba en su trabajo en el jardín; y el rey, que se avergonzaba de este yerno, se negó a darle otro.

Así que, decidido a no quedarse atrás, fue al jardín, montó en el penoso jamelgo y se puso en marcha. Pero apenas había recorrido unos metros cuando el caballo tropezó y cayó. Así que desmontó y bajó hasta el arroyo, donde vivía el caballo negro en la sala abovedada. Y el caballo le dijo: “Ensíllame y embrídame, y luego ve a la sala de al lado: encontrarás una armadura y una espada. Póntelas y cabalgaremos juntos a la batalla”.

Y el príncipe hizo lo que le dijeron; y cuando montó en el caballo, su armadura resplandecía al sol, y tenía un aspecto tan valiente y apuesto que nadie lo habría reconocido como el jardinero que barría las hojas secas de los caminos. El caballo se lo llevó a gran velocidad y, cuando llegaron al campo de batalla, vieron que el rey estaba perdiendo, pues habían caído muchísimos de sus guerreros. Pero cuando el guerrero de armadura resplandeciente apareció en escena sobre su corcel negro, repartiendo mandobles a diestra y siniestra con su espada, los enemigos se acobardaron y huyeron en todas direcciones, dejando al rey dueño del campo. Entonces el rey y sus dos yernos, al ver a su salvador, gritaron, y lo que quedaba del ejército se unió al grito: “¡Un dios ha venido a salvarnos!”. Y lo habrían rodeado, pero su caballo negro se elevó por los aires y se lo llevó fuera de su vista.

Poco después, parte del país se sublevó contra el rey, y una vez más él y sus dos yernos tuvieron que partir a la batalla. Y el yerno disfrazado de jardinero también quería luchar. Así que se presentó ante el rey y le dijo: “Querido padre, dejadme cabalgar con vos a combatir a vuestros enemigos”.

“No quiero que un zoquete como tú luche por mí”, respondió el rey. “Además, no tengo ningún caballo adecuado para ti. Pero mira, por el camino va un carretero llevando heno; puedes quedarte con su caballo”.

Así que el príncipe tomó el caballo del carretero, pero el pobre animal era viejo y estaba cansado, y después de recorrer unos metros tropezó y cayó. Así que el príncipe volvió triste al jardín y vio al rey partir al frente del ejército, acompañado de sus dos yernos. Cuando se perdieron de vista, el príncipe se dirigió a la sala abovedada junto al arroyo y, tras pedir consejo al fiel caballo negro, se puso la armadura resplandeciente y el caballo lo llevó a lomos por los aires hasta donde se libraba la batalla. Y una vez más derrotó a los enemigos del rey, repartiendo tajos a diestra y siniestra con su espada. Y otra vez todos gritaron: “¡Un dios ha venido a salvarnos!”. Pero cuando intentaron retenerlo, el caballo negro se elevó por los aires y se lo llevó fuera de su vista.

Cuando el rey y sus yernos volvieron a casa, no podían hablar de otra cosa que del héroe que había luchado por ellos, y todos se preguntaban quién podría ser.

Poco después, el rey de un país vecino declaró la guerra, y una vez más el rey, sus yernos y sus súbditos tuvieron que prepararse para la batalla, y una vez más el príncipe suplicó que lo dejaran cabalgar con ellos, pero el rey dijo que no le sobraba ningún caballo para él. “Pero”, añadió, “puedes llevarte el caballo del leñador que trae la leña del bosque; para ti es suficiente”.

Así que el príncipe tomó el caballo del leñador, pero era tan viejo e inútil que no pudo llevarlo más allá de las puertas del castillo. Así que se dirigió una vez más a la sala abovedada, donde el caballo negro le había preparado una armadura todavía más magnífica que la que había llevado en las ocasiones anteriores; y, cuando se la puso y montó a lomos del caballo, este lo llevó directamente al campo de batalla, y una vez más dispersó a los enemigos del rey, luchando él solo entre sus filas, y huyeron en todas direcciones. Pero sucedió que uno de los enemigos le asestó un golpe de espada e hirió al príncipe en la pierna. Y el rey sacó su propio pañuelo, con su nombre y su corona bordados, y se lo ató alrededor de la pierna herida. Y el rey habría querido obligarlo a subir a una litera para que lo llevaran directamente al palacio, y dos de sus caballeros iban a conducir el corcel negro a las cuadras reales. Pero el príncipe puso la mano en la crin de su fiel caballo y consiguió subirse a la silla, y el caballo se elevó con él por los aires. Entonces todos gritaron y clamaron: “¡El guerrero que ha luchado por nosotros es un dios! Tiene que ser un dios”.

Y en todo el reino no se hablaba de otra cosa, y toda la gente decía: “¿Quién puede ser el héroe que ha luchado por nosotros en tantas batallas? No puede ser un hombre, tiene que ser un dios”.

Y el rey dijo: “Si pudiera verlo una vez más, y resultara que, después de todo, es un hombre y no un dios, lo recompensaría con la mitad de mi reino”.

Cuando el príncipe llegó a su casa, la cabaña del jardinero donde vivía con su esposa, estaba agotado, se tumbó en la cama y se durmió. Y su esposa se fijó en el pañuelo atado alrededor de su pierna herida y se preguntó qué podría ser. Entonces lo miró más de cerca y vio que en la esquina estaban bordados el nombre de su padre y la corona real. Así que corrió directamente al palacio y se lo contó a su padre. Y él y sus dos yernos la siguieron de vuelta a su casa, y allí estaba el jardinero dormido en la cama. Y el pañuelo que siempre llevaba atado a la cabeza se le había caído, y su cabello dorado relucía sobre la almohada. Y todos reconocieron que aquel era el héroe que había luchado y ganado tantas batallas por ellos.

Entonces hubo un gran regocijo en todo el país, y el rey recompensó a su yerno con la mitad de su reino, y él y su esposa reinaron en él felizmente.

Libros de caballos

Traducido del inglés. Leer el original