Arte ecuestre

El caballo y el olivo – Capítulo 2: Elegir un nombre

· The Equinest

Caballo bajo un olivo
Un cuento de caballos de Old Greek Stories, de James Baldwin. Se cuenta en dos capítulos, aunque el primero anda escaso de caballos… lo sentimos, al menos es corto.

Con el tiempo, en lugar de las míseras cuevas entre las rocas, hubo un pueblecito en lo alto de la colina, con casas bien cuidadas y una plaza del mercado; y lo rodeaba una sólida muralla con una única puerta estrecha justo donde el sendero empezaba a bajar hacia la llanura. Pero el lugar aún no tenía nombre.

Una mañana, mientras el rey y sus sabios estaban sentados juntos en la plaza del mercado planeando cómo convertir el pueblo en una ciudad rica y poderosa, se vio a dos forasteros en la calle. Nadie sabía cómo habían llegado hasta allí. El guardia de la puerta no los había visto, y ningún hombre se había atrevido jamás a subir por el estrecho sendero sin su permiso. Pero allí estaban los dos forasteros. Uno era un hombre y la otra una mujer; y eran tan altos, y sus rostros tan majestuosos y nobles, que quienes los veían se quedaban inmóviles, maravillados, sin decir palabra.

El hombre llevaba un manto púrpura y verde enrollado al cuerpo, y sostenía en una mano un recio bastón con tres afiladas puntas de lanza en un extremo. La mujer no era hermosa, pero tenía unos maravillosos ojos grises; en una mano llevaba una lanza y en la otra un escudo de curiosa factura.

—¿Cómo se llama este pueblo? —preguntó el hombre.

La gente lo miró asombrada y apenas entendió lo que quería decir. Entonces un anciano respondió: —No tiene nombre. A los que vivimos en esta colina nos llamaban Cranae; pero desde que llegó el rey Cécrope hemos estado tan ocupados que no hemos tenido tiempo de pensar en nombres.

—¿Dónde está ese rey Cécrope? —preguntó la mujer.

—Está en la plaza del mercado con los sabios —fue la respuesta.

—Llévanos ante él de inmediato —dijo el hombre.

Cuando Cécrope vio a los dos forasteros entrar en la plaza del mercado, se puso en pie y esperó a que hablaran. El hombre habló primero:

—Soy Neptuno —dijo— y gobierno el mar.

—Y yo soy Atenea —dijo la mujer— y doy sabiduría a los hombres.

—He oído que planeáis convertir vuestro pueblo en una gran ciudad —dijo Neptuno— y he venido a ayudaros. Dad mi nombre a este lugar, dejad que sea vuestro protector y patrón, y la riqueza del mundo entero será vuestra. Barcos de todas las tierras os traerán mercancías, oro y plata; y seréis los dueños del mar.

—Mi tío os hace bellas promesas —dijo Atenea—, pero escuchadme. Dad mi nombre a vuestra ciudad, dejad que sea vuestra patrona, y os daré lo que el oro no puede comprar: os enseñaré a hacer mil cosas de las que ahora no sabéis nada. Haré de vuestra ciudad mi hogar favorito y os daré una sabiduría que guiará las mentes y los corazones de todos los hombres hasta el fin de los tiempos.

El rey hizo una reverencia y se volvió hacia el pueblo, que se había agolpado en la plaza del mercado. —¿A cuál de estos poderosos elegiremos como protector y patrón de nuestra ciudad? —preguntó—. Neptuno nos ofrece riqueza; Atenea nos promete sabiduría. ¿A quién escogemos?

—¡Neptuno y la riqueza! —gritaron muchos.

—¡Atenea y la sabiduría! —gritaron otros tantos.

Por fin, cuando quedó claro que el pueblo no se ponía de acuerdo, un anciano cuyo consejo siempre se escuchaba se levantó y dijo:

—Estos poderosos solo nos han hecho promesas, y nos han prometido cosas que desconocemos. Porque ¿quién de nosotros sabe qué es la riqueza o qué es la sabiduría? Si nos dieran algún regalo de verdad, aquí y ahora, que podamos ver y tocar, sabríamos mejor a quién elegir.

—¡Es verdad! ¡Es verdad! —gritó el pueblo.

—Muy bien —dijeron los forasteros—, cada uno de nosotros os dará un regalo, aquí y ahora, y después podréis elegir entre los dos.

Neptuno entregó el primer regalo. Se situó en el punto más alto de la colina, donde la roca estaba desnuda, y pidió al pueblo que contemplara su poder. Alzó en el aire su lanza de tres puntas y la hizo descender con gran fuerza. Brilló un relámpago, la tierra tembló y la roca se partió hasta la mitad de la colina. Entonces, de la grieta abierta, salió de un salto una criatura maravillosa, blanca como la leche, de patas largas y finas, cuello arqueado y crin y cola de seda.

La gente nunca había visto nada parecido y pensó que era una nueva clase de oso, lobo o jabalí que había salido de la roca para devorarlos. Algunos corrieron a esconderse en sus casas, otros treparon a la muralla y otros empuñaron sus armas, alarmados. Pero cuando vieron que la criatura permanecía tranquila junto a Neptuno, perdieron el miedo y se acercaron para verla y admirar su belleza.

—Este es mi regalo —dijo Neptuno—. Este animal llevará vuestras cargas; tirará de vuestros carros; arrastrará vuestras carretas y vuestros arados; os dejará sentaros en su lomo y correrá con vosotros más rápido que el viento.
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—¿Cómo se llama? —preguntó el rey.

—Se llama Caballo —respondió Neptuno.

Entonces Atenea dio un paso al frente. Se detuvo un momento en un prado verde donde a los niños del pueblo les gustaba jugar al atardecer. Luego hundió la punta de su lanza en lo más hondo de la tierra. Al instante el aire se llenó de música y de la tierra brotó un árbol de ramas delgadas, hojas verde oscuro, flores blancas y frutos de un verde violáceo.

—Este es mi regalo —dijo Atenea—. Este árbol os dará alimento cuando tengáis hambre; os protegerá del sol cuando desfallezcáis; embellecerá vuestra ciudad; y el aceite de sus frutos será codiciado por el mundo entero.

—¿Cómo se llama? —preguntó el rey.

—Se llama Olivo —respondió Atenea.

Entonces el rey y sus sabios empezaron a hablar de los dos regalos.

—No veo que Caballo vaya a sernos de mucha utilidad —dijo el anciano que había hablado antes—. Porque, en cuanto a carros, carretas y arados, no tenemos ninguno, y ni siquiera sabemos qué son; ¿y quién de nosotros querrá alguna vez sentarse en el lomo de esta criatura y ser llevado más rápido que el viento? Pero Olivo será algo hermoso y una alegría para nosotros y nuestros hijos para siempre.

—¿A quién elegimos? —preguntó el rey, volviéndose hacia el pueblo.

—Atenea nos ha dado el mejor regalo —gritaron todos— ¡y elegimos a Atenea y la sabiduría!

—Que así sea —dijo el rey—, y el nombre de nuestra ciudad será Atenas.

Desde aquel día el pueblo creció y se extendió, y pronto no hubo sitio en lo alto de la colina para toda la gente. Entonces se construyeron casas en la llanura, al pie de la colina, y se abrió un gran camino hasta el mar, a tres millas de distancia; y en todo el mundo no había ciudad más hermosa que Atenas.

En la vieja plaza del mercado, en lo alto de la colina, el pueblo construyó un templo a Atenea, cuyas ruinas aún pueden verse. El olivo creció y prosperó; y, cuando visites Atenas, te mostrarán el lugar exacto donde se alzaba. De él brotaron muchos otros árboles que, con el tiempo, fueron una bendición para Grecia y para todos los demás países que rodean el gran mar. En cuanto al caballo, se alejó por las llanuras hacia el norte y por fin encontró un hogar en la lejana Tesalia, más allá del río Peneo. Y he oído decir que todos los caballos del mundo descienden de aquel que Neptuno sacó de la roca; pero de la verdad de esta historia cabe alguna duda.

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Traducido del inglés. Leer el original