Arte ecuestre

Pegaso, el caballo que podía volar

· The Equinest

Un caballo blanco alado volando
Todos hemos oído hablar de Pegaso, pero ¿cuántas historias has leído sobre esta mítica criatura alada? ¡Que la disfrutes!

Este relato procede de un libro titulado Wonder Stories The Best Myths for Boys and Girls, de Carolyn Sherwin Bailey.

Cuando Perseo cortó tan heroicamente la cabeza de Medusa, la Gorgona, ocurrió algo muy extraño. En el lugar donde la sangre goteó de la espada de Perseo sobre la tierra surgió un caballo maravilloso, de patas esbeltas y con alas en los hombros. Ese caballo se llamaba Pegaso, y nunca, ni antes ni después, ha existido una criatura tan prodigiosa.

Por aquel entonces, un joven héroe llamado Belerofonte viajó desde su país hasta la corte del rey Yóbates de Licia. Llevaba dos mensajes sellados, a modo de carta de presentación, del marido de la hija de este rey, que era compatriota del propio Belerofonte. El primer mensaje decía:

“El portador, Belerofonte, es un héroe invencible. Te ruego que lo recibas con toda hospitalidad”.

El segundo decía así:

“Te aconsejaría que dieras muerte a Belerofonte”.

Lo cierto es que el yerno del rey Yóbates tenía celos de Belerofonte y en realidad quería quitárselo de en medio para satisfacer sus propias ambiciones.

El rey de Licia era en el fondo una persona afable, y no sabía muy bien cómo actuar ante el consejo de la carta que presentaba a Belerofonte. Todavía le estaba dando vueltas al asunto cuando un monstruo espantoso, conocido como la Quimera, cayó sobre el reino. Era una bestia mucho más aterradora que cualquier criatura mortal. Tenía el cuerpo áspero de una cabra y la cola de un dragón. La cabeza era la de un león, con unos ollares muy abiertos que escupían llamas y unas fauces abiertas que exhalaban un aliento venenoso cuyo contacto era mortal. Cuando los súbditos del rey Yóbates le pidieron protección frente a la Quimera, de repente se le ocurrió una idea. Decidió enviar al heroico forastero, Belerofonte, a enfrentarse a la bestia y vencerla.

El héroe esperaba disfrutar de un periodo de descanso en la corte de Licia. Le hacía ilusión el banquete que quizá se diera en su honor y la ocasión de demostrar su destreza lanzando el disco y conduciendo un carro en los juegos de la corte. Pero el día después de llegar al palacio del rey Yóbates, Belerofonte fue enviado a dar caza a la Quimera y matarla.

No tenía la menor idea de adónde debía ir, ni tampoco ningún plan para acabar con la criatura, pero decidió que sería buena idea pasar la noche en el templo de Minerva antes de enfrentarse cara a cara con el peligro. Minerva era la diosa de la sabiduría y quizá podría ayudarle en su desesperada aventura.

Así que Belerofonte viajó hasta Atenas, la ciudad elegida por Minerva, y se quedó a pasar la noche en su templo, tan agotado que se durmió en mitad de sus súplicas a la diosa. Pero al despertar por la mañana se encontró con una brida de oro en las manos y oyó una voz que le indicaba que se apresurara a llevarla a un pozo a las afueras de la ciudad.

Mientras tanto, Pegaso, el caballo alado, había estado pastando en los prados de las Musas. Las Musas eran nueve, todas hermanas y todas protectoras de las artes del canto y de la memoria. Una cuidaba de los poetas y otra de quienes escribían la historia. Había una Musa de la danza, de la comedia, de la astronomía y, en realidad, de todo lo que hacía la vida más digna de vivirse a ojos de los dioses. Necesitaban una especie de caballo de ensueño como Pegaso, con alas, que las llevara a lomos hasta el monte Olimpo siempre que quisieran volver de la tierra.

Belerofonte ni siquiera sabía que Pegaso existía, pero cuando llegó al pozo al que lo había enviado el oráculo, allí estaba Pegaso; o, mejor dicho, allí flotaba aquel caballo de las Musas, porque sus alas lo sostenían de tal modo que sus cascos apenas tocaban el suelo. Cuando Pegaso vio la brida de oro que la diosa de la Sabiduría había dado a Belerofonte, se acercó directamente al héroe y se quedó quieto para que lo embridara. En ese momento una sombra oscura cruzó el cielo: la temida Quimera revoloteaba sobre la cabeza de Belerofonte, y sus fauces ardientes hacían llover chispas sobre él.

Belerofonte montó en Pegaso y sujetó con firmeza las riendas de oro con una mano mientras blandía la espada con la otra. Se elevó rápidamente por los aires y se enfrentó a la voraz criatura en una feroz batalla entre las nubes. El caballo alado no vaciló ni un instante, y Belerofonte mató a la Quimera con facilidad. Fue un gran alivio para el pueblo de Licia y, de hecho, para la gente de todos los tiempos. Quizá hayas oído hablar de una quimera. Hoy en día significa cualquier tipo de terror que no es ni de lejos tan difícil de vencer como parecía al principio, cuando la gente le tenía miedo.

Esta historia debería terminar con el héroe devolviendo su corcel alado a las Musas y entrando triunfalmente en el reino de Licia, pero ocurrió algo muy distinto. Belerofonte decidió quedarse con Pegaso, y lo montó tanto tiempo y con tanta dureza que se llenó de orgullo y de soberbia por su éxito. Un día Belerofonte se empeñó en llevar a Pegaso hasta las puertas de los dioses en el cielo, una ambición desmedida para un mortal que todavía no había recibido ninguna invitación de los habitantes del monte Olimpo. Júpiter vio a aquel jinete de los cielos subir cada vez más alto y se enfadó mucho con él. Envió un tábano que picó a Pegaso e hizo que derribara a Belerofonte a la tierra. Desde entonces quedó cojo y ciego para siempre.

En realidad, Pegaso no había tenido ninguna culpa. Solo era el corcel de quienes perseguían sueños, aunque tuviera alas. Cuando su jinete cayó, Pegaso cayó también, y aterrizó ileso, pero muy lejos de sus antiguos pastos. No sabía en qué dirección quedaban ni cómo encontrar el camino de vuelta junto a sus amigas, las Musas. Las alas de Pegaso parecían no servirle de nada. Vagó de un extremo a otro del país, expulsado de un campo a otro por los campesinos, que lo tomaban por una especie de dragón por culpa de sus alas. Envejeció y perdió su velocidad. Hasta le parecía que sus alas no eran más que un peso que arrastraba y que nunca volvería a poder usarlas.

Al final le ocurrió a Pegaso lo mismo que les ocurre hoy a los caballos viejos que han disfrutado de una juventud maravillosa como caballos de carreras. Lo vendieron a un granjero y lo uncieron a un arado.

Pegaso no estaba acostumbrado a aquel duro trabajo de la tierra; su fuerza era más adecuada para subir por los aires que para avanzar penosamente por la superficie del suelo. Ponía toda la fuerza de que era capaz en tirar del arado, pero sus alas se arrastraban y le estorbaban, y su amo le golpeaba el lomo dolorido con una vara de boyero. Aquello podría haber sido el final de este caballo alado, pero un día le sonrió la fortuna.

Pasaba por allí un joven muy querido por las Musas. Era tan pobre que a menudo no tenía más refugio que el que le daban los bosques y los setos, ni más comida que los frutos silvestres y las hierbas del campo. Pero aquel joven sabía convertir las bellezas de la tierra, sus colinas y valles, sus templos, sus flores, y los deseos y amores de sus gentes en palabras que cantaban juntas como cantaban las notas de un laúd. Era un joven poeta.

El poeta sintió una gran compasión por el caballo que veía en el campo, doblegado bajo los golpes de su tosco amo y con las alas a rastras y destrozadas.

“Déjame intentar conducir tu caballo”, le rogó, mientras cruzaba el campo y montaba a lomos de Pegaso.

De repente fue como si uno de los dioses montara a Pegaso. Levantó bien alta la cabeza, y sus pesados cascos se despegaron de los terrones. Sus alas se enderezaron y se desplegaron por completo. Llevando al joven, Pegaso se elevó por los aires mientras la gente del campo acudía de todas las granjas vecinas para contemplar el prodigio: un caballo alado de ondulante crin dorada que se elevaba y luego desaparecía entre las nubes que se abrían sobre el monte Olimpo.

Traducido del inglés. Leer el original